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José Manuel del Barrio

Siete días y un deseo

José Manuel del Barrio

Autoestima y desarrollo

Herramientas para el progreso de un territorio en el siglo XXI

Dos mujeres posan junto a una imagen del símbolo "me gusta" JOHN G. MABANGLO

“Mira, chaval: la autoestima es un recurso imprescindible para el desarrollo de un territorio. Hay estudios que han demostrado que el progreso no solo se potencia e impulsa con lo que piensa la gente habitualmente: disponibilidad de recursos naturales, inversiones en infraestructuras, acceso a la financiación o bajada de impuestos. Aunque todo eso puede ser importante, olvidamos que, en muchas ocasiones, un territorio equis, es decir, un país, una región, una provincia o la localidad más minúscula que puedas imaginar, puede estar huérfana de, por ejemplo, recursos naturales (gas, petróleo, litio o carbón) y, sin embargo, ser la campeona de la innovación tecnológica, elaborando y vendiendo aparatos electrónicos, chips, etc., que hacen las delicias de los fabricantes de televisiones, coches, ordenadores, tractores, camiones, teléfonos móviles, consolas, etc. ¿Me explico o no me explico? Porque esto mismo te lo he dicho cientos de veces y, por los gestos que estás haciendo, presiento que sigo predicando en el desierto”.

Si la autoestima es un recurso y una herramienta para el crecimiento personal, ¿no lo será también para el crecimiento y el desarrollo colectivo? Ya me entienden, para el desarrollo de un país, una región, una provincia o la localidad más minúscula

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Así me hablaba hace unos días un colega de profesión que de estas cosas sabe un montón. Sabe tanto que no solo imparte docencia en la Universidad de Salamanca sobre desarrollo local y territorial, economía aplicada, planificación urbanística, innovación social, competitividad territorial, participación social o desarrollo humano y comunitario. Su desempeño no queda ahí, pues su nombre es tan conocido y su caché tan relevante (hablamos de cuatro y más cifras) que cada dos por tres anda por ahí, impartiendo charlas, conferencias, talleres, etc., codeándose con políticos, banqueros, organizaciones no gubernamentales, gerentes de empresas, sindicatos, emprendedores, etc. Y siempre que regresa a casa me suelta la misma monserga: “La gente está muy perdida. Sigue anclada en los modelos tradicionales del desarrollo económico. Así no hay nada que hacer. ¿Pero es tan difícil reconocer que estamos en el siglo XXI y que, hoy por hoy, los factores que fomentan e impulsan los procesos de desarrollo son otros? ¡Ay, qué suplicio!”.

Comparto su desazón y, sobre todo, el entusiasmo con que hace y cuenta las cosas. Lo escuchas y quedas embelesado. No es un libro abierto: es mucho más. Admiro sus maneras de observar, analizar y contar lo que pasa por su cabeza. Tiene conocimientos pero también posee lo que ahora tanto se estila: competencias, capacidades y habilidades. Y entre ellas hay una que admiro: pasión por lo que hace. Pues bien, dado que esta persona es muy reconocida dentro y fuera de nuestras fronteras, pueden sospechar que su autoestima personal anda por las nubes, convirtiéndose en el carburante que lo mantiene activo. Sí, hablo de la autoestima de quien, a estas alturas de su vida, no la necesita. Entonces, podríamos llegar a la siguiente conclusión: si la autoestima es un recurso y una herramienta para el crecimiento personal, ¿no lo será también para el crecimiento y el desarrollo colectivo? Ya me entienden, para el desarrollo de un país, una región, una provincia o la localidad más minúscula que puedan imaginar. Vamos, digo yo.

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