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Agustín Ferrero

No se puede saber de todo

Cuando nos encontramos con una situación que se sale de la rutina diaria

ILUSTRACION. HOMBRES TIRANDO DE CUERDA. PABLO GARCIA

Es que uno no puede saber de todo, como, al parecer, es el caso de determinados tertulianos de la televisión, que lo mismo pontifican sobre viajes espaciales, que sobre las hemorroides del cuñado de alguna famosa. Pero es que el resto de los mortales solo sabemos de fútbol y, si acaso, un poco de la profesión que cada uno tenemos. Así que cuando nos encontramos en alguna situación que se sale de la rutina diaria, no es extraño que tengamos que recurrir a algún experto si queremos saber de qué va aquello.

Sin ir más lejos, el otro día, paseando por el casco histórico, me encontré de frente con una señora a la que le doblaba la edad. Ella paseaba con un perro. Yo caminaba por mi derecha, sobre las losetas de una estrecha acera que solo admitía el paso de una persona. Ella, lo hacía en sentido contrario, por la misma acera. Así que, más tarde o más temprano, inexorablemente estábamos condenados a encontrarnos. En tanto eso llegaba a suceder, tuve tiempo de reflexionar. Me dije para mí mismo, que si yo iba por la derecha, eso me confería prioridad de paso.

Determinados tertulianos de la televisión lo mismo pontifican sobre viajes espaciales, que sobre las hemorroides del cuñado de alguna famosa

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Por otra parte, la cosa de la edad también jugaba a mi favor por aquello de la diferencia generacional. De ahí que continuara impasible mi camino, confiando en que la persona que venía de frente, habría hecho la misma reflexión y que, por tanto, reaccionaría de la única manera que cabía esperar, la de permitir que yo pudiera continuar mi camino. Pero héteme aquí que no solo no reducía su paso, sino que no hacía nada para evitar un choque frontal.

Sorprendentemente, la ciudadana en cuestión prolongó la extensión de la correa para que el perro pudiera moverse con mayor facilidad. El animal agradeció tal deferencia, y dando un salto, hizo lo posible por aproximarse a la pared del edificio colindante. Consecuentemente, estuvo en un tris de tirarme al suelo o, en su defecto de lanzarme de bruces contra la calzada. Claro que, de haber resultado así, alguien se hubiera encargado de decir que aquello era un simple daño colateral.

El hecho de ser persistente, y a veces obstinado, en la cosa de defender lo que creo es mi derecho, hizo que, de manera intuitiva, hiciera un escorzo y apoyara mi hombro sobre la mencionada pared, con lo que conseguí no solo mantener el equilibrio, sino también cortar el paso de quien pretendía pasar a cualquier precio. Mi reacción dejó claro que no estaba en absoluto de acuerdo con la actuación de la peatona.

Fue en ese momento cuando ambos nos quedamos inmóviles, mirándonos a los ojos, esperando que el otro llegara a ceder el paso. De haber tenido cada uno un revólver, aquello hubiera pasado por ser un duelo digno (o indigno) de cualquier western. Pero como, afortunadamente, no era ese el caso, lo suyo era aguantar el tipo y defender la posición hasta ver qué pasaba.

Los segundos iban transcurriendo y en ninguno de los dos se vislumbraba un mínimo gesto que dejara ver un cambio de actitud. A mí, aquellos segundos se me antojaron eternos. Ignoro lo que supondrían para ella. El silencio era sepulcral. Ninguno de los dos decíamos nada. De manera que llegué a pensar si seriamos un par de espectros procedentes del futuro, o incluso, si aquella situación era irreal o solo se trataba de un sueño.

Por fin, en un momento determinado, ella me dijo que cediera el paso a su perro, alegando que a aquel can le gustaba rascarse el lomo contra la pared. Pero yo no soy entendido en la cosa del comportamiento de los canes, y, por el momento no tengo intención de ponerme al día en ello; bastante tengo con hacer lo posible por intentar comprender a mis congéneres, o sea a los seres humanos. Así que, tal argumento no me sirvió de mucho. Mas bien hizo que me reafirmara en mi posición.

En la medida que iba trascurriendo el tiempo la peatona iba elevando el volumen de su voz, y los adjetivos que me dedicaba se acentuaban a buen ritmo. Traté de no perder los papeles, haciéndole ver que, si bien su perro no tenía el suficiente raciocinio para formarse opinión sobre aquella absurda situación, cabía esperar que ella si lo tuviera, y que sería capaz de actuar en consecuencia. Pero aquella sugerencia no debió parecerle muy bien, porque los epítetos que me dedicó a continuación habían subido de tono. Mientras todo esto pasaba, el perro observaba la surrealista situación con gesto de sorpresa.

Pasaron varias horas desde que comenzó aquella función, propia del teatro del absurdo, y la señora, el perro, y yo, continuábamos detenidos en la acera, a la espera de que pasara por allí alguien con el suficiente poder y raciocinio que pudiera dictar sentencia. Pero dado lo intempestivo de la hora, apenas pasaba gente.

Al objeto de que el tiempo se me hiciera menos largo busqué en Internet algún foro que tratara sobre perros, con la vana intención de que pudiera darme algo de luz. Por fin encontré uno. Pero en aquel foro no se debatían situaciones como ésta. Si se ponía de manifiesto la preocupación de algunos dueños porque defecaban en casa sus mascotas en lugar de hacerlo en la calle, y preguntaban angustiados qué debían hacer para cambiarles tal costumbre. Algunos foristas llegaban a establecer comparaciones entre el comportamiento en los espacios públicos de los perros y los niños pequeños. Nada que me ayudara a aclarar ideas. Pues eso, que no se puede saber de todo. Al menos en ni caso. Así que no sé si he actuado bien, mal o regular. Y, a todo esto, no se lo he consultado a los sesudos tertulianos de la tele.

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