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Luis M. Esteban

Vivir 130 años

La capacidad de emocionarse es el sustento para que la vida tenga sentido

Localizada una arboleda de tejos centenarios en el macizo de Can GOBIERNO DE ARAGÓN

Hace unos días publicaba el diario “El País” una entrevista con mi antigua alumna en su adolescencia y hoy prestigiosa inmunóloga la doctora Corina Amor, quien, aún no alcanzada la treintena, dirige su propio grupo de investigación en el Laboratorio Cold Spring Harbor de Nueva York.

En síntesis, su actividad investigadora se centra en, mediante la eliminación de las células que originan el cáncer y el envejecimiento, prolongar nuestras vidas, en buen estado de salud, en torno a los 100 años, si bien la doctora Amor dice, y cito textualmente de la entrevista, “Estirando mucho. Yo creo que 120 o 130 es algo razonable”. Y no parece descabellada la cifra si observamos que la media nacional de esperanza de vida se sitúa actualmente en los 82,33 años, cuando en 1960 era de 61,11 y en 1920 era de 41,15. Así que con unas y otras cosas, catástrofes aparte, nos encaminamos de manera inexorable hacia una mayor longevidad.

Sin embargo, he de reconocer que esta expectativa me seduce poco, porque mi preocupación en este asunto no es ni el cuánto, que en cualquier orden vital me parece insustancial, ni el cómo, que sí que es relevante en todos los órdenes y en especial si se trata de estar en este mundo, sino el para qué. Extendamos la vida y aceptemos que esta prolongación será en buenas condiciones de salud, movilidad, autonomía y un largo etcétera de condicionantes que hacen que la vida tenga un sentido más allá del no estar muerto. Ahora bien, ¿para qué tamaña cifra de años vividos?

Larga vida haya mientras que todo no parezca ya vivido y lo no vivido no tenga el menor interés, porque de ser así, ¿para qué más vida si ha de resolverse en estar harto de estar harto hasta de uno mismo?

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Es evidente que la prolongación de la vida lleva aparejada la prolongación también de la vida laboral, de las relaciones interpersonales, de los avatares e incertidumbres, de los miedos y de la creatividad y hasta de los momentos felices. En definitiva, prolongar la vida es hacerlo en todos los ámbitos que están implícitos en el hecho de vivir, pero estos conllevan, incluso la felicidad, un consumo de energía, de entrega, de esperanza y resiliencia, de renuncias y de aceptación de que muchas cosas son como son sin más, de lucha y de atención a otros. Y en este cúmulo de cosas es en donde no tengo yo tan claro que vivir más suponga vivir mejor, y más visto lo visto.

Porque el incremento de la esperanza de vida a día de hoy no se presenta especialmente halagüeño cuando resulta que más de dos millones de personas mayores de 65 años viven solas y en muchos casos en zonas del mundo rural, con una atención en todos los aspectos, desde los sanitarios a los tecnológicos, más que mejorables y, en muchos casos, con una sensación de, si no de abandono por parte de sus seres queridos, desatención en lo afectivo. Y, por encima de todo, de cansancio de uno mismo. Y aquí vuelvo a mi pregunta de para qué vivir más si en realidad no se siente la necesidad de estar en este mundo para algo más que no sea seguir estando.

El sentido de la vida está, en mi opinión, en sentirse con la fuerza interior y exterior como para ir construyendo nuestra propia vida y nuestro destino tanto en lo laboral, cuando toca, como en lo personal, siempre, pero esa construcción, que requiere tiempo y esfuerzo, también necesita de tiempo, ganas e ilusión para saborear lo logrado, o para reposar el fracaso y ser capaces de volver a empezar de nuevo. Y tengo para mí que todo ello acaba produciendo cansancio vital llegados a un punto de nuestra edad, porque es inevitable el pensar que ya se ha hecho lo que se podía y, sobre todo, que pocas ganas hay para cambiar nada, que ya escribía Mariano José de Larra aquello de que llegados a una edad no es que uno no pueda cambiar, es que no quiere. Pero es que justo ese estar dispuesto al cambio, a dar cabida a lo nuevo y a la ilusión es la clave de vivir. Por eso, extender la vida hasta cifras tan impresionantes podría conducir simplemente a aumentar el tiempo donde incluso el disfrute de lo logrado se convierta en algo pesado, rutinario y sin ningún tipo de emoción.

Tengo para mí que la capacidad de emocionarse es el sustento para que la vida tenga sentido, de modo que vivir me merece la pena en la medida en que sea capaz de seguir sintiendo emoción por mi trabajo, mi vida familiar, mis amigos y, por supuesto, emoción por mí mismo. Porque si no existe esa emoción, si no existe la expectación de que algo nuevo puede crearse, si se ha perdido la sensibilidad para gozar de un momento vivido, solo o en compañía, en el que notas que se te eriza la piel; si no existe eso, entonces no me merece la pena estar ni un minuto más en lo que no dejará de ser un valle de lágrimas resuelto en los versos machadianos de “un día es como otro día;/hoy es lo mismo que ayer”. O, como decía mi padre, con menos poesía, pero el mismo tono lapidario al que era tan dado, lo que no he visto me lo imagino.

Larga vida haya mientras que todo no parezca ya vivido y lo no vivido no tenga el menor interés, porque de ser así, ¿para qué más vida si ha de resolverse en estar harto de estar harto hasta de uno mismo?

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