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La Opinión de Zamora

Laura Rivero

La librería de mi barrio ha cerrado

Los vecinos y vecinas no abrimos lo suficiente la puerta de la tienda ni las tapas de los libros

Una familia recoge sus libros de texto. LOZ

Con la misma discreción con la que se había mantenido, ha cerrado la librería de mi barrio.

En una esquina de la calle Argentina, los niños ya no podrán parar en el pequeño escaparate para atisbar los cuentos primero, e identificar las primeras letras conocidas poco más tarde en los títulos de los “best-seller” con los que al menos las tapas de superventas entraban a formar parte de la vida cotidiana de los Bloques. Los mayores tampoco nos enteraremos de los nuevos títulos de éxito editorial, que acompañaban en el escaparate a los clásicos de siempre. Todos, grandes y pequeños, hemos perdido la atención y la profesionalidad de un librero que decidió mantener abierta su tienda en un acto de valentía propio de los libros de héroes de papel.

Tal vez haya cerrado porque los vecinos y vecinas no abrimos lo suficiente la puerta de la tienda ni las tapas de los libros que daban un aire cosmopolita a esa esquina, y al menos decoraban con una pincelada de cultura la calle con más comercios del barrio. Puede que Pedro Calvo se haya arruinado, cansado o sencillamente jubilado, sin encontrar a quien traspasar la única librería que quedaba en el barrio.

Seguramente no era un gran negocio, sobre todo desde que los libros de texto escolares que eran un ingreso anual seguro empezaron a venderse en las grandes superficies comerciales, con descuentos que se reinvertían en la compra del día o en la merienda en un “mac-algo”. Y que eran imposibles para una pequeña librería de barrio, que sólo podía regalar unas pinturas a los pequeños y bolis a los estudiantes mayores. Más aún cuando algunos centros educativos empezaron a proveer de libros a sus clientes, ahorrándose a los profesionales intermediarios de las librerías, y fidelizando de paso la menguante matrícula. Y todavía peor cuando se decidió reutilizar los libros con la justificación de ahorrar en este producto –algo que no hacemos con otros- y con la consecuencia de que los estudiantes más pobres no pudieran estrenar un libro nuevo y suyo.

Al margen del negocio de los libros de texto arrebatado a las librerías, tal vez su cierre nos lo hayamos ganado socialmente a pulso, porque ha vencido la comunicación audiovisual y telemática en la educación y en la vida cotidiana, y hemos dejado de leer o de hacerlo en papel. Porque hemos dejado de regalar un libro. Porque hemos dejado de ir a una pequeña gran librería.

La librería no es el único comercio que ha cerrado en mi barrio, donde las pequeñas tiendas especializadas han sucumbido a los supermercados primero, a los “chinos” después y a las grandes superficies comerciales más tarde. Y desde hace unos años, no conformes con ir comprando en comercios cada vez más grandes y más alejados de los barrios, los zamoranos nos alejamos aún más los fines de semana a las ciudades más grandes que nos rodean, como Valladolid, Salamanca y León ¡y hasta a Madrid!, para comprar. O compramos por internet.

Por eso mi barrio, como el resto de Zamora, se está llenando de locales vacíos, incluso en el centro y las calles tradicionalmente comerciales como Santa Clara, San Torcuato y el Riego, y el comercio de barrio desaparece.

Por eso los más mayores, obligados a comprar en grandes tiendas de autoservicio, necesitan que alguien les alcance lo colocado en lo alto de las estanterías, que les lea el precio de las etiquetas, y que les identifique el bote: “mira, por favor, que no sé si son tomates o pimientos, todo igual de rojo, o cuál es la fecha de caducidad, hija, por favor”. Y eso en la compra de la comida diaria. Para cualquier otra compra, siempre estarán los nietos con el ordenador ese que ni sabemos cómo funciona, ni aunque lo supiéramos hay cobertura en el pueblo.

Por eso, ante el anuncio de que van a poner autobuses directos desde Zamora y otras provincias para ir los fines de semana a un centro comercial de Valladolid, los comerciantes de Azeco están indignados y protestando ¿Acaso no se habían dado cuenta de que ese centro comercial ya se había convertido en el paseo donde encontrarse los zamoranos sustituyendo al Santa Clara arriba-San Torcuato abajo?

Por eso, pese a la indignación ante los autocares directos para comprar fuera de Zamora, los comerciantes zamoranos parecen resignarse a su suerte y proponen medidas tan poco radicales como que no se les permita parar en las estaciones de autobuses de Zamora capital y de Toro. Una prohibición que de llevarse a cabo, no evitará que puedan compensar con unas rebajas imposibles para gastárselas en el Mac-algo y llegar cenados a casa, a Zamora.

Por eso Zamora pierde negocios, comercios y habitantes.

Porque ante la acumulación del comercio en los más grandes a costa de la ruina de los pequeños y medianos comercios de barrio o del centro, no sólo nos hemos callado admitiendo la lógica del pez grande del gran capital que se come al pez chico del trabajo de los pequeños comerciantes, sino que hemos cambiado nuestros valores sociales para subirnos al autobús del progreso al capitalismo con entusiasmo. Ese autobús que nos lleva directos a gastar a un centro comercial donde podremos sacar el dinero que en el barrio ya no se puede en la sucursal de la caja porque ha cerrado, y en el pueblo menos porque no queda ni cajero automático.

Y nuestra vida diaria se habrá empeorado, porque ni llegaremos a lo alto de la estantería, ni veremos el precio, ni distinguiremos si los rojos son pimientos o tomates (no es una alusión política), ni sabremos qué está caducado… Porque los caducados seremos nosotros. Y nuestros comercios que van caducando sin que abramos la puerta para pedir al dependiente o al jefe que nos aconseje sobre un vestido elegante o unos zapatos cómodos, un pescado fresco o una carne tierna, un tomate de Zamora o un plátano de Canarias. Sobre un libro sesudo o un cuento divertido.

La librería de mi barrio ha cerrado, como antes cerraron otros comercios que le daban vida. Como se nos mueren los pueblos sin comercio.

Pero en Zamora se han abierto librerías que están animando a la cultura y comercios que mantienen la vida económica y social. Y en nuestras manos está vaciar los autobuses directos al capitalismo y abrir la puerta de un comercio y la tapa de un libro.

Porque: “Nunca se termina de aprender a leer. Tal vez como nunca se termina de aprender a vivir”. Palabras de Jorge Luis Borges, dedicadas a Pedro Calvo, siempre librero de mi barrio.

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