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La Opinión de Zamora

Cristina García Casado.

Los telares de Cris

Cristina García Casado

Siempre es verano en alguna parte

El tamaño no parece algo exacto: el sitio más pequeño es del que no sales

Cuando éramos pequeñas jugábamos a comparar si era mejor vivir en una isla que en esta estepa. Yo, entonces, pensaba lo mismo que ella pero defendía mis argumentos y la tierra que me sostenía. Por llevar la contraria y por orgullo. La tenacidad del perdedor.

Siempre es verano en alguna parte

A mí en el fondo me parecía extraterrestre que personas con derecho permanente a orilla -y a orilla de cala mallorquina- vinieran a vararse con nosotros a este interior seco bajo los rigores de agosto.

Mi prima no necesitaba muchos argumentos para ganar esa discusión, así que yo recurría a la geografía y a la catástrofe mayor. Le decía que en una isla es más fácil que te aíslen o que te asedien. Que de aquí siempre podríamos escapar: de repente ya no tenía que defender un pueblo minúsculo sino ser península.

Este miércoles ella y su novio nos contaban a un par de calles del mar que echan de menos la tierra continua. Coger el coche y aparecer, por ejemplo, en Cáceres. Yo les dije que realmente con el avión es un momento todo, pero un poco contenta sí estaba de que mis argumentos infantiles hubieran calado.

Mis tíos me preguntaron que si ya no me iba a ir de Zamora y les dije que no y también que siempre que pueda. Que una cosa es darle a un niño un domicilio permanente y otra tirar la llave. Nosotros siempre tendremos el pasaporte a mano.

Otra vez me vi teniendo que defender el pedazo de tierra en el que me parieron. Les dije que vivir ahora aquí era distinto, que me parecía más fácil, que en una hora Valladolid y en una de tren Madrid y que Galicia y que un sitio del que ya te has podido ir pierde su capacidad de asfixia.

Bajando las escaleras me dio rabia no haberlo zanjado con un argumento que mi tío entendería mejor: aquí están mis padres. Que es la misma razón por la que él vino puntualmente cada verano a asolearse en secano con nosotros hasta que se murieron los suyos.

El jueves estábamos en Cala Comtessa bañándonos en abril y yo me pregunté exactamente por qué no vivimos junto al mar. ¡Ser península! Una chica argentina, pez también de agua dulce, apuntó que eso nos lo decimos todos cuando viajamos.

Si somos capaces de amar una casa rural en otoño y un aparthotel en verano y hasta una habitación maloliente en Nueva York es que lo que nos hace felices en vacaciones es el cambio de escenario

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Yo viví cinco años en una ciudad con mar y apenas siento que fuera así. Trabajaba cerca del mar, incluso una vez residí a solo algunas calles del mar pero me mudé porque al final me parecían muchas. Saber que el mar estaba ahí pero no poder disfrutarlo todo el tiempo me disgustó más que que su ausencia.

Me convertí un poco en una de esas personas que se quejan de las playas urbanas y de que el agua está fría y de que ahí va mucha gente. Qué horror. Imagínate normalizar el mar, convertirlo en algo ordinario. Una catástrofe.

Ahora que el mar vuelve a ser acontecimiento y el día que no grabe mi primer baño del año me habré muerto, pienso en que las dos estábamos equivocadas en ese juego de la infancia. Una isla mediterránea no tiene por qué ser mejor que un pueblo mesetario. Tampoco al contrario.

Si somos capaces de amar una casa rural en otoño y un aparthotel en verano y hasta una habitación maloliente en Nueva York es que lo que nos hace felices en vacaciones es el cambio de escenario. El lugar realmente pequeño es aquel del que no sales.

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