Kiosko

La Opinión de Zamora

Editorial azul

Sierra de la Culebra: una tragedia para la reflexión

INCENDIO SIERRA DE LA CULEBRA NOCHE EMILIO FRAILE

El calentamiento global representa ya una clara amenaza para la provincia y pone en jaque a un diezmado sector primario. No es una especulación. Es el cálculo que hacen los propios agricultores apoyados en los informes científicos, los mismos que avalan el progresivo aumento de temperaturas en el planeta debido a los gases de efecto invernadero.

Solo los más ingenuos pueden dar de lado a las conclusiones de todos los expertos mundiales. Pero padecerán el mismo resultado. Igual que los negacionistas, primero del COVID, luego de las vacunas que han supuesto un cambio radical en la pandemia, renegaban de su ideario cuando la enfermedad les conducía a las UVIs. A estas alturas, con estudios contrastados, no hay otra dirección que la de poner a salvo los ecosistemas y tratar de reducir el coste medioambiental con nuevas políticas de sostenibilidad. Esa es la única opción posible. Los cambios en consumo, conductas, cultivos y cría de ganado son inevitables, aunque existan todavía, incluso, responsables políticos que niegan la evidencia y hablan de alarmismo, Su obcecación es comparable a la de los teóricos del terraplanismo.

La organización agraria COAG ponía esta semana el dedo en la llaga: la subida de la media de la temperatura en dos grados reducirá el rendimiento de los cultivos de cereales como el trigo un 10%, un 23% en las oleaginosas como el girasol y en la vid las pérdidas pueden sumar la quinta parte de la actual producción en el conjunto de Castilla y León. Cereales y oleaginosas actualmente sin cotización en la lonja de Zamora debido a cómo afecta a su precio la guerra en Ucrania, el granero mundial ahora sin posibilidad de comercialización. En este mundo global no quedan islas, ni siquiera Zamora.

Los agricultores insisten en la importancia de preservar los cultivos no solo ya para abastecer la despensa mundial, sino como factor de lucha contra el cambio climático. Pero la triste realidad que refleja el censo agrario de Zamora indica la tendencia contraria: en los últimos 20 años se han perdido 200.000 hectáreas de suelo cultivable y se han cerrado 10.000 explotaciones. La factura de la España despoblada la pagaremos todos, en el mundo rural que sigue desangrándose y en las grandes ciudades, ahogadas en su propia polución.

Debe pensarse en la idoneidad de las fechas de acción de los dispositivos, intensificar la prevención. Gestionar los bosques como lo que son: una riqueza incalculable a preservar a toda costa

decoration

Cuando se habla de calentamiento global se alude a efectos como los que hemos venido padeciendo estos últimos días. Olas de calor infernal que cada año se adelantan sobre el calendario que marca el inicio oficial del estío. La Agencia Estatal de Meteorología advierte de que el verano ha avanzado 40 días con respecto a 1987. Esta semana se han batido temperaturas de récord, a las que han seguido tormentas eléctricas que han provocado el mayor incendio de la historia en la provincia de Zamora. Gran parte de la Sierra de la Culebra, Reserva de la Biosfera, de incalculable valor ambiental, que alojaba a la mayor concentración de lobo ibérico y otras especies animales, ha desaparecido del mapa.

Los atribulados vecinos, desalojados de sus casas de madrugada, no se atreven a levantar la vista. Un paisaje lunar ha sustituido al verde que conocieron en su niñez, arrasando los montes por los que paseaban y de los que vivían, donde pastaba ganado muerto, también, a causa del siniestro.

La tragedia de la Sierra de la Culebra será difícil de olvidar. Pero también debe servir para reflexionar sobre cómo adaptar las políticas medioambientales al cambio climático y a las acciones negligentes, cuando no criminales, de la mano del hombre. Debe pensarse en la idoneidad de las fechas de acción de los dispositivos, intensificar la prevención. Gestionar los bosques como lo que son: una riqueza incalculable a preservar a toda costa.

Eso implica también replantear, cuando llegue el momento, las reforestaciones. Los dameros de pinos en perfecta combinación funcionan como bombas de relojería en caso de fuego y cada vez son más las voces q defienden intercalar especies autóctonas. Lo evidente es que supeditar el valor medioambiental al puramente económico puede tener un efecto boomerang de dimensiones catastróficas como es este desgraciado caso.

La naturaleza esta vez, en lugar de la mano del hombre, es la responsable de que hayan ardido hasta ahora ya más 20.000 hectáreas en la Sierra de la Culebra. No solamente se han perdido los pinos preparados para su tala, muchos de ellos microrrizados para la producción de setas. También han sucumbido los castaños centenarios y con ellos la cosecha anual. Los pueblos afectados han perdido gran parte de su modo de vida condenando, una vez más, a sus sufridos e impotentes habitantes. Cuánta desolación en los testimonios recogidos por este periódico, cuanta impotencia y qué impagable labor la de las cuadrillas que han estado, sin dormir, a pie de fuego, intentando controlar el infierno desatado.

Puede pensarse en que el origen ha sido mala suerte, un fenómeno atmosférico, los rayos de una tormenta más de verano, si no fuera porque todos los datos científicos apuntan a que se trata de algo más que un hecho puntual. Los episodios extremos, de sequías extraordinarias a lluvias torrenciales, son cada vez más frecuentes. Y las consecuencias son devastadoras para los terrenos, de los que acaban arrastrándose lodos y cenizas que contaminan los acuíferos, cada vez más diezmados.

El agua, otra de las grandes damnificadas, un bien escaso y nada apreciado, sin la cual da lo mismo que haya o no servicios básicos de educación a sanidad o cajeros automáticos. Sin agua no hay vida, de ningún tipo.

Estamos obligados a buscar soluciones, no ya para dejar en herencia a las próximas generaciones, sino para aclarar el sombrío panorama del presente. No se trata de ser agoreros, sino de atender a la realidad, aunque no guste cómo pinta.

Tampoco habrá soluciones fáciles. Se requerirán cuantiosas inversiones, mucha investigación y, conviene tenerlo presente, sacrificios sobre nuestro actual modo de vida que se ha vuelto una carga inasumible por el despilfarro continuo de recursos. Las grandes firmas lo han comprendido y dicen haberse puesto a ello. Más difícil lo tienen las empresas de menor tamaño y hasta los propios consumidores. Porque el cambio es algo más que echar al contenedor indicado las ingentes cantidades de residuos que generamos en cada hogar.

Una reciente encuesta revelaba la preocupación entre la ciudadanía por las consecuencias del cambio climático. Aunque la mayoría se mostraba reticente sobre cargar al bolsillo del contribuyente ese alto coste que supondrá cambiar todo un modelo de desarrollo. Pero no hay otro remedio que encontrar el equilibrio. O la factura a pagar será tan elevada que nos hipoteque sin remedio.

Compartir el artículo

stats