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La Opinión de Zamora

Cristina García Casado.

Los telares de Cris

Cristina García Casado

Viaje a las postales de mis abuelos

Dicen que los turistas esquivan Almería porque no está claro dónde hay que tomarse la foto

Invernaderos en Almería Efe

Mojácar, El Ejido, Cabo de Gata, los invernaderos. Todas las imágenes que tenía de Almería hasta hace una semana pertenecen a las postales de mis abuelos. Blanco salpicado de geranios rojos y como marco una cenefa mudéjar. Por detrás, esa caligrafía impecable y continua de los niños de antaño. Te queremos, Paca y Secundino.

Almería es la provincia con más horas de sol de la península ibérica: “Donde el sol pasa el invierno”, le pusieron de eslogan. Tiene playa y sierra y “Pueblos más bonitos de España” y la exquisita gamba roja de Garrucha, pero ha esquivado la mole de la expansión turística. El milagro se llama madre naturaleza: sus playas vírgenes de difícil acceso la han salvado de ser otro lugar indistinguible de nuestra costa.

Si exótico significa asombroso, que extraña, el Cabo de Gata, desde donde hoy escribo estas líneas, es el lugar más exótico donde he estado en España. Semidesértico, subtropical, extremo sureste de la península. Casi África. San José, este pueblo de postal antigua, mira escalonado al Mediterráneo entre palmitos, lentiscos, acebuches, esparragueras, artos, adelfas, sisales y otra flora que yo solo había visto en los libros de mi abuelo.

El señor Secundino siempre andaba, en su sillón orejero, con algún tomo de la flamante colección de parques naturales. Ahí aprendí los nombres “lince ibérico”, “Doñana”, “Cabo de Gata”, “Ordesa y Monte Perdido”. Mis primeros viajes discurrieron sobre la camilla de mis abuelos: por esos libros de lomo verde aún hoy lustrosos y el hule mapa de España en el que Madrid ardía bajo la olla y las Canarias te tapaban las rodillas.

Parece que los invernaderos quitan pedigrí de postal y las guías turísticas imploran casi no mirarlos. Como si viajar fuera contemplar escenas y no ver realidades.

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Los campos de Almería se ven blancos a lo lejos y parece hasta bonito pero es plástico. El de sus ubicuos invernaderos de “huerta de Europa”: el tomate funge de icono provincial. Por las nacionales, a toda hora, caminan y corren y van en bici y en patinete los chavales africanos que los cultivan. Aquí quería ver yo a los que los usan para sus miserias políticas.

Parece que los invernaderos quitan pedigrí de postal y las guías turísticas imploran casi no mirarlos. Como si viajar fuera contemplar escenas y no ver realidades. “Lista de los sitios más instagrameables de…”. Una mirada dirigida, tan contaminada de filtros que ya es incapaz de apreciar lo auténtico.

Almería capital, antigua Al-Mariyyat, es arabesca y portuaria y un tanto habanera. Un poco Malta, un poco Nápoles, un poco provincia española; algo de Barcelona mar y hasta un destello del Caribe. Dicen que los turistas la esquivan porque no está claro dónde hay que tomarse la foto.

Tiene el mejor clima y la mejor temperatura de agua de la península ibérica; y su paseo marítimo y su ruta de tapas y su mestizaje y su luz casi africana, pero no se libra del desdén con el que este país castiga a las capitales de provincia. Locales vacíos, fachadas dejadas de la mano de cualquier dios, tanto que podría estar pasando aquí pero parece que no pasa. Otro mejor lugar, de los de vida plácida y deambular tranquilo, a la espera de alguien que se percate del despropósito.

El ladrido de los perros que llega, potente y disperso, desde callejuelas estrechas y empinadas pobladas de gatos y macetas. Blanco salpicado de geranios rojos y como marco una cenefa mudéjar

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La gente de estos rumbos es, por supuesto, majísima. Salados, como diría mi abuelo, que era andaluz de gracia y espíritu. Un vecino de Níjar, pueblo encantador, nos indicó cómo ir a la Atalaya con la referencia de su casa, que tiene un portón azul “recién pintao” y una chumbera. Y dijo que quizás subir, subir, era mucho con el bebé. Pero lo hicimos porque contemplar desde una fortaleza árabe el Cabo de Gata, punto más suroriental de la península ibérica, bien vale una misa.

Y estos pueblos blancos donde las casas no tienen tejados sino terrazas. Y el ladrido de los perros que llega, potente y disperso, desde callejuelas estrechas y empinadas pobladas de gatos y macetas. Blanco salpicado de geranios rojos y como marco una cenefa mudéjar. Mi caligrafía es un disparate y esto está escrito en un teclado, pero os quiero, Paca y Secundino.

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