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La Opinión de Zamora

En el corazón del desastre (I)

La Sierra de la Culebra: Todos los modos del abandono

Paisaje desolador de la Sierra de la Culebra. |

“Era lo único que no nos había abandonado. Y ya ve usted”. Lentamente, el hombre de Otero de Bodas bate un brazo vencido, como si barriera el aire mostrándonos el panorama, y mira con incredulidad la naturaleza calcinada que hay ante nosotros. Puedo imaginar qué habría en lugar de esto hace una semana: castaños centenarios, rumores de colmenas, menudeo de setas perdidas, vagabundeo de pájaros, jaras en flor. “Nos quedaba la sierra, eso era lo único que no nos podían quitar o eso creíamos”, insiste el hombre, que parece tener la voz y el ánimo dispuestos desde hace mucho para cualquier tipo de desencanto sobrevenido. “Yo ya no volveré a verla”, añade sin más antes de colarse de nuevo en el portalón de casa, como si no quisiera provocar lástima en el forastero. Ya es lo que faltaba: pasear los sentimientos entre tanto desconocido como llega en estos días hasta aquí a registrar el espectáculo de esta gran parrilla que aún huele.

Las conversaciones con las gentes de Aliste no son difíciles. Te miran con confianza desde unos ojos menudos y muy abrochados por el esfuerzo de haber vivido así, en el cabo negro del abandono. Los rostros, llenos de cárcavas deshidratadas y con las facciones talladas como a punta seca, contienen aún una nobleza residual que apenas se encuentra ya en otros lugares, donde el progreso lo maquilló todo con la necesidad de vivir vertiginosamente. Aquí, en cambio, es posible aún encontrar la sabiduría que da esa calma que, desde siempre, solo conocen quienes han aprendido a contemplar despacio y mucho el aire y el agua: pastores, marineros, lavanderas, pescadores… Para eso os habéis llegado los dos por la mañana hasta ese territorio aún malherido. Para escuchar a quienes nadie escucha desde hace tanto tiempo que a ellos se les ha olvidado alzar ya la voz. O no.

Vista de la Sierra tras el incendio. T. S. / B. P.

El cielo ha salido hoy apretado de nubes del color amarillento de los vendajes sucios. Descarnada, como siempre se ha visto, la carretera -esa N 631- va acercándonos al escenario dela desolación. Es increíble. No hay indicios que sugieran lo que ha sucedido pocos kilómetros más allá. Como en las grandes desgracias imprevistas, por momentos queremos suponer que todo ha sido un sueño. O que no es para tanto. Exigimos siempre a la realidad que dé la cara cuanto antes. Así ahora. Pero de momento el viaje no acusa más sobresaltos que los baches entoñados con arena. Uno de esos carteles paradójicos (“Firme irregular”) lo avisa tarde, como quien explica a destiempo una evidencia. Hasta que llegamos al cruce de Litos y todo empieza a ensombrecerse.

La margen izquierda ya va apareciendo ennegrecida. Son los primeros árboles que vemos como escobajos mondados por el mismo diablo, con las ramas carbonizadas, rendidas bajo el paso reciente del fuego. Aunque la primera imagen que nos estremece es la del cementerio de Otero de Bodas. El encalado de sus tapias y la fúnebre pulcritud de las tumbas surgen cercados sierra abajo por una aureola negra que parece atreverse a sostener un combate directo con la misma muerte. Como si los vivos no le bastasen para devorarlos. Apenas nadie en el pueblo a estas horas así que continuamos hasta Villanueva de Valrojo. En el bar, llegamos a tiempo de escuchar la recreación de lo que había sucedido días antes, cuando increparon duramente a los dirigentes de la Junta que habían acudido por fin a la zona y pasaron por el pueblo. Es una mujer vivaracha y llena de agilidad montaraz la que lo relata todo muy bien, con gesticulación y ademanes que quieren devolver verosimilitud a lo que sin duda quedará como un hito en el pueblo. Cuando se va, es la mujer que atiende la barra la que toma la palabra. “Yo me alegré mucho de que se atrevieran a decirles todo eso, que hasta en la radio lo sacaron. Si yo hubiera podido, les habría dicho mucho más. Es que aquí siempre hemos estado con el miedo a cuestas y creyéndonos todo lo que nos dicen. Cuando iba ese día con mi marido a echar a las ovejas vimos cuadrillas de forestales que no actuaban todavía porque estaban esperando órdenes. ¿Órdenes de quién? Nadie lo sabía. Ni siquiera ellos. Y mientras tanto, la sierra ya ardía según soplaba el viento”.

Ensimismada, la comarca de Aliste va quedando detrás, mecida injustamente en el olvido. El cielo se ha ido abriendo y el aire es contenido y dulce a medida que nos vamos distanciando de ella

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Indignada, la mujer sigue atendiendo como puede a la clientela que va apareciendo. “No será el primer desastre del fuego que ustedes sufren”, le decimos. Y entonces se despacha con la entereza cruda de quienes podrían contar su propia vida por acciones de desatención. “Aquí nunca se nos ha tenido en cuenta. Apenas funciona Internet, el teléfono se para cuando menos te lo esperas, el médico no es ni para un avío ya… Muchos de aquí emigraron para escapar en aquellos años de tanta vida en pena y cuando han vuelto se han encontrado con esto: un abandono total. Aquí no es que no haya llegado el progreso, es que ni siquiera ha llegado la atención, la atención que nos merecemos nosotros y la sierra, que es de lo que hemos acabado por vivir. Y mire usted lo que ha pasado. Nosotros ya sabíamos que eso tenía que llegar aquí como el año pasado llegó a Ávila”. Todo lo que dice resume con urgencia desesperada -la que ella pone en la voz, como si quisiera meter toda su vida en un puñado de palabras- el estado de ánimo general de los habitantes de esta comarca. Poco después, en Boya otra mujer se refería a lo mismo cuando contemplábamos con ella los límites de las llamas en un rebollar al lado del pueblo. “Nunca quisimos pinos por aquí; les dijimos que se replantaran castaños y nogales pero no nos hicieron caso. Y ahora no ha quedado ni uno; todos los pinos ardieron”.

Nos vamos alejando de la sombra de la sierra. Ensimismada, la comarca de Aliste va quedando detrás, mecida injustamente en el olvido. El cielo se ha ido abriendo y el aire es contenido y dulce a medida que nos vamos distanciando de ella. “Seguramente habrá una buena noche de san Juan”, eso nos decimos. Ninguno nos atrevimos a mencionar nada a propósito del fuego. Ni siquiera hoy.

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