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Jonathan Pérez

Librillo de memoria

Jonathan Pérez

Al amor de la lumbre

Las palabras del ventero me calientan igual que las de abuela

Al amor de la lumbre Jonathan Pérez

Aunque ya se lo he preguntado muchas veces, vuelvo a preguntarle: abuela, ¿y qué hacíais antes en las noches de invierno, cuando no había tele? Me cuenta que iban a casa del abuelo, un señor cantarín de ojos húmedos, que arrimaban las sillas al fuego y escuchaban historias, Nico, me acuerdo yo, y a veces Tío Eusebio se arrancaba por Marifé y ya estaba el jolgorio armado. Tío Eusebio, que iba con Mauro a las ferias de ganado, decía siempre: “yo soy el del dinero y él, el de la inteligencia”. Le sigo preguntando para que la evocación del pasado me llegue y pueda imaginar con claridad el fuelle en la repisa de la chimenea, las arrugas marcadas en Tío Eusebio como surcos de un vinilo, la cara mocosa de mi abuela con diez años. Sé que romantizo, multiplico por dos la alegría de las historias contadas al amor de la lumbre, no le pregunto por la mandarina que compartían entre cinco hermanas, ni por el trabajo infantil, ni tampoco por el ojo morado de Conce.

Ya en Madrid, recreo la estampa en una noche insomne, la echo de menos, como si yo hubiera sido uno de los niños de las fotos en blanco y negro, un pajarillo preguntón de pelusa roja que hubiera escuchado los relatos familiares en la década de los cincuenta. Es raro. Cuando abuela me habla de primos en matanzas multitudinarias, de comuniones cada dos por tres, de sobremesas que se extendían hasta la hora de cenar, veo a mi familia como una fiesta a la que llegué tarde.

Lo que más envidio de la niña que fue abuela son las historias, los relatos sin moraleja, las anécdotas salpimentadas. Asocio la instantánea de la lumbre a otra del Quijote. En el Capítulo XXXII, el ventero dice: “cuando es tiempo de la siega, se recogen aquí, en las fiestas, muchos segadores, y siempre hay algunos que saben leer, el cual coge uno destos libros en las manos, y rodeámonos dél más de treinta, y estámosle escuchando con tanto gusto que nos quita mil canas; a lo menos, de mí sé decir que cuando oyo decir aquellos furibundos y terribles golpes que los caballeros pegan, que me toma gana de hacer otro tanto, y que querría estar oyéndolos noches y días”.

Las palabras del ventero me calientan igual que las de abuela. Transmiten una sensación de recogimiento, de pies fríos en el brasero, de cueva de sábanas y cojines donde uno puede entregarse a la ficción como cuando niño.

La realidad es muy insípida a veces, hay que inventar, debemos seguir narrando, ver estrellas fugaces en una noche de tormenta

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Hace años, bajamos al río a celebrar la noche de San Juan. Una hoguera, el cielo acribillado de estrellas, queimada, mantas zamoranas alrededor del fuego. La gente hablaba de dos en dos y yo, influido por las películas y algún capítulo de los Simpson, creí que alguien carraspearía, se haría el silencio, escucharíamos un relato de humor negro, con aguijonazos y alguna carcajada. Venga, que alguien cuente algo, decía yo. Ahora, ahora, contestaban los adultos. Fue una noche aburridísima. No vi estrellas fugaces, la queimada abrasó la pantalla del móvil de una amiga, y cuando la madera se apagó, nadie había invocado a las musas de lo ficticio.

Al día siguiente, le conté a abuela las historias que no había escuchado: un remix de Las Crónicas de Narnia con algún chascarrillo que bien podría haber dicho Tío Eusebio. Ella escuchaba atenta y hacía preguntas. La ficción nació el día que un niño bajó una ladera hacia un valle neandertal gritando: el lobo, que viene el lobo...sin que ningún lobo viniera, decía Nabokov. La realidad es muy insípida a veces, hay que inventar, debemos seguir narrando, ver estrellas fugaces en una noche de tormenta y hacer que “molino de viento” no sea únicamente “estructura que usa la energía eólica para moler el cereal”.

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