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La Opinión de Zamora

Agustín Ferrero

Les gusta la democracia, pero no están de acuerdo con las mayorías

No queda otra que reducir el consumo de energía y eliminar el despilfarro

PLACAS SOLARES. HUERTO SOLAR. ENERGIA SOLAR FOTOVOLTAICA EMILIO FRAILE

Le gustaba la democracia, pero no estaba de acuerdo con la mayoría, decía uno de los personajes del humorista Dátile: uno del grupo que sacaba adelante la revista satírica “La Codorniz”, bajo la dirección de Miguel Mihura. En aquellos años, tal expresión podía llegar a entenderse, porque no había democracia, y estaba prohibido hablar de política. Pero ahora resulta difícil comprender que suceda otro tanto de lo mismo, ya que los que no están gobernando nunca están de acuerdo con la mayoría que está dirigiendo el cotarro, venga o no a cuento.

Y es que, hace unos días, una vez más, los que no gobiernan han sacado el hacha de guerra contra el plan de ahorro energético que ha parido el Gobierno por mor de la escasez. Aprovechándose de que cualquier cambio que se imponga a los ciudadanos siempre será mal recibido, y más aun tratándose de una restricción, los potenciales aspirantes al poder han aprovechado la ocasión para tirar a degüello.

Los cambios drásticos siempre fueron criticados. Mismamente, si nos fijáramos en la historia del cine, veríamos que cuando el crítico Bazin se enfrentó al cine mudo, defendiendo a capa y espada el sonoro, le cayeron chuzos de punta, porque aquello se consideraba una traición al espíritu del cinematógrafo. Aunque no en la misma medida, también resultó incomprendido Eisenstein cuando hizo “El acorazado Potemkin” (la más importante película de la historia del cine) por el simple hecho de que se empeñó en manufacturar la peli comenzando con el montaje y terminando con el montaje, a diferencia de Griffich (El padre del cine) que diez años antes había estrenado “El nacimiento de una nación” (1915), en la que prevalecían las imágenes tal y como se habían filmado.

Aunque para algunos eso llegue a significar que se va a acabar el mundo, la realidad dice que, si continuamos sin hacer nada, como hasta ahora, el problema empeorará de manera geométrica

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Eisenstein demostró que no hacía falta más que colocar al lado del mismo personaje algo diferente para expresar sensaciones distintas, e incluso opuestas. Así lo demostró poniendo a su lado el cadáver de una mujer joven, una sopa humeante, o un niño, para hacer ver el dolor, el hambre o la ternura. Algo que se ha venido repitiendo hasta nuestros días. Y si no que se lo digan a Hitchcock cuando usó la misma estrategia con James Stewart en “La ventana indiscreta”. Lo mismo viene haciendo la clase política para hacer ver lo que no es, o para ver lo que a ellos les interesa que veamos. Ahora nos han colocado a los ciudadanos caminando por una calle con los escaparates de los comercios apagados, para mostrarnos el peligro que estamos corriendo. Pero lo cierto es que la mayor parte de las calles de nuestros pueblos y ciudades no tienen, ni han tenido nunca, escaparates, y por tanto ese supuesto peligro lo habríamos estado sufriendo siempre, sin habernos enterado. También nos presentan como comparable con la llegada del anticristo el rebajar la temperatura en tiendas y almacenes, incluidos aquellos en los que, nada más entrar, se echa de menos un jersey o una rebeca, ya que el frio llega a congelarte hasta la vesícula biliar. Como siempre, en esta primera ola de medidas, pagarán el pato los pequeños comerciantes y los consumidores, y el Gobierno siguiente dirá que la culpa de que todo esté tan mal se debe exclusivamente al mal hacer del gobierno anterior.

No hace tantos años, allá por 2011, se prohibió fumar en el interior de los bares y cafeterías. Y entonces también, quienes no gobernaban, sacaron a relucir todos los monstruos del averno, augurando un tiempo de ruina para el gremio de la hostelería. Pero, mira por dónde, la proliferación de terrazas, a la vera de los bares, ha resultado ser un éxito total, para el público y para los hosteleros.

No se sabe de nadie que no comulgue con la idea de que gran parte de la energía que consumimos no la producimos nosotros, sino una decena de países que dominan el petróleo y sus derivados, quienes nos la hacen pagar al precio que más les conviene, lo que hace danzar a nuestra economía al ritmo que ellos nos van marcando. Hasta hace poco, España solo era una pieza de ese puzle, en el que apenas pintaba nada. Sin embargo, ahora, en parte por necesidad, y en parte por convicción, la UE ha dado muestras de estar unida, y ha pergeñado un plan de ahorro energético en aras a paliar, al menos en parte, las represalias del suministrador ruso, encolerizado por la guerra de Ucrania.

Aunque la solución a futuro parezca pasar por el desarrollo de alternativas energéticas, lo cierto es que mientras eso llega no queda otra que reducir el consumo, y eliminar el despilfarro. Aunque para algunos eso llegue a significar que se va a acabar el mundo, la realidad dice que, si continuamos sin hacer nada, como hasta ahora, el problema empeorará de manera geométrica.

No puede evitarse que aún sigan existiendo retrógrados y negacionistas, incluso quienes defiendan la teoría aristotélica (S.IV a.c) sobre el mundo, con La Tierra en el centro del universo y el resto de los planetas dando vueltas alrededor, bailando la conga. Pero se puede leer en cualquier librito que aquella teoría la echó abajo Copérnico, veinte siglos después (S.XVI). Esperemos no tardar otros veinte siglos esperando otro Copérnico para encarrilar el tema de la energía.

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