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Luis M. Esteban

Un ejército para la democracia

La dicotomía entre paz y ejército es una entelequia sin más recorrido que una retórica estética y falaz

Ejercicios militares en Adazi VALDA KALNINA

A José María Sempere, José Mª Martín Corrochano y Manuel Fernández del Hoyo, militares y amigos

Entre las pocas cosas positivas que traen los tiempos convulsos y de crisis que vivimos está el poder ver la disonancia entre la realidad y la visión de la misma que algunos tienen y muy en especial cuando del ejército se trata, esos mismos militares a los que se aplaude en las catástrofes, pero a quienes financiar adecuadamente parece un sacrilegio. Y es que aún está instalada en la mente de parte de la ciudadanía y de los partidos de izquierda que democracia y ejército son un oxímoron imposible, mientras que para otra parte de los ciudadanos y los partidos de derecha parece que defender al ejército y su desempeño es políticamente incorrecto. Y con esta dicotomía, que se acaba traduciendo en la similitud que acarrea la ignorancia, se nos escapa la importancia del papel del ejército en un Estado democrático y, por lo tanto, la necesidad de que sea un ejército moderno, formado y bien equipado.

Pensar en el ejército como una banda uniformada de aguerridos combatientes sedientos de sangre enemiga, de camisa arremangada y pecho tatuado que, entonando Soy el novio de la muerte, de Fidel Prado Duque, popularizado por Lola Montes, o Soldadito español, pasodoble de Jacinto Guerrero, están dispuestos a defender hasta la extenuación un blocado en el Rif o asaltar cualquier trinchera con un machete entre los dientes bajo las órdenes de unos mandos de pecho plagado de insignias y un por cojones en la boca es no tener la mínima idea del ejército actual, ni de su formación, ni de su desempeño.

La formación de los militares españoles es equiparable, y en muchos casos superior, a la media de universitarios y profesionales, porque estamos ante personas que manejan equipos de alta tecnología

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La formación de los militares españoles es equiparable, y en muchos casos superior, a la media de universitarios y profesionales, porque estamos ante personas que manejan equipos de alta tecnología, no picos y palas a destajo para excavar en el frente. Como muestra ahí está el INTA (lnstituto Nacional de Técnica Aeroespacial), dependiente del Ministerio de Defensa, que, más allá de cuestiones militares, colabora en el desarrollo de I+D+i para empresas, universidades e instituciones civiles.

En cuanto a su desempeño, este está definido en el artículo 8 de la Constitución al hablar de que su misión es “garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional”. Conviene que leamos con atención el texto constitucional, porque, por una parte, estamos ante un ejército concebido como defensivo del Estado respecto al exterior, no como un ejército de conquistadores despiadados. Por otra parte, en la defensa del ordenamiento constitucional, ese que se define en el artículo 1 de la Constitución como “un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político”, se encuentran precisamente las actuaciones más destacadas del ejército desde la instauración de la democracia.

La narrativa de las intervenciones militares españolas dentro y fuera de nuestro territorio sería extensa, pero sirvan de muestra las actividades humanitarias en Afganistán, o los despliegues de la UME dentro y fuera de España en catástrofes de toda índole, las más recientes a raíz de Filomena, o el volcán de La Laguna, y envolviendo todas ellas la Operación Balmis cuando el virus de la Covid-19 nos asoló y donde la participación del ejército fue esencial, con imágenes impactantes como la del comandante Corrochano, con sus responsos individualizados a los cadáveres apilados en la morgue improvisada del Palacio de hielo, o la del capitán Fernández del Hoyo, en portada de la prensa, desolado por lo visto en las residencias de ancianos, y eso pese a haber estado varias veces en Afganistán.

Este es el ejército que tenemos, queremos y necesitamos. Pero la invasión de Ucrania nos ha puesto en una situación impensable hace tres meses: que en suelo europeo un país invadiese a otro. Este hecho vuelve a poner sobre la mesa el papel defensivo del ejército, ahora desde la concepción de defensa frente a un ataque real y cruento, y la discusión entre quienes proclaman, desde un pacifismo a veces de acampada veraniega, que a la guerra hay que oponerle parques infantiles y quienes consideran que hay que reforzar los pertrechos para el ejército, algunos quizás pensando en reconquistar Gibraltar. Y ni lo uno, ni lo otro.

Identificar ser pacifista con el rechazo a la guerra e identificar la defensa del ejército con un gusto por la guerra, o considerar que la financiación del ejército es quitárselo a la educación o a los servicios sociales

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La dicotomía entre paz y ejército es una entelequia sin más recorrido que una retórica estética y falaz que es imprescindible superar puesto que no es sostenible contraponer gentes pacíficas frente a las que ansían la guerra. Por ello, me parece evidente que para que haya educación, sanidad, bienestar social, pluralismo democrático, salvaguarda del medio ambiente y todo aquello que lleva aparejado vivir en un Estado desarrollado social y políticamente es imprescindible seguridad, tanto ante agentes externos como frente a catástrofes naturales, y en el mantenimiento de esa seguridad el ejército ha demostrado con creces que es necesario y efectivo. Y no estoy diciendo que el ejército sea una especie de padre protector de la democracia, pero sí que, junto con el resto de las instituciones, es una pieza igual de esencial en el aseguramiento de la democracia.

Identificar ser pacifista con el rechazo a la guerra e identificar la defensa del ejército con un gusto por la guerra, o considerar que la financiación del ejército es quitárselo a la educación o a los servicios sociales es, amén de una prueba de ignorancia y demagogia barata de unos y otros, tan absurdo como decir que lo que se destina a sanidad mengua a la justicia. Y, por supuesto, es desconocer la realidad de hoy mismo. Y si no, que se lo pregunten a los ucranianos, los finlandeses, o a los suecos.

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