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La Opinión de Zamora

Laura Rivero

Historia de una regla que consiguió llegar al Parlamento

Ya va siendo hora de que la menstruación salga del armario para ser reconocida como un derecho de carácter laboral para la mujer

Una mujer con dolor de ovarios Cedida

Supongo que nací niña porque mirarían “ahí abajo” –aunque al nacer de cabeza era “ahí arriba”- y me vieron la vulva de las niñas también llamada chichi, chirla, rajita y peseta (antes del euro) mientras seguí siendo niña; y a medida que iba creciendo, chocho, chumino, almeja, raja, coño como la palabrota cuando te enfadas, conejo, potorro y –del español de Sudamérica- concha como la virgen patrona de Zamora que es palentina como yo. (Esto lo digo porque algún orgulloso llionés me ha llamado palentina como insulto en las redes sociales. En fin).

Si hubiera nacido niño sería porque me verían el pene de los niños, también llamado pitilín, pito, colita, picha o minga mientras son pequeños; y a medida que van creciendo, nabo, polla, rabo, verga, chorra como las bobadas, tranca como las borracheras, cipote como algo importante; o falo y miembro que parecen más científicos; o paquete para resumir el conjunto con los cojones que, como se sabe, constituye junto con coño uno de los tacos más tradicionales de nuestras sorpresas o enfados: ¡coño, cojones, joder, ya!

Cuando era niña recuerdo haber visto en casi todas las casas de mis amigas alguna vez un balde medio escondido con trapos rojos de sangre puestos a remojar, con lo que al principio el agua parecía sangre de verdad:

- ¡Qué susto! ¿qué había pasado? -preguntabas.

- Nada, cosas de mujeres, ya sabrás cuando te hagas mujer.

- Qué misterio y qué terror hacerse mujer!

Luego ibas viendo que por arte de magia la sangre de los trapos desaparecía a base de lejía para convertirse en unos paños blancos inmaculados como la ropa interior de las madres, que ya eran mujeres, y que se guardaban escondidos en el mismo cajón.

Así me olvidé de los paños ensangrentados de la mujer –que llamaban regla- y seguí jugando despreocupada todo el año y bañándome todo el verano en el Duero o en la piscina. Hasta que algún día las amigas más mayores decían que no bajaban al río de una manera tan misteriosa como la sangre olvidada:

- No bajo al río porque ha venido mi prima.

- Pues que baje ella también.

- Que es porque estoy mala.

- ¿Qué te pasa, tienes fiebre?

- Es que no puedo ir porque ya me ha bajado. Me ha venido la regla, y no me puedo bañar porque se me corta.

Ya iba siendo hora. Aunque las matemáticas del IVA de las compresas queda pendiente

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Pero no bastaba con no poderse bañar, sino que las amenazas continuaban. De menos a más las que recuerdo: era mejor quedarse en casa porque no podías hacer ejercicio; no podías comer helados o tomar bebidas frías porque se te cortaba; si te lavabas la cabeza te volvías loca como alguna vecina cercana y desconocida. Además cuando te bajaba dejabas de crecer, y como ya eras mujer podías quedarte embarazada. Encima los chicos se daban cuenta de que ya eras mujer ¡Cómo no se iban a dar cuenta si no salías, y si lo hacías estabas sentada con las piernas apretadas, sin jugar, sin montar en bici, sin ir a la piscina! Y para colmo de desgracias e insensateces, también se cortaba la mayonesa.

¡Menudas las ganas que teníamos de hacernos mujeres! Antes de tenerla, ya odiábamos la regla, pese a que nos iban preparando para esa desgracia diciéndonos para nuestro consuelo que representaba la vida y nos permitía tener hijos en el futuro.

Y un día te bajaba a ti. Y al susto y disgusto de ver la sangre en tus bragas, y al tener que asumir de golpe las amenazas que te amargaban la vida, se unía la molestia de tener que llevar compresas que se movían todo el rato o se calaban si estabas sentada y al levantarte tenías que mirar si se veía alguna gota de esa sangre que te avergonzaba. Además, algunas veces dolía la muy cabrona, y te impedía poder hacer tu vida normal de ir a clase, o salir a dar una vuelta, a mayores de los mitos y tabúes que ya habías asumido.

A la liberación de los tabúes sobre la regla por parte de las mujeres pioneras que empezaron a bañarse, lavarse el pelo y hacer mayonesa en esos días prohibidos para realizar esas proezas, se unió la del uso del tampón –tras el tabú de que podías perder la virginidad que tenías entre las piernas si lo usabas- que facilitó los movimientos con la seguridad de que no se te notaba esos días de cada mes semejante condena.

Aunque ni siquiera se estudiaba la regla en el instituto –pese a ser parte de nuestro cuerpo como la digestión- íbamos conociendo lo que nos pasaba cada mes gracias a la información que algunos profesores más valientes se atrevían a darte, y a la de lecturas propias. Así nos íbamos reconciliando con nuestro cuerpo de mujer con menstruación que venía todos los meses.

Cuando empezabas a tener relaciones sexuales, el miedo cambiaba de bando, y entonces lo que realmente asustaba era que llegase el fatídico día de la regla, y no te bajase. Mientras los que nacieron niños podían disfrutar responsable y orgullosamente de sus atributos, las nacidas niñas se pasaban esos días del mes pendientes de que la sangre les avisase que no estaban embarazadas. Entonces, las mujeres buscaban la píldora que interrumpía la menstruación, primero a escondidas más tarde reivindicándola como un derecho a elegir ser o no madre. Pero aun así, un olvido o un fallo de la “pilule”, volvía a llevarte al miedo de esa sangre que no venía:

- ¡Qué tengo un retraso! ¡Que no me ha venido la regla!

- Bueno espera, que no son matemáticas. No te preocupes.

Y ahora dice la listilla de Isabel Ayuso, la de Madrid, que la única regla que le interesa es la regla de tres de las matemáticas, y no la de las mujeres ¡Como si no lo supiéramos! Además, la que le gusta es la inversa y no la directamente proporcional: la que dice que cuanto más trabajas menos ganas, o que cuanto más inútil eres más triunfas en la vida. Y viceversa. Ya sabemos que no le interesa la sangre de las personas sino las matemáticas de la cartera que tiene por corazón.

Y todo porque a mis sesenta y pocos años, la regla de las mujeres -que ya se había normalizado algo más entre las jóvenes- ha conseguido llegar al Consejo de Ministros y al Parlamento para legislar sobre las bajas por el dolor menstrual cuando es inhabilitante para el trabajo. Llega en medio de las risitas y comentarios de quienes prefieren que no se hable de la sangre menstrual que nos lleva acompañando desde que nos hicimos mujeres un fatídico día, hasta ese día en que se nos retira la regla y somos viejas y menos mujeres para la sociedad. También menos atractivas, según otro mito que rodea este tema cuando llega la menopausia y los sofocos que sustituyen a la sangre. Cuando nos seguimos avergonzando ahora por no tener menstruación, mientras a los nacidos niños les sigue funcionando lo suyo, siempre orgullosos de su eyaculación.

Pues ya va siendo hora de que la menstruación salga del armario y llegue al Parlamento para ser reconocida como un derecho de carácter laboral para la mujer. Sí, ya sabemos que existe el riesgo de que dificulte la contratación de mujeres, como pasa con las embarazadas o las que tienen hijos. Por ello los costes de las bajas los va a cubrir el Estado. Pero lo importante es que deje de ser ese tabú y esa vergüenza, que es el primer paso para reconocer nuestra naturaleza y nuestros derechos.

La derechona social “Hazte Oír” nos alertaba de que “los niños tienen pene y las niñas tienen vulva” para negar la identidad y la orientación sexual. Pero lo que está claro es que las mujeres tienen menstruación y los hombres eyaculación, y que la primera duele a menudo. Que no te engañen.

Por fin el Parlamento habla de nuestra menstruación sin vergüenza, para reconocer un derecho:

- Me ha venido la regla y me duele mucho.

- ¿La regla de tres matemática? ¿Ha bajado la bolsa? ¿Ha subido la luz?-dice Ayuso.

- ¡No! la otra: la menstruación. La sangre de todas las mujeres.

- Pues tienes derecho a una baja para no ir al trabajo esos días.

- Gracias. Ya iba siendo hora. Aunque las matemáticas del IVA de las compresas queda pendiente.

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