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Igor Barrenetxea

Igor Barrenetxea

Doctor en Historia Contemporánea

Wansee y el Holocausto

La barbarie puede venir oculta bajo el aparente cálido manto de la civilización

Conmemoración del Holocausto Judío en Berlín

Hace 80 años, un 20 de enero de 1942, se reunieron en una mansión a orillas del lago Wannsee una serie de personalidades del nazismo, entre estos se encontraban Reinhard Heydrich, jefe de la Oficina de Seguridad del Reich, y el coronel de las SS Adolfo Eichmann, que hizo las veces de secretario, y otra suerte de oficiales y funcionarios de alto rango del Tercer Reich. En apenas 90 minutos, resolvieron la política a seguir, la que se iba a conocer funestamente como la Solución Final. El acta de aquella reunión, según algunos historiadores, sería algo así como el acto de defunción del pueblo judío. Pero no nos engañemos, el proceso de aniquilación había comenzado meses atrás ya, con la conquista de Polonia. En un tema tan delicado como este, en el que es difícil colocar un punto de partido, lo cierto es que, para a inicios de 1942 la alta jerarquía nazi empezaba a ser consciente de que la contienda iba a prolongarse. Ese camino de rosas que presumía tener ante sí, en donde los ejércitos alemanes podían ocupar el espacio vital que quisieran, porque no había fuerza humana sobre la tierra que los pudiera detener, se detuvo a las puertas de Moscú. La derrota, sin paliativos, en el crudo invierno ruso era un receso, nada más. Pero demostraba que el coloso soviético no era tan fácil de vencer como se pensaba.

Ahora bien, el Tercer Reich ocupaba una parte significativa de Europa. Había millones de judíos que debían ser atendidos convenientemente, los guetos y las matanzas indiscriminadas no eran suficientes. Era crucial coordinar los esfuerzos, materializar la barbarie. Si, al principio, cuando Hitler y los suyos llegaron al poder, el 30 de enero de 1933, se dedicaron a impulsar una legislación antisemita (leyes de Nuremberg), que trajo consigo el orillamiento social y estigmatización de los judíos alemanes; en 1938, en la noche de los cristales rotos, se demostró que se podía ir más lejos. Murieron decenas de judíos y la violencia desatada fue la primera advertencia seria para el futuro que les aguardaba. Y eso que los judíos alemanes fueron mejor tratados que sus homólogos polacos o soviéticos. Ese mismo año, la anexión de Austria derivó en que, una vez más, miles de hebreos, esta vez austriacos, fueron invitados a irse. Y ahí salieron las virtudes organizativas de Eichmann, que se iba a responsabilizar de los asuntos judíos. De momento, las políticas germanas eran librarse de esta comunidad, facilitando su marcha, aunque no sin antes haberles confiscado sus bienes.

El proceso de exterminio no siguió ningún patrón racional. No se gestionó de forma ordenada la mano de obra trabajadora ante las necesidades de la contienda

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Sin embargo, el 1 de septiembre de 1939, dio comienzo la Segunda Guerra Mundial. Y ya no se podía realojar a millones de judíos de la noche a la mañana. Muchos fueron internados en guetos. Se constituyeron las primeras unidades Einsatzgruppen, integrada por SS, SD y policía. Su misión era limpiar la retaguardia de enemigos…, en realidad se iban a convertir en unidades expertas en asesinar a diestro y siniestro. Cuando el 22 de junio de 1941, se dio luz verde a la invasión de la URSS, tres unidades de esta clase prosiguieron con su letal e implacable tarea. Para cuando convocó la reunión en Wannsee, más de medio millón de judíos habían corrido ya un aciago destino. Sin embargo, ese proceso era muy lento. Y se comenzaron a idear nuevas fórmulas más eficaces para proceder a la liquidación de millones de judíos y de otras razas de Europa. Para los nazis era una obsesión. Los verdaderos enemigos no eran los ejércitos aliados, a los que se les vencería más tarde o temprano, sino estos hombres y mujeres cuyo único pecado era ser judíos.

Por eso, el proceso de exterminio no siguió ningún patrón racional. No se gestionó de forma ordenada la mano de obra trabajadora ante las necesidades de la contienda, ni se seleccionaron a especialistas que hubieran contribuido de forma eficaz para Alemania a ganar la guerra. Y mejor así, en parte, porque eso hizo que los nazis desaprovecharan o, incluso, infrautilizaran los recursos de su Europa ocupada. Su violencia y su terror lejos de paralizar a la sociedad europea, las convencieron de que debían pugnar con uñas y dientes contra tal terrible política. La conferencia de Wannsee fue lo más cerca que estuvieron los nazis de organizar de forma racional el proceso de realojo y tratamiento (un eufemismo para referirse a los asesinatos en masa), pero, en general, fue muy desigual, caótico, y el proceso cobró sus propios impulsos macabros hasta 1945, cuando Polonia, donde se hallaban la mayor parte de los campos de la muerte, fue liberada por el Ejército rojo. Y aunque hay cierto debate historiográfico sobre la relevancia o no de esta conferencia en el cómputo global del Holocausto, quedaría bien claro en esta la fría burocratización que tuvo lugar de la suerte de millones de seres humanos. Se erigió una maquinaria de exterminio sin ninguna clase de consideración ética ni humana. Su único fin era engrosar una larga lista de gente que se pretendía hacer borrar de la historia.

El mismo Eichmann iba a encarnar como nadie esta desaprensiva realidad, convirtiéndose en un administrador clave para que sus engranajes funcionaran de la mejor manera posible… para este, las víctimas eran simples números que había que llevar del punto A al punto B. Sin asumir que en ese punto B se liquidaba a millones de personas a los que se les arrebataba cruel e injustamente la vida. Aunque quedan algunos puntos oscuros que aclarar -no existe una orden por escrito de Hitler a Himmler dando luz verde, y llama la atención que ninguno estuviera en la conferencia-, con todo, esta escenifica la total falta de conciencia y escrúpulos que el nazismo fue capaz de instaurar a lo largo y ancho del continente. Porque los alemanes no lo hicieron solos, contaron con muchos colaboradores (austriacos, franceses, ucranianos, lituanos, polacos, holandeses, húngaros, etc.) que participaron entusiastamente en tamaña locura. La conferencia de Wannsee pudo ser la constatación de unos hechos consumados, pero en la actualidad conduce a una lectura más impactante e incómoda: la barbarie puede venir oculta bajo el aparente cálido manto de la civilización. No debemos jamás olvidarlo.

(*) Doctor en Historia Contemporánea

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