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La Opinión de Zamora

Luis M. Esteban

Pasión por la rutina

La rutina sea una de las palabras más solidarias que tenemos

Un excursionista en Sanabria. ARACELI SAAVEDRA

Es más que probable que la rutina sea una de las palabras más solidarias que tenemos, porque pocos, sea cual sea el estatus social, económico o cultural, pueden decir que no han despotricado contra su rutina, esa que de una u otra forma vivimos cada día y que no es tanto por lo que se hace como por el automatismo que lleva implícito.

La hora de levantarnos, los quehaceres antes de salir de casa o de la misma casa, las tareas del trabajo, el regreso a la casa, los niños y las mascotas, que coinciden en lo cronometrado de sus exigencias, y hasta el mantener relaciones sociales se agendan en nuestra mente de manera que se repiten un día tras otro, con una precisión casi asfixiante que hace que, aun siendo a veces hasta placenteras, se conviertan en su repetición en monótonas, esperadas y, lo que es peor, hasta podríamos anticipar el resultado. Y eso acaba por convertir buena parte de nuestro vivir diario en poco atractivo y no digamos ya apasionante, porque la rutina va de la mano de la costumbre, como el olvido lo va del desamor.

Y así no es infrecuente que admiremos, término más amable que envidiar, la vida de otros a quienes suponemos una vida más atractiva, divertida y, por supuesto, alejada de la rutina, sin darnos cuenta de que, sin duda, su vida puede ser muy distinta de la nuestra, pero no por eso menos rutinarina. Cantantes, actores, deportistas, famosos en todas las subespecies que nos muestran revistas, programas televisivos y redes sociales, y hasta conocidos que publicitan su vida en esas mismas redes entran en nuestras vidas y, sin quererlo, ningunean la nuestra, que se nos hace incluso patética frente a tanto éxito, viaje, glamour y fantasía sin pararnos a pensar no ya que no todo sea tan festivo en ellos, sino que lo mismo, de ser así su vida, no deja de estar también teñida de rutina. Porque, si lo pensamos bien, un cantante, por ejemplo, viaja, llega a un hotel, hace pruebas de voz, sale al escenario, dice y canta lo que ha dicho y cantado el día antes en otra localidad, vuelve al hotel y al día siguiente vuelve a la carretera camino de otro hotel y otro teatro.

Porque la rutina no está en qué es lo que se hace, sino en la monotonía, repetición y falta de ilusión con la que se haga. Eso, la falta de ilusión con que se hace es el caldo de cultivo primordial de la rutina. Así que muerte a la rutina

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Claro, pensamos que esa rutina es más apetecible que la nuestra, pero no nos engañemos, tanto da cantar sobre un escenario que planchar en el salón de nuestra casa la tarde de los martes, porque la rutina no está en qué es lo que se hace, sino en la monotonía, repetición y falta de ilusión con la que se haga. Eso, la falta de ilusión con que se hace es el caldo de cultivo primordial de la rutina. Así que muerte a la rutina.

Sin embargo, aunque parezca paradójico, quiero en estas páginas reivindicar el placer de la rutina íntima, de esos pequeños actos que hacemos sintiéndolos como una prolongación de nuestro yo y que nos hacen sentirnos auténticamente nosotros. Esos momentos con nosotros mismos en los que estamos a gusto y que es su repetición la que nos hace olvidar la rutina de todo lo demás y hasta nos salvan de su asfixiante codicia. Cada cual sabrá si se trata de sentarse a leer, saborear una cerveza en una terraza, pasear, o estar en su rincón preferido en casa sin pensar en nada, pero todos sabemos de esos momentos que buscamos cada día como poseídos para evadirnos de la cotidianeidad y hasta vulgaridad de nuestra vida y que hacen que esta, nuestra vida, la sintamos como verdaderamente nuestra y que por mucho que los repitamos no solo no los sentimos como una monótona rutina, valga el pleonasmo, sino como una apasionante rutina, y valga aquí el cuasi oxímoron, porque nos ilusiona vivirlos.

Lo que estoy reivindicando es el placer de esos momentos dedicados a nosotros, sin más expectativa que eso, nosotros mismos

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Lo que estoy reivindicando es el placer de esos momentos dedicados a nosotros, sin más expectativa que eso, nosotros mismos, en una rutina que admite invitados si la comparten con nosotros porque coinciden en su placer y en la ilusión, pero que no acepta intrusos, porque, a fin de cuentas, como bien escribió Nietzsche, “detesto a los que roban mi soledad sin a cambio ofrecerme verdadera compañía”. Así que, invitados sí, pero no intrusos.

Y si nuestra rutina más íntima, esa que se resuelve en unos momentos al día en los que nos sentimos en paz y a gusto, que buscamos con ansia y que es su repetición y monotonía la que nos llena de placer, podemos compartirla no con un invitado, que siempre son transitorios, sino con un habitante, con quien entra en nuestra vida con vocación de quedarse y compartir y construir una rutina juntos y a la vez, entonces estaremos tocando la absoluta felicidad. Y la felicidad, por muy rutinaria y monótona que sea, jamás es asfixiante y mucho menos despreciable.

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