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La Opinión de Zamora

Ángel Alonso Prieto

Atriles bajo los árboles

Todo es lamentarse mientras el techo vegetal arde sobre nuestras cabezas

Mosaico Ángel Alonso

Donde paso buena parte de las vacaciones solo venían hace mil años gentes con ganas de darse el piro del mundanal ruido, cuando éste no era ni la sombra de lo que hoy entendemos y padecemos por tal música. En estos parajes crecen, como en muchas partes de España, bosques silenciosos que fueron refugio de anacoretas y escondite de conventos en tiempo de las razzias de Almanzor.

Como hace calor y abrimos las ventanas no dudo que las hermanas arboledas que nombraba San Francisco en su “Canto de las criaturas”, han oído por la radio que muchas hermanas suyas han muerto este verano asesinadas sin misericordia por el fuego de pirómanos y piraos, por descuido y mala suerte y por la mala cabecita de nuestra política forestal a nivel nacional.

Si me pongo esperpéntico diría que el fuego aprovecha nuestras vacaciones para darse el gusto de desmelenarse; humor negro más bien.

El bosque es la asignatura pendiente del estado de bienestar; y nunca estaremos bien si aquel no respira salud y respeto. Pero no reaccionamos ni con la desolación en los rostros de familias desalojadas, personas fallecidas, fauna y flora dañadas, ecosistemas seriamente quebrantados.

El sector público y el privado, las instituciones, las fundaciones, las ONG, la familia, el colegio, nadie debe eludir el esfuerzo y la conciencia de que el medio ambiente es la casa común auténtica, el ámbito donde todos somos arte y parte

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Esto hay que pararlo. A los incendiarios no les duele más que privarse de su instinto criminal. Escarmentemos con multas y penas ejemplares. Ahí tenemos el ejemplo de los accidentes de tráfico: hasta que no se tomaron decisiones drásticas no bajó el número de accidentes; de poco sirvió antes ver víctimas y sus secuelas, terribles accidentes simulados, o llamadas a la cordura desde todos los ámbitos. Está visto que de pico todos somos buenos. A la hora de la verdad, nuestros hechos nos delatan.

Todos los veranos la misma tragedia, y éste multiplicado por cuatro, cuando aún queda un mes de estío.

Paseo entre los árboles y me viene San Francisco al encuentro tras la sombra de un roble:

-Escribe algo. Pon que esto hay que pararlo. Paz y bien. Y desaparece.

Ya ven que me pongo manos a la pluma y ando a ver si me sale algo que le guste al santo que escribió el “Canto de las criaturas” y tomó por hermanos al sol, a la luna y al lobo. Una adopción super generosa en la mente del santo, sin duda. Una hermandad universal que no excluía a ningún ser vivo. Conciencia cósmica o como queramos llamarlo; para él familia universal generada por Dios.

El bosque nos es ajeno, aceptémoslo de una vez. No hemos tomado en serio su fragilidad ni su beneficio, así como nuestra dependencia básica para respirar por él y gracias a él. Es quizá el bien público y particular más expuesto, menos protegido y menos defendido con leyes y penas contra quienes lo dañan y atacan impunemente.

Nuestra sociedad ha logrado cosas endemoniadamente difíciles y no es capaz de salvar los muebles de la casa hasta el punto que ha olvidado dónde está la caja fuerte. Todo es lamentarse mientras el techo vegetal arde sobre nuestras cabezas. Hay que hacer algo. Hay que hacer algo por todas las vías: la coercitiva, penal, persuasiva y educativa: esto es, trasmitir el amor a los árboles, educar en el amor a la naturaleza como madre que es de la vida, conocer los peligros de nuestro comportamiento irresponsable a corto y largo plazo. “Largo me lo fiáis”, dirán el pino, la encina, el roble. Va siendo tarde, pero es alarmante tanto daño.

Paremos el holocausto vegetal, dejemos de contaminar las aguas, el aire... Si queremos futuro para nuestros hijos y nietos eduquemos con el ejemplo y también con la exigencia de cumplir una responsabilidad colectiva, un cuidado de lo que es de sentido común cuidar y proteger. Nos va en ello la salud, y sin ello la vida es otra cosa muy distinta, desvirtuada, artificial, enferma.

El sector público y el privado, las instituciones, las fundaciones, las ONG, la familia, el colegio, nadie debe eludir el esfuerzo y la conciencia de que el medio ambiente es la casa común auténtica, el ámbito donde todos somos arte y parte, en mayor o menor medida, de lo que sucede a ese pulmón externo que nos abastece de oxígeno, a esa masa de agua que llamamos hidrosfera, donde la vida tuvo su origen.

El pasado año, paseando por Carrión de los Condes, tras la visita a Las Edades del Hombre, vi escrita una frase en el suelo de una calle peatonal : “El mar empieza aquí”; al principio me sonó a broma ocurrente escrita por habitante de secano, pero enseguida capté el sentido real y profundo de esas cuatro palabras absolutamente ciertas, escritas en un lugar alejado del mar. Por desgracia hoy los mares contaminados contienen basura proveniente de lugares muy alejados de donde rompen las olas y nadan las ballenas. Allí nace realmente el mar actual; de allí, de aquí, de acullá llega basura que nosotros hemos generado con alegría e insensatez. No hay más que ver cómo dejamos el entorno en cualquier mínima fiesta y cómo sobran papeleras y contenedores para nuestra desidia y necedad. Nos sobra plástico, nos falta plasticidad mental, somos duros de mollera. Ya nos vale. Hay que hacer algo.

Escucho Radio clásica, abro las ventanas para que los árboles próximos sobrelleven mejor el duelo de sus familiares muertos a miles. He tomado prestado para este artículo el nombre de un estupendo programa que cada verano suena en Radio clásica (Radio nacional). Pongamos bajo los árboles atriles, mejor que barbacoas o cerillas de mentes desafinadas a las que habría que enseñarle a entonar el “cántico de las criaturas” o que lea y relea, hasta que arda la sesera, la “Balada del álamo Carolina”, de Haroldo Conti.

El mar empieza en la calle y bosque ya es la puerta de mi casa.

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