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david refoyo

Pepe Ramos, in memoriam

Mientras otros profesores nos enseñaban técnicas de marketing o análisis estadístico, tú trataste de enseñarnos a pensar

Imagen de una biblioteca AJUNTAMENT DE VALÈNCIA

Estábamos en el Prado hablando con Velázquez y el mundo parecía un lugar hermoso. Habíamos ido a ver La rendición de Breda en aquel coche que olía a Ducados. Todo lo que tenía que ver contigo olía a tabaco negro. Tus clases, tu despacho, los pintores de los que hablabas durante horas ahuyentando el aburrimiento. Nada es más divertido que aprender. Decías que debíamos escuchar a los cuadros, que nos interpelaban, que una vez que aprendemos a oirlos se nos quedan dentro para siempre. Aquella visita fue la primera de muchas. Nos quedábamos ensimismados. Los turistas iban y venían, con prisa, con ansia por devorar las obras, pero tú odiabas esa forma de consumo. Decías que un solo cuadro de Velázquez o de El Bosco podía durar horas, días, una vida entera. Explicabas la pincelada, los significados, la tensión narrativa. Relacionabas cada detalle con la historia y con la gran literatura, otra de tus pasiones.

Tu clase de pensamiento político resultaba un acontecimiento. Llegabas con tu abrigo largo y esa sonrisa tenue, portando una bolsa de papel del Zara. Todavía no se habían puesto de moda las tote bags. El resto de profesores pasaba lista, alargando la vida dirigida del instituto, pero tú nos tratabas ya como personas adultas. La clase llena, siempre, la clase atiborrada de ojos expectantes, sentados en las escaleras si era necesario. Sin exámenes ni trabajos, tampoco presentaciones en Power Point. Un hombre fuera de sitio, de otro tiempo, que despertaba admiración. Colocabas la bolsa sobre la mesa y extraías libros, uno detrás de otro, mientras nos contabas por qué debíamos leer aquellas obras imprescindibles. No he vuelto a leer tanto como entonces. Así descubrí a Artistóteles, a Maquiavelo, a Spinoza, a Marx y también la Biblia, claro. Leerlo todo, escuchar a todos.

Creías en nosotros. Tenías fe en la humanidad. Luchabas contra lo accesorio, contra lo que sobra para llevar una vida plena. Recuerdo que leíste aquel poema después de meses dándole vueltas y dijiste ahora sí. Ahora no se puede podar más

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Quedábamos en Libreros para tomar café, en ocasiones muy temprano. Ya no me dabas clase, pero seguía acudiendo a tu llamada. Me regalabas libros, siempre libros. Hablábamos de Claudio Rodríguez, de Machado, de Quevedo. Recuerdo cuánto te gustaba, cuánto te esforzaste para que lo leyera de verdad, para que olvidara sus formas clásicas y aprendiera a leerlo desde el presente. Me lo recomendabas, sobre todo, cada vez que te mostraba uno de mis poemas. Tú me ayudaste a rebajar las expectativas, a quitarme las ganas de publicar tan propias de la juventud. Entendí que la poesía es una búsqueda y no un fin.

Cuando publiqué mi primer libro corrí a Salamanca y te lo dediqué con todo mi cariño. Preferíamos palabras anchas antes que grandilocuentes, palabras que nos acogieran, que nos alentaran. Lo recibiste satisfecho, orgulloso como un padre. Y me abrazaste. Volví a casa feliz. Días después me llamaste. Dijiste palabras hermosas, contundentes. Dijiste voz y también verdad. Dijiste sigue así. Y yo seguí, pero tú ya no. O no conmigo. O no tan cerca y perdimos el contacto. Yo te escribía emails o te llamaba al móvil, pero nunca tenías tiempo para las tecnologías. Preferías el café y el Ducados. Cuántas veces pregunté tu nombre en conserjería esperando encontrarte, cuántas veces esperé que te llegaran mis envíos: otros libros, mismas dedicatorias. Cuántas veces hablé de ti con Asun o Paco buscando la manera de volver a encontrarte. Es fácil decir esto ahora que has muerto, pero da igual. Ahora sé que tu compromiso era tu clase, tus chicas y tus chicas, esas personas a las que mostrabas cómo debería ser el mundo para habitarlo mejor. Tu reto eran ellas y no yo. Conmigo ya habías cumplido. Tardé años en darme cuenta, pero lo hice, y hablaba contigo a través de tus versos como hablábamos con El Greco a través de los lienzos porque siempre estabas, a tu modo, al otro lado.

Mientras otros profesores nos enseñaban técnicas de marketing o análisis estadístico, tú trataste de enseñarnos a pensar, a sospechar de absolutamente todo. Creías en nosotros. Tenías fe en la humanidad. Luchabas contra lo accesorio, contra lo que sobra para llevar una vida plena. Recuerdo que leíste aquel poema después de meses dándole vueltas y dijiste ahora sí. Ahora no se puede podar más. Nunca olvidaré tu frase: a mal Cristo mucha sangre. Sería el epitafio perfecto para tu vida, tan inspiradora y trascendente. Te echaremos de menos, maestro.

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