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Luis M. Esteban

Héroes y heroínas

En busca de referentes en una sociedad atenazada por la tragedia

Todas las culturas y sociedades, especialmente en momentos de crisis, necesitan héroes, reales o imaginarios, en los que verse reflejadas y en cierta medida amparadas ante la adversidad. Estos héroes siempre vienen acompañados de un halo de grandeza no solo por las acciones que realizan, sino por la manera en la que las realizan, lo que les convierte en seres dignos de admiración, en referentes en esa sociedad atenazada por la tragedia y a quienes se hace portadores de las esencias culturales y humanas más significativas.

Héroes y heroínas

A medida que en la sociedad occidental las guerras, forjadoras históricas de héroes, fueron despareciendo de su territorio, los héroes fueron cambiando sus perfiles. El aguerrido soldado dio paso a la estrella musical, o al deportista de élite, pero, en esencia, la razón de su existencia era la misma: alentar a la sociedad ante las adversidades, que por el hecho de no ser bélicas no dejaban de ser desagradables, al tiempo que mostrar la superioridad moral de esa sociedad frente a otras, porque si hay algo que tienen en común todos los héroes es el ser considerados como tales en la medida en que se yerguen sobre otros extranjeros: Nadal frente a Djokovic cual mío Cid frente a Roldán.

Pero una pandemia que se prolonga en el tiempo, alteraciones climatológicas, una crisis económica y energética de consecuencias imprevisibles y la vuelta de la guerra al suelo europeo han puesto patas arriba la estabilidad de la población occidental y el sueño de que estábamos asentados en una forma de vida que solo cabía que fuese mejorando, con idas y venidas, incluso para los más desfavorecidos. Y de repente todo se viene abajo y con ello caen también nuestros héroes, porque, en realidad, los héroes modernos no estaban configurados como en la Antigüedad, donde, además de apostura y valentía, tenían cualidades como el esfuerzo, la abnegación, la resistencia a la adversidad y al sufrimiento (resiliencia, que se dice ahora) y hasta ningún temor a la muerte. Pero nuestros héroes modernos no tienen ni les hemos dotado de semejantes virtudes, porque no las sentíamos como necesarias. Más bien son modelos de éxito, de belleza, más corporal que interior, y, por su puesto, de tener más que de ser y con ello de una economía que justifica hasta la envidia. Y precisamente ahora que nos sentimos, como en aquellos lejanos siglos de la edad oscura, asolados y desolados por la guerra, la meteorología y las pestes nos quedamos sin referentes más allá de nosotros y así añadimos más soledad a la soledad.

Podríamos considerarnos heroínas y héroes nosotros mismos y para nosotros mismos, esforzados, abnegados y resilientes en nuestro vivir cotidiano, en el levantarnos cada mañana dispuestos a cumplir con lo que nos toca

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Sin embargo, tal vez, en este contexto de tristeza, de ausencia de expectativas y hasta de miedo, sea el momento de hacer un alto y mirar a nuestro alrededor más inmediato y, sobre todo, a nosotros mismos y las circunstancias en las que nos desenvolvemos. Y aquí es fácil que nos encontremos atendiendo a nuestros hijos, padres e incluso vecinos, resolviendo los problemas cotidianos de nuestra economía doméstica inestable, cuando no destruida, esbozando una media sonrisa a pesar del bombardeo de noticias que parecen competir en a ver cuál es más desasosegante, rescatando ilusiones en el duermevela que la vigilia desvela como irrealizables, dando paz a quienes nos rodean cuando nuestras entrañas se deshacen en silencio; soñando, en definitiva, cuando la realidad invade todo a nuestro alrededor tiñéndolo de catástrofe, de presente agónico y sin futuro. Con todo, aquí estamos cada día dispuestos no solo a sobrevivir, sino a vivir y a hacer que vivan quienes de nosotros dependen, amamos, o nos acompañan in hac lacrimarum valle, incluso cuando hemos amanecido solos con un café solo.

Si bien lo pensamos y en medio del trasiego del vivir el día a día nos damos un respiro al caer la tarde, tengo para mí que bien podríamos considerarnos heroínas y héroes nosotros mismos y para nosotros mismos, pero además heroínas y héroes clásicos pese a la modernidad en la que vivimos, porque podremos reconocernos esforzados, abnegados y resilientes en nuestro vivir cotidiano, en el levantarnos cada mañana dispuestos a cumplir con lo que nos toca en las circunstancias que nos han tocado sin, quizás, pedir amparo a los dioses, pero tampoco despotricando contra ellos, sin una Penélope que nos acoja tras las vicisitudes cotidianas de nuestra Ítaca, o un Florentino eternamente enamorado de Fermina en El amor en los tiempos del cólera, título tan al hilo de los tiempos. Y, desde luego, sin esperar que nos condecoren, pongan nuestro nombre a una calle o plaza, o ni siquiera nos lo reconozcan ni los más cercanos, pero con la gloria que da la satisfacción de querer hacer lo que había que hacer. Y lo que pudimos.

¿Y no temiendo a la muerte? La muerte, simplemente, que no tenga prisa.

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