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Agustín Ferrero

Epígrafe

Agustín Ferrero

Otro año más sigue repetiéndose el “Día de la marmota”

Hasta que no se invierta el binomio número de empleos y de jubilados, seguirá empeorando la terrible enfermedad de la despoblación

Una persona mayor sentada en la calle Santa Clara Emilio Fraile

Cada año que pasa, la edad media de la gente que se mueve por la calle de “Santa Clara”, va en aumento. Y es que los jóvenes en edad de trabajar continúan saliendo hacia cualquier otra parte, porque aquí no hay manera de encontrar empleo. Y los pocos afortunados que continúan en Zamora, por haber conseguido alguno, van cumpliendo años, haciendo que, poco a poco, y aunque parezca que no, se van acercando al grupo de los jubilados.

Es este último grupo el más numeroso del conjunto de la población, pues, no en vano la edad media en esta provincia es la más alta de España. Y, hasta que no se invierta el binomio número de empleos y de jubilados, seguirá empeorando la terrible enfermedad de la despoblación.

Las arrugas de la gente que ha cumplido muchos años han vuelto a aparecer tras permanecer ocultas tras las mascarillas de la pandemia. Algo parecido les ha ocurrido a las murallas de la ciudad, cuyas grietas parecen haberse multiplicado. Y es que, hasta hace poco, las vergüenzas se mantenían ocultas, al estar tapadas por los edificios que ahora han sido derrumbados.

Tristemente, cualquier día que nos decidamos a elegir nos encontraremos con la enésima repetición del “día de la marmota”. Esa tremenda pesadilla de la que no conseguimos salir por más que lo intentamos. Porque, el que más y el que menos, no solo tiene en su círculo más próximo algún familiar y más de un amigo que hayan emigrado a alguna parte, sino también algún jubilado de los que pasean “Santa Clara” arriba, “Santa Clara abajo”, buscando el sol o la sombra, en función de cada estación del año. Nada ha cambiado en el último medio siglo. Si acaso ha variado algo, ha sido a peor, como es el caso de la desaparición del pequeño comercio, fagocitado por las grandes superficies. Antes había desaparecido la industria textil y gran parte de la agricultura.

Las arrugas de la gente que ha cumplido muchos años han vuelto a aparecer tras permanecer ocultas tras las mascarillas de la pandemia. Algo parecido les ha ocurrido a las murallas de la ciudad, cuyas grietas parecen haberse multiplicado

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Alguien podrá decir que son cosas que vienen dadas por la evolución de las costumbres, por la existencia de la sociedad de consumo. Y no le faltará razón. Hay que estar preparados para afrontar cualquier cambio, pero también para sustituir determinados factores productivos por otros que puedan dar trabajo a aquellos que lo han perdido por mor de los tiempos. Y esto último no hemos sabido hacerlo. De manera que, donde existían cientos de puestos de trabajo que daban para ir tirando, ahora no hay otros que los suplan para tener un asa donde poder agarrarse.

Por si fuera poco castigo, la inercia de no hacer nada, o de no hacer lo suficiente, cuando la situación es extrema, este año la fatalidad, según unos, y la ineptitud de la comunidad autónoma, según otros, han ayudado a dejar la provincia hecha unos zorros. Infinidad de incendios y miles de hectáreas calcinadas han dejado multitud de parajes con un aspecto desolador y, lo que es peor, con un futuro en el que se han apagado muchas esperanzas.

No obstante, estos meses de verano han sido un oasis en medio de una Zamora despoblada, en la que era una delicia pasear las calles, o sentarse en alguna terraza para echar una charleta. Daba gusto imaginar la ciudad con ese movimiento de gente durante todo el año, y no solo durante el verano y la Semana Santa. Pero, por muy optimista que sea uno, no puede dejar de ser consciente de que no hay ningún síntoma que augure algún cambio a mejor. El movimiento “Zamora 10”, se está descomponiendo; de la dotación militar de “Monte la Reina” nada se sabe; del futuro museo de “Semana Santa” hay indicios, pero lo cierto es que las obras aún no han comenzado; el conservatorio de música continúa hundido en el agujero de la Universidad Laboral; y del museo “Baltasar Lobo” nunca más se supo.

No se trata de obras trascendentales o imprescindibles para la supervivencia de la provincia, pero si importantes. Son síntomas de la enfermedad que llevamos sufriendo durante muchos años, en los que lo único que avanza es el número de “gigantones” de Capitonis Durii. Son datos que reflejan la indolencia, el pasotismo, y la falta de líderes, tanto empresariales como políticos. Una mezcla de resignación y desamparo.

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