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La Opinión de Zamora

Manuel Mostaza

El ciclo de la vida

De mis 32 trastarabuelos, 31 fueron sanabreses. Personas que vivieron vidas que ahora no somos capaces de comprender y que tampoco entenderían las mías ni las lógicas que las rigen si nos vieran

Pies de un bebé

Con cincuenta años recién cumplidos, Ortega y Gasset impartió en 1933 unas lecciones en la Universidad Central de Madrid que acabarían dando forma a unos de sus mejores libros: “En torno a Galileo”. Ortega describía allí a las generaciones como “una caravana dentro de la cual va el hombre prisionero, pero a la vez secretamente voluntario y satisfecho”. Y, aunque es claro que no podemos dejar de habitar en nuestro espacio generacional, lo que sí que podemos hacer, ya en la madurez, es reflexionar sobre lo que ello supone y, también, sobre la red de nodos de la que formamos parte y a la que, de alguna manera, damos continuidad cuando tenemos un hijo. Se trata de una red que se extiende durante siglos en el tiempo, aunque apenas seamos capaces de comprenderla, porque nuestro melancólico cerebro no tiene tanta capacidad de proceso. No existe la memoria oral: “en todas las culturas primitivas”, -me dijo un día Juan Menor- “a partir de la sexta generación, solo hay seres primigenios, antepasados mitológicos, entes semidivinos de otro mundo…”. Pero fíjese, y solo por recapitular, caro lector: usted tuvo cuatro abuelos, ocho bisabuelos, dieciséis tatarabuelos, 32 trastarabuelos y 64 pentabuelos y desde ahí la cifra sigue creciendo de manera exponencial: 132, 264... Y usted es descendiente de todos ellos, y su red se entreteje desde la de cada uno de ellos. Si cualquiera de esas personas hubiera tomado una decisión diferente en algún momento de su vida, ni usted (ni quizá yo) estaríamos aquí ahora.

De mis 32 trastarabuelos, 31 fueron sanabreses. Personas que vivieron vidas que ahora no somos capaces de comprender y que tampoco entenderían las mías ni las lógicas que las rigen si nos vieran. Todos ellos vivieron en un mundo que lleva casi dos siglos declinando: la emigración mandó a gran parte de sus hijos a otros lugares más abiertos, al menos en promesa, durante el último tercio del siglo XIX y gran parte del XX. Y no lo digo a humo de pajas: ya un hermano de mi bisabuelo, Pedro de Barrio, emigró a una Vizcaya que se industrializaba a toda velocidad, mientras que todos los hermanos de otros de mis bisabuelos Antonio Fernández -de San Juan de la Cuesta- emigraron a la Argentina durante los años de cambio de siglo hará en torno a ciento veinte años ya. Por no alargarme mucho, en fin, las dos hermanas de mi abuela Serafina Chimeno se fueron a Madrid al casarse en los años veinte del siglo pasado y ya no volvieron a residir en su Santa Colomba natal.

Ayer nació la Andurlina. Sin darse cuenta, y como su hermano hace algunos años, ha comenzado ya a enfrentarse a “la perpetua sorpresa de existir”

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Y es que la nuestra tierra nunca fue clemente con los hombres: a los inviernos en las montañas más frías de toda Castilla, como escribieron los jesuitas durante la guerra de separación de Portugal, les precedían heladas primaverales que mataban las cosechas, y todo ello dentro de un modelo de distribución de la tierra que permitía poco más que la subsistencia mientras iban pasando los años. La única relación que tuve con toda esta malla de personas que me precedieron fue con mis cuatro abuelos, a los que pude conocer bien. En un hermoso libro en el que se confiesa hijo del futbol, Galder Reguera reflexiona sobre la relación que tendría hoy, de adulto, con su abuelo más querido, que murió cuando el autor era un niño. Reguera reconoce ser una persona “diferente a aquella que soñaba ser cuando él murió”, y se pregunta qué tipo de conversación podría tener con él y en qué medida su abuelo lo reconocería. A veces me asalta a mí también lo mismo, y pienso, a ratos en los éxitos, pero también en los fracasos, qué pensarán mis abuelos de mí y del resto de sus nietos ahora que, como dice mi hermanu Lauro Anta, llevan tantas décadas cazando charrelas ellos, y oreando nubes ellas, entre Peña Surrapia y la Peña Resbalina.

Pero los años te enseñan que, en este ciclo, tu papel cambiará con el paso del tiempo. Creces siendo nieto de tus abuelos e hijo de tus padres para descubrir, el día que eres padre, que la adolescencia terminó para siempre, y que ahora eres tú el padre, porque los tuyos se han convertido en abuelos. Algo que se refleja muy bien en la serie “This is us”, quizá el único producto audiovisual que se ha preocupado de mostrarnos el paso del tiempo en unos personajes que desarrollan diversos papeles (hijo, hermano, padre, abuelo…) a lo largo de su vida. No, no somos los mismos, claro que no. Aunque la ficción jurídica exija la continuidad del yo a lo largo del tiempo, poco tenemos que ver con el adolescente que fuimos, y en poco nos parecemos al anciano que un día seremos, cuando los nuestros se hayan ido todos. Por eso, mientras tarareas ahora el Manolo mío a un bebé que se duerme y le prestas atención a un niño que te pregunta sin parar, te das cuenta de que caminamos sobre capas del pasado sin ni siquiera darnos cuenta. Y te das cuenta, también, que creces pensando que el mundo termina contigo, para darte cuenta con los años que la deuda de gratitud que adquieres con los tuyos solo se salda con los que vienen después: lo que te dieron tus padres se lo devolverás a tus hijos, en un ciclo que nunca termina.

Como en un sueño, me levanto a la sombra de la nogal rebrotada y cierro el libro que tengo ante mí. El relente nos empuja hacia casa, Martín me da la mano y yo le recito, mientras dejamos atrás la Ñogueira, los versos de Maribel Andres Llamero que acabo de leer: “Tengo estos prados metidos en los ojos / y cuando brotan me salvan / como al paisaje”.

Ayer nació la Andurlina. Sin darse cuenta, y como su hermano hace algunos años, ha comenzado ya a enfrentarse a “la perpetua sorpresa de existir”. Al igual que ese peatón celeste del que nos hablaba Claudio Rodríguez, y que en realidad son los nuestros al septentrión, ya sabes que, cuando eches a andar, en nuestro frío siempre hallarás abrigo eterno. Mamá, tu hermano y yo llevábamos tiempo esperándote. Bienvenida a casa hija.

(*) Politólogo y director de Asuntos Públicos de Atrevia

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