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La Opinión de Zamora

Concha Ventura

Crónicas de un paso de cebra

Concha Ventura

La constante serenidad del cielo

Una noche me esperaba un cine, cercano a una playa del Mediterráneo, de esos donde las películas se ven al aire libre

Cine de verano LOZ

Los veranos a veces son muy raros, porque empezamos por asomarnos al cielo, y el sol nos invita a mirarlo, y luego nos ciega el destello de su luz en el mar y después, en ese amanecer esplendoroso, aparece en el horizonte una barquita de pescadores con la red en el agua y, una cosa lleva a la otra y parece como si tuviésemos una vida entera para perdernos en pensamientos muy diversos y, todo invita a tejer historias de lugares impensables.

La ciudad de Herculano está situada en el sur de Italia y recibió ese nombre, porque fue dedicada al dios Hércules. Se llamó así hasta el año 79 de nuestra era.

Después, sus habitantes, la mayoría, ricos comerciantes y mercaderes murieron a causa de la emanación de gases tóxicos, tras la erupción de Vesubio en ese año 79, mientras que los de Pompeya sucumbieron sepultados por las cenizas.

Tras esa catástrofe, la ciudad se denominó Resina hasta 1969, porque desde el año mil en que se reconstruyó, allí hubo un santuario, llamado el Castel di Resina, lugar de peregrinaje muy visitado, edificado sobre las ruinas de la antigua Herculano.

Posteriormente la ciudad fue excavada, y salieron a la luz muchos restos arqueológicos, sus casas, La Villa de los Misterios, la de los Papiros y otras, en las cuales se conservaban numerosas pinturas murales. Toda la zona es de una belleza inquietante.

En la pared de una de esas casas de Herculano, sobre una urna cineraria, se representan las bodas de Tetis y Peleo, junto a una alegoría del verano, identificado con un joven coronado y vestido espléndidamente con una túnica amarilla, símbolo de la madurez de las mieses y un manto azul celeste, color que indica la constante serenidad del cielo en dicha estación.

Las noches también prometen, en una en concreto, en estos días, me esperaba un cine, cercano a una playa del Mediterráneo, de esos donde las películas se ven al aire libre.

(Recordé que, el primer cine de verano del mundo se fundó en 1916 en Australia, en la ciudad de Broome, se llama Sun Pictures Garden Cinema y sigue abierto en la actualidad. Por supuesto cuenta con el record Guinness, por ello).

Y precisamente, esa noche era la primera vez que iba después de muchos años a un cine de este estilo, escogí una de risa. Pensé que apenas asistiría gente, y ese fue mi primer error, porque al llegar, dos grandes colas se extendían serpenteando ante la taquilla y ante la máquina en la que se pagaba con la tarjeta.

Entré y me encontré ya sentadas a unas doscientas personas, una gran pantalla al frente y unos altavoces descomunales a los lados.

Era un solar rectangular rodeado de árboles y de edificios muy altos, donde algunos vecinos se preparaban en las terrazas para cenar, mientras veían desde las alturas gratis la película.

En el ambigú del cine de verano, al lado del Mediterráneo, la gente empezó a sacar de los bolsos, los bocadillos de tortilla de patata, de chorizo, de jamón

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A la entrada a la izquierda había un bar para comprar palomitas, bebidas y bocadillos. Poco a poco iban entrando más y más espectadores, de todas las edades, padres con toda la familia, abuelos con nietos, pandillas de amigos, matrimonios, novios, gentes que acababan de salir de la playa, y todos hablaban en voz baja.

No tenía muy claro cómo se iba a desarrollar aquella noche de verano, si los ruidos o el tumulto de la gente molestarían mucho. Antes de empezar, se pusieron a cantar unos mirlos que estaban de ocupas en los árboles del cine, y empezó a soplar una brisa fresca. Se fueron llenando los asientos y al final habría más de cuatrocientas personas.

Al encenderse la pantalla, se hizo un silencio sepulcral. Todos nos dejamos atrapar por la trama de la historia, nos reímos un montón y, al llegar a la mitad se paró la proyección y aparecieron grandes letras formando la palabra ambigú, que significa bufé, piscolabis y muchas cosas más.

(Volví a recordar, que hacía años que habían cerrado casi todos los cines de Zamora, El Círculo, construido sobre lo que fue una iglesia románica, enfrente de la Puerta de doña Urraca, o de San Bartolomé o de Zambranos de la Reina, que por todos estos nombres fue conocida, Los Luises, el Principal, construido sobre el Corral de Comedias de la ciudad, construido en 1606, que antes fue el convento de Santa Paula, el Valderrey, después llamado Pompeya, también todos ellos sucumbieron sepultados por las cenizas del olvido. En sus tiempos gloriosos, por supuesto que contaron con ambigú, y también recordé, la sala totalmente vacía del cine Barrueco de Zamora, el día que lo iban a cerrar definitivamente, ya que fui la última y única espectadora de dicha sala. Tenía muchas ganas de ver La vida de los otros, y al llegar me dijo la dueña que era la última sesión, que ese día no había tenido ningún espectador, porque se cerraba el cine. Le contesté que, si ella quería, me iba, pero que me apetecía mucho verla, y la proyectaron sólo para mí en la sesión de las ocho. Me emocionó, ver aquella sala solitaria, también la película, se trataba de una de esas historias que nunca deberíamos olvidar los seres humanos, para que no se repita jamás. Merece la pena que todos ustedes, si pueden, la vean).

En el ambigú del cine de verano, al lado del Mediterráneo, la gente empezó a sacar de los bolsos, los bocadillos de tortilla de patata, de chorizo, de jamón. Los padres y los abuelos se levantaron para ir a comprar algunos refrescos y agua, otros las palomitas y allí se armó una revolución, porque casi todo el mundo iba de un lugar a otro a ver a los amigos y conocidos a ofrecerles parte del condumio y a echar unas risas. Muchos jóvenes miraban embobados al primer amor, algunos se integraban también por primera vez en el grupo de amigos, otros observaban todo desde la lejanía y la timidez, sin atreverse a abrir la boca y, volvieron a cantar los pájaros.

Después de unos 30 minutos, todo se recompuso, cada cual volvió a su asiento, se recuperó el silencio, se reinició la película y acabamos de verla.

En ese momento allí, sentí que todo estaba bien hecho porque, al caer la noche, el manto azul de la constante serenidad del cielo seguía adueñándose del mundo.

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