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¿Será posible la paz?

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Están armados hasta los dientes. Leo con horror la carrera armamentística de algunas potencias, ideando nuevas armas capaces de helar la sangre a cualquier ser sensible.

El hombre no aplica tanto ingenio en solucionar los graves problemas que aquejan a sus semejantes como el que dedica a las más sofisticadas formas de violencia.

El intento de frenar esa locura parece algo inalcanzable para los que monopolizan el poder de la fuerza. “Si quieres la paz prepárate para la guerra” un triste aforismo que lamentablemente siempre está de actualidad.

¿Es razonable ese aforismo?

Cuenta Michel de Montaigne que en su tiempo las naciones más groseras e ignorantes, los escitas y los partos, eran las más belicosas. Dice también, que cuando los godos arrasaron Grecia, quien los mandaba, permitió que se salvaran todas las bibliotecas de ser incendiadas porque dejando todos esos libros a los enemigos les desviarían del ejercicio de las armas y les empujarían a ocupaciones ociosas y sedentarias.

También cuenta, que el rey francés Carlos VIII, al verse dueño del reino de Nápoles sin haber desenfundado una espada, los señores de su séquito opinaban que su fácil conquista se debía a que los príncipes y nobles de Italia se cuidaban más en resultar ingeniosos y sabios que vigorosos guerreros.

Como vemos, no hay nada nuevo bajo el sol. Los tiempos serán otros, pero las formas son las mismas. La paz no es posible y las armas y las letras están en campos opuestos.

¿Se impondrá la brutalidad sobre la cordura? Crates mantenía, que era necesario filosofar hasta que “dejen de ser unos arrieros quienes conducen nuestros ejércitos”. ¡Vamos, como si eso no hubiese sido la norma en todos los tiempos!

Pero ahora no son los generales los únicos culpables de las masacres, se limitan a ser su brazo ejecutor; también entran en el juego los políticos y los fanáticos de toda índole. Porque el rearme no es solo cosa de los militares, detrás hay otros culpables que suelen tirar la piedra y esconder la mano.

Ahí pongo la lista de las astronómicas cifras del gasto en armamento de las grandes potencias. Para no alarmar, quiero ignorar la potencia destructiva de esas armas que para algunos tienen tan solo la eufemística misión de disuadir a los posibles enemigos.

Estos son los países que más invierten en Defensa:

Estados Unidos, con un gasto de 778.000 millones de dólares

China, 252.000 millones de dólares

India 72.900 millones de dólares

Rusia 61.700 millones de dólares

Arabia Saudí, 57.500 millones de dólares

Reino Unido, 59.200 millones de dólares

Alemania 52.800 millones de dólares

Francia 52.700 millones de dólares

Japón, 49.100 millones de dólares

Corea del Sur, 45.700 millones de dólares

Una carrera, que, alegando el derecho a la propia defensa, hace que cada estado mire al otro como un potencial enemigo.

El reloj del fin del mundo, ese que nos avisa del Apocalipsis, está contando el tiempo, ya no en minutos, lo hace en segundos y nadie hace ningún gesto para conseguir que ese fatídico tiempo se detenga.

Los poderosos del mundo económico sueñan con dejar el barco y olvidan ese mensaje tan certero de que de poco les vale abandonar el barco que se hunde cuando no existe una tierra donde poder hacer pie. El capital no tiene lugar para expandirse y ha caído en esa crisis anunciada por Marx que daría fin al sistema; los capitalistas no tienen dónde invertir y los obreros dónde trabajar, ya no es un problema, es una contradicción que pretenden resolver como ha sido siempre haciendo borrón y cuenta nueva.

La voz de los estoicos y profetas suena a sermón y nadie les hace caso “de qué te vale ganar el mundo si pierdes el alma”. Pero ¿qué es el alma? Esa entelequia ya pasó de moda. Solo existe la materia, el barro del que todos estamos hechos.

Me resisto a creer que eso sea cierto cuando miro a los inocentes ojos de mis nietos, que me hablan del hermoso mensaje de la vida, que nace limpia y llena de esperanza.

A los ojos de los niños tenían que mirar los amantes de las armas y de cualquier forma de violencia.

Un mundo asolado por una poderosa epidemia que tiene a la humanidad en sus manos, un calentamiento global al que las grandes potencias son incapaces de poner coto y solo aportan como solución a tantos y tan graves problemas con el rearme y el enfrentamiento entre egoísmos irreconciliables.

Andrés García Mangas

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