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Jonathan Pérez

Librillo de memoria

Jonathan Pérez

Sábado en la pradera

El viento olía a jara y las familias amigas colocaban mesas y toldos en mitad del campo

Pradera con flores.

Un redondel rojo en el tercer sábado de mayo. El tercer sábado era el día de la pradera, cuando la colza ya había echado la flor amarilla, el viento olía a jara y las familias amigas colocaban mesas y toldos en mitad del campo. Costillas, empanada casera, tortilla de patata y otras ofrendas laicas para celebrar al santo patrón de los agricultores.

Después de la comida, las madres descansaban en las sillas plásticas, qué llena estoy, decía una, qué siesta me echaba yo ahora, contestaba otra, y daba gusto verlas a la sombra del toldo azul. Los niños íbamos al campo de fútbol a entrenar para el partido de solteros contra casados, nos metíamos por unos tubos de PVC en cuyo final oscuro tenía que haber una bruja o un cadáver, escalábamos una colina, que vista ahora no es más que un rebanzón, pero entonces era poco menos que el Everest.

Si veía que me ahogaba, me tocaba ir al toldo y pedirle a mi madre el flusflus del asma. Un chute de ventolín y a seguir corriendo. Recuerdo que un año quise impresionar a los que me sacaban dos o tres años y estuve toda la tarde con el aparato, mira, mira, les decía, y venga a inspirar hasta que acabé mareado.

A media tarde, volvíamos al toldo azul con la lengua fuera, a ver si os va a dar una insolación, decía un padre, déjalos que son más duros que las piedras, contestaba otro. Mi padre me refregaba la crema solar

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Junto a los tubos de PVC, había un pozo con la tapa oxidada, de un rojo desvaído. Lidia se subía a taconear. Yaiza imitaba a un padre gruñón. Héctor coreografiaba la que sería la canción del verano: si eres fotogénica / ven y te invito a mi pasarela. Yo era el pequeño y no sabía qué hacer, no se me daba tan bien hacer el ganso como a ellos, así que me subí y actué como en la obra de navidad del cole. Interpreté a Panarizo, el de La tierra de jauja, allí encima el pozo: en la tierra de Jauja hay un río de miel y otro de leche, pero no os vayáis, oye, les gritaba, y entre río y río hay una fuente de mantequilla y requesones, y las hojas son de pan fino, y los frutos de los árboles son de buñuelos. Necesitaba al menos una persona para seguir con la función. Lidia y Héctor se habían ido a jugar detrás de los árboles y a mí los aplausos de Yaiza me supieron a gloria.

A media tarde, volvíamos al toldo azul con la lengua fuera, a ver si os va a dar una insolación, decía un padre, déjalos que son más duros que las piedras, contestaba otro. Mi padre me refregaba la crema solar por las piernas, la nariz, las orejas y hasta el pelo. María encetaba la sandía, a ver, ¿quién quiere? preguntaba, y los críos revoloteábamos en torno a ella como abejas a punto de libar. Ya de mayor, no sé si por costumbre o por un acuerdo tácito al que llegamos María y yo, he seguido esperando al tercer sábado de mayo para comer el primer tozo. El día de la pradera era una camiseta de propaganda manchada de sandía, unos berretes en que se mezclaban la crema solar y el líquido dulce.

Dejábamos a los adultos con sus cigarros y sus chistes verdes, y volvíamos a escalar el Everest o a retozar en el campo de margaritas, más allá del pozo. En el campo también había unas flores moradas, diminutas, con un tallo blanco. Chupábamos el azúcar del tallo, esta no está muy rica, mira, prueba esta, uy, deliciosa.

Hoy volveré a la pradera, comeré el primer trozo de sandía, envidiaré a los niños que suban al pozo, beberé para que la imaginación vuele, para consolarme por haber perdido los ojos alucinados de la infancia

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Si nuestras familias se olvidan de nosotros, estoy segura, podríamos sobrevivir a base de raíces y pájaros asados, decía Yaiza con el tirachinas en la mano. Ese era el punto de partida del relato. Nadie iba a negarlo, ¿cómo lo iba a negar? Imaginábamos un mundo sin adultos, nosotras, señoras de las moscas, viviríamos asalvajadas, sin exámenes ni visitas obligadas a tíos lejanos ni la revisión de los doce años en la que tocaba desnudarse ante el pediatra. Inventábamos la vida a pie de pradera, sin filtros ni likes.

Fueron unos años de alegría, dijo mi padre hace poco, cuando le hablé de aquellos sábados. Me reconfortó que dijera eso. También me sentí un poco incómodo por haberle atrapado con mis melancolías.

Hoy volveré a la pradera, comeré el primer trozo de sandía, envidiaré a los niños que suban al pozo, beberé para que la imaginación vuele, para consolarme por haber perdido los ojos alucinados de la infancia. Y cuando abrace a Lidia, el apretón se lo darán dos críos en 2005, y cuando Yaiza, con su hija en brazos, diga ¿te acuerdas de…? sabré que ella también busca invocar el pasado, hurgar en las entretelas del tiempo, y los dos nos ilusionaremos fugazmente con los niños que fuimos.

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