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Cristina García Casado.

Los telares de Cris

Cristina García Casado

Margen de error

Caminar hacia un mundo donde no podemos escucharnos ni perdonarnos es descender hacia el peor infierno

675641138 Anne-Marie Miller

Hace más de una semana que dos chicas de mi quinta no pueden abrir sus redes sociales sin que las tumbe una ola de insultos y amenazas. Son las cómicas Carolina Iglesias y Victoria Martín, las creadoras de Estirando el chicle, un podcast que consiguieron llevar de la autoproducción en el jardín de su casa a un recinto de 12.000 localidades agotadas en solo dos años.

Todo empezó porque invitaron a una humorista que tiene un discurso contra las personas transexuales a su programa, reconocido por la defensa de los derechos del colectivo LGTBIQ+. Sí, un error de cálculo sorprendente y una falta clara de coherencia interna. “Que el audio pegue con el video y que la acción pegue con el discurso”, canta Miss Bolivia.

Se equivocaron y muchos seguidores, entre los que me incluyo, les señalaron su malestar con respeto y cariño. La crítica va con el oficio, pero el odio no. Aprovechando que el Pisuerga pasaba por fin por Valladolid, una turba que le tenía muchas ganas al podcast de mujeres jóvenes más exitoso hizo lo que sabe hacer: encender el ventilador y repartir mierda. Han llegado a amenazar a sus familias y a pedir a sus empleadores que las dejen sin trabajo.

Eso de que la vida real es lo que pasa fuera de las pantallas no podría ser menos cierto. Ahora la gente se enamora, se expresa, encuentra empleo, vende y compra, se forma y se construye a sí misma en Internet

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“Tu libertad termina donde comienza la del otro”, nos decía siempre el profesor Jesús en primaria. La libertad de criticar una incoherencia o un error llega hasta la libertad de esas personas para seguir viviendo con normalidad. Hay quien minimiza los linchamientos modernos por ser digitales, a mí me parecen una de las tendencias más dañinas de este tiempo.

Eso de que la vida real es lo que pasa fuera de las pantallas no podría ser menos cierto. Ahora la gente se enamora, se expresa, encuentra empleo, vende y compra, se forma y se construye a sí misma en internet. Tener que dejar las redes sociales no es una tontería: es la expulsión de un espacio tan real como el salón donde escribo esto.

Lo que estoy diciendo en esta columna, con otras palabras, lo desgrané en un hilo de Twitter que se hizo viral y me dejó sin poder usar mi móvil a gusto durante un par de días. No estoy acostumbrada: las crónicas periodísticas y las observaciones del mundo raras veces despiertan tantas pasiones.

La amplísima mayoría de los comentarios fueron muy bonitos, un aluvión de dopamina. Pero en lo que yo realmente pensaba era en lo que debe de ser ese ritmo de notificaciones cuando lo que te dicen no es “gracias por expresar lo que siento” sino “muérete”. Les ocurre a muchísimas personas públicas, sobre todo mujeres, cada día. Es espantoso que lo hayamos normalizado.

Me acordé también estos días de Ana Iris Simón, la escritora novel que con su exitoso libro ‘Feria’ se ganó el sueño y la pesadilla: una columna fija en el gran periódico global en español y su propia turba inagotable atizándola durante unos meses en redes sociales.

Al hilo de esto, le pregunté a una amiga periodista con la que comparto anhelos si de verdad llegar a esa exposición merecerá la pena. No dudó en decirme que sí. Ladran, luego cabalgamos.

Carolina, Victoria y Ana Iris me parecen brillantes. No estoy de acuerdo en todo con ellas como no lo estoy con ninguna de mis amigas. Les tengo un cariño como de conocerlas: gracias a sus ideas y a la compañía de su obra di más horas de teta, recogí mejor mi escritorio, escribí más.

Les doy el mismo margen de error que espero que me den a mí en la vida. Que ojalá tengamos todos. Porque caminar hacia un mundo donde no podemos escucharnos ni perdonarnos es descender, me parece, hacia el peor de los infiernos.

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