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La Opinión de Zamora

Antonio López Alonso

Una ventana en mi corazón

La perentoria necesidad de poner al descubierto la evidencia

Cabaña en un bosque

Y a la choza me fui, sin saber exactamente si era víctima de un ensoñamiento; de un ajetreado trasiego de letras o de imágenes, deslizándose por mi imaginación.

Lo verdaderamente cierto es que mi pensamiento se trasladó a Tenerife, a la roca de Garachico, y sentado en ella medite lo que Ana me decía con cierta frecuencia: que estaba poniendo demasiada pasión en temas que, en principio, no afectaban a los estratos profundos de mi condición humana (teatro, aula de poesía, etc.)

Me pregunté, una y mil veces, por qué se habían apoderado de mí con tanto arraigo, unos hechos que no eran propiamente míos, sino el resultado de una serie de circunstancias sujetas a la casualidad; pero siempre tropezaba con las mismas e idénticas respuestas: esa imperiosa necesidad de aventura, de tránsito por lo desconocido; por el misterio y, muy por encima de esa consideración, por la búsqueda incombustible de la verdad; la perentoria necesidad de poner al descubierto la evidencia.

No hay compromiso más definitivo para el hombre, que el incorporar la morfología indefinida de lo oculto, al territorio de lo verídico

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No hay compromiso más definitivo para el hombre, que el incorporar la morfología indefinida de lo oculto, al territorio de lo verídico; de lo que tiene esencia de autenticidad.

Busqué la soledad paseando la playa. Deseaba cambiar mi desasosiego -hasta en los ensoñamientos hacia acto de presencia mi inconformidad-, el agobio que me atenazaba; retornar a mi vida ordinaria pero sin tropiezos; sin los malditos recuerdos de la enfermedad de madre, oculta, misteriosa, y de la indignante traición en la que me sentí sometido; recuperar esa paz interior que es lo que más deseaba en este mundo, contemplarme audazmente sereno, sin necesidad de echar mano del Tranxilium, o de cualquier otro ansiolítico: el cuerpo se acostumbra y después no hay quien lo quite de encima.

Pero cuanto más extraña era la zona recorrida -arena y agua-, mas bullía en mi cabeza el acoso de las letras, imágenes danzando de un libro a otro de teatro, en una biblioteca carcelaria con guardianes cirróticos por el alcohol, etilizados como payasos de tela y papel, encorsetados con llaves gigantescas que aporreaban los libros con nombres y apellidos; palabras escritas mutándose; imágenes imposibles cuyo origen era un enigma.

Pero alcancé, al fin, el destino que presagiaba confort y calor; en el que se abren cerraduras forjadas en piel de cordero y, la fuerza toda de la mar, penetra e invade; en el que la ternura del sueño de los hijos y del beso de mujer toman compostura, presencia, y en el que el reposo de la cama y el acomodo blanco níveo de la almohada ajustándose al cuello, atempera (¡al fin!), abandona el ánimo, y relaja el masetero y el orbicular, el diafragma y el sóleo - para eso están -.

Y vas y te duermes -sueños dentro de un sueño imaginario-, sin saber exactamente si los sueños, sueños son, o serán palabras, imágenes, vocalizadas desde el hipotálamo, en un bostezo gigantesco de neuroblastos escondidos en una masa cerebral y que nunca hasta entonces, - ¡malditos!-, se les había ocurrido hacer acto de presencia.

¡Qué inoportunidad la suya!; ¡Que sensación de hastío, viene a robarme la embriaguez de la mar y su poderío incontenible, el asombro de la ternura emanada de cuerpo femenino! ; femenino y joven.

Dos jabalíes enzarzados en una dura pelea, rugen como truenos de tormentas que se acercan.

Me despierto; o salgo de mi ensoñamiento, o del deterioro de mi conciencia, perdida, pero, ahora ya recuperada.

Abandono La Choza, no sin antes mirar detenidamente el orden impuesto en las estanterías; cada libro en su sitio, ninguno por el suelo ni en la mesa.

Tomo el camino cuando la bruma y la noche acechan, recogiendo a mi perra Luna que alborozadamente había acudido a mí con esa alegría que se manifestaba por todo su cuerpo.

Simultáneamente, me percaté de que el binomio: roca de Garachico-la choza del valle, estaban muy cercanos en mí; una al lado de la otra, en mi imaginación.

Y mi alma, en su totalidad, se agitó.

(*) Catedrático Emérito de la Universidad de Alcalá de Henares

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