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La Opinión de Zamora

Antonio Gallego

Posverdad

Esta mediocridad que nos envuelve está para quedarse mucho tiempo

IA para detectar noticias falsas y mensajes de odio en redes sociales Kai Försterling

Posiblemente les suene esta palabra. El concepto de posverdad, también conocido como mentira emotiva, supone que los hechos objetivos (acompañados de evidencias y datos reales) tienen menos impacto que los argumentos emocionales y las creencias personales, que construye un discurso con la finalidad de crear y modelar la opinión de las personas que le escuchan e influir en su conducta. El primero que definió este discurso emotivo fue el filósofo Rudolf Steiner a principios del siglo pasado.

Dicho de forma más sencilla, que la verdad real queda disfrazada y oculta por la emotividad personal, ideologías de todo pelaje que acompañan al individuo, opiniones de politólogos y comunicadores con intereses concretos y al ruido de redes sociales, “influencers” sin nada detrás más que su teatralidad personal, su caradura y falta de vergüenza. Vamos, como para alejarse en lo posible de los medios de comunicación que, no siendo los culpables directos, trasmiten, imitan o no se pueden contener de comentar tanto ruido contribuyendo al ruido. Ejemplos clásicos de esta técnica comunicativa han sido las campañas del Brexit y las de Mr. Trump. Ya se sabe que se mintió en todo el proceso, pero ahí están los resultados: la separación de Inglaterra de la Unión Europea y el asalto al Congreso de los Estados Unidos.

El ritmo y el volumen de información diaria al que está expuesto cada ciudadano hace que con frecuencia estas afirmaciones no se verifiquen y, cuando se hace y se muestra su falsedad, no tiene una consecuencias para los responsables

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Además de todo esto, también hay que decir que algunos medios importantes contratan rápidamente como comentaristas “de prestigio” a políticos que han abandonado puestos significativos en gobiernos ya sean nacionales o regionales y que de nuevo recuperan protagonismo y descaro. Parecen que lo saben todos a pesar de los errores que cometieron cuando gobernaban. No quiero dar nombres ya que son de todos conocidos. Así mismo, muchos presentadores o conductores de programas de noticias, contagiados por tanta agitación, tienen una forma muy agresiva de presentar y valorar las cosas que lleva a desvirtuar o sacar de contexto lo que exponen. Por no hablar del uso inapropiado de los adjetivos, siempre tendentes a la exageración o al catastrofismo. Las buenas noticias no venden.

La llamada posverdad ha inundado la política especialmente con la aparición de la ultraderecha. La popularización del término ha ido ligada al discurso político de determinados líderes en los últimos años, llevando a definir lo que medios y expertos consideran “política de la posverdad”. Esta manera de construir el discurso político y relacionarse con los ciudadanos se basa en la capacidad de generar confianza con unas afirmaciones y argumentos que parecen verdaderos, pero que en realidad ni lo son ni tienen base para serlo.

El ritmo y el volumen de información diaria al que está expuesto cada ciudadano hace que con frecuencia estas afirmaciones no se verifiquen y, cuando se hace y se muestra su falsedad, en realidad no tiene una consecuencia o repercusión para los responsables, manteniendo su estatus y legitimidad de cara a la mayoría de los ciudadanos.

En política se utilizan estos discursos paralelos para construir una realidad afín a una ideología política determinada. Y va dirigido, sobre todo, a los ciudadanos indecisos para hacer que se decanten por una ideología concreta.

Como digo, con este panorama, si uno siente asco de todo este espectáculo de lo “fake”, lo mejor es alejarse de todo ello lo cual no quiere decir que se vuelva uno un anacoreta, sino que relativice todo lo que lee y oye y espere a que el tiempo ponga las cosas en su sitio. Como se verá, la mayoría de estas posverdades se las lleva el viento, pero siempre queda algo en ciertos individuos.

La posverdad se ha convertido en una amenaza para la democracia y sus instituciones, como defienden los expertos, al exponer las flaquezas del sistema político y su capacidad para alimentar discursos populistas —movidos por la emoción y menos interesados en conocer los datos o hechos que contrarrestarían esos argumentos políticos falaces que en confirmar sus propios sesgos—, al tiempo que otra parte de la sociedad se siente totalmente desafectada de la política al considerar que no hay honestidad ni interés en la protección del interés colectivo.

Todo muy triste, pero parece que esta mediocridad que nos envuelve está para quedarse mucho tiempo y yo, al menos, cada vez veo más mediocridad en los ciudadanos; lo veo a nivel nacional, regional y local

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