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Cristina García Casado.

Los telares de Cris

Cristina García Casado

Pequeñas labores

Las tareas menos pagadas y reconocidas son, paradójicamente, las que sostienen la vida

Risto Mejide y Laura Escanes.

El presentador Risto Mejide dijo el otro día que cambiar pañales a un bebé le parecía, cito, “la actividad más ingrata sobre la faz de la tierra”. Y presumió de “traspasar esa tarea” exactamente a la persona que tenía enfrente: su esposa Laura Escanes, 21 años más joven que él. Ella contestó: “No hace falta que me lo jures”. Rieron.

Mejide, de 47 años, le dice a Escanes, de 26: “Me has pillado con unas ganas nulas de cambiar pañales”. Y lo argumenta: “me parece de cero valor añadido”. Cero-valor-añadido. No cambia pañales, y se jacta, porque cree que su hijo “ni lo recordará ni se lo va a agradecer”.

Es difícil escribir un guion más revelador de la desigualdad entre madres y padres en el cuidado de los hijos. Más que eso: del abismo en la concepción del deber -y la satisfacción- de cuidar (a pequeños y mayores, a dependientes) que tenemos hombres y mujeres. Que nos han inculcado, quiero decir.

Las mujeres llevan ocupándose de las tareas “sin valor añadido” (sic) desde que el mundo es mundo. Cocinar, limpiar, organizar, curar, acompañar. Primera conjugación, el sector primario de las ocupaciones. Las tareas menos pagadas, reconocidas y agradecidas son, paradójicamente, las que sostienen la vida.

¿Nos toca hacerlas a las mujeres porque tienen menos valor añadido o se considera que tienen menos valor añadido porque la hacemos las mujeres? Diría que ambas, porque la importancia que se atribuye a las labores cotidianas es otra si las desempeña un hombre: la paella de la abuela se ve como algo corriente mientras que los señores se ponen a darle dos vueltas a una carne en la barbacoa y ya parece que están haciendo la gran obra. Por la excepción.

Circulan por Instagram unas viñetas muy atinadas de Mary Catherine Starr sobre el doble estándar de la paternidad y la maternidad: un padre que empuja un carrito con el móvil en la mano es un padre presente, mientras que una madre que hace lo mismo es una madre distraída.

Y sigue: un padre que llega a casa con comida del búrguer es un padre divertido, pero si lo hace una madre es una vaga que no cocina. Un padre que columpia a su hijo se ve como un súper padre, mientras que una madre columpiando un niño es solo paisaje ordinario. Lo que se espera.

Hasta las que convivimos con parejas que parecen tener acciones en Dodot y limpian mejor que nosotras lo decimos, como si eso no fuera simplemente algo normal. Porque, muy tristemente, no lo es. Quien no ha estado en mesas donde al terminar las mujeres se levantan como un resorte y los hombres se quedan ahí bien repanchingados como si eso no fuera con ellos. Lo he visto también en gente joven. No hace mucho.

A hacer las tareas que permiten vivir con salud y dignidad se las llama también ahora “carga mental” porque, como suelen recaer en solo una persona -la mujer- , pesan de salero. Preparar, por ejemplo, la bolsa del niño. Biberones, agua, pañales, toallitas, cambiador, otra muda, juguetes y el plátano. Que no falte el plátano, cuando tienes hijos todos los días son como una excursión a Cabárceno.

No hay nada que me parezca más atractivo en este mundo que una persona resuelta, diligente. Una pareja, una amiga, una compañera de trabajo. Me gusta la gente que vibra, que no hay que empujarla, que no hay que decirle que haga las cosas, sino que sabe lo que hay que hacer y que lo hace, escribió Mario Benedetti. Hay una palabra en inglés no exactamente traducible para nombrar contrario: “flaky”, personas con las que no puedes contar.

Nuestra educación sentimental es tan lamentable que se empuja a las mujeres a creer que deben emparejarse con alguien que gane mucho, o que tenga mucho o, la última ridiculez patria: que salga en yate o esquíe, esas cosas. Hombres generalmente muy ocupados con su ombligo que no sabrán nunca qué curso hace el niño. También está la versión “indie”: prendarse de una persona muy -dizque- intelectual, muy absorta en lo abstracto, que por supuesto no se mancha las manos con lo prosaico de la vida. Perversas mentiras, amigas. Si te vas de casa unos días y cuando vuelves ese yogur caducado sigue en la nevera, huye lo más rápido que puedas. Esa es la verdadera prueba del algodón.

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