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Cristina García Casado.

Los telares de Cris

Cristina García Casado

Nuestras casas llenas de retratos

Quién mirará los miles de imágenes que acumulamos en el móvil si no lo hacemos ni nosotros

Un niño juega en el recreo del colegio

Cuando nació el niño llené las casas de fotos nuevas. El otro día sentí el impulso de renovar imaginario – ¡Ha pasado más de un año! – pero me di cuenta de que así no funciona el sistema ancestral de retratos y portarretratos. Fotografía en la mesa, presa. Yo llevo desde 1993 mirando la camilla de mi abuela con un quiqui y sin dos dientes en un calendario escolar de pared y a nadie -tampoco a mí- se le ha ocurrido que eso pueda dejar de ser así.

Las casas de nuestros abuelos están llenas de retratos, dice María Sánchez en Tierra de Mujeres. Yo les escribo ahora mismo bajo la mirada atenta de exactamente veintitrés. Cinco niños que hacen la comunión, una pareja en el altar, dos abuelas de luto hasta de boda. Tres graduadas, una niña de escuela muy bien peinada, otra que apenas ve con ese flequillo la media luna de la Virgen del Realengo que carga en las manos. A ver si se le va a caer. Qué disgusto.

Los retratos con los que convivimos sirven para recordarnos un martes cualquiera que un día estuvimos allí, que también fuimos esos, que no hace tanto esa escuela no era un tanatorio

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Esta es la casa de mi madre pero yo también he contribuido a ese muro de marcos dispares que bloquean cualquier acceso a la Gran Enciclopedia Universal, los libros de historia de España, la colección de geografía y la de medicina. Una madre que visita a su hija de Erasmus, un padre que pisa por primera vez el Bernabéu. Aportaciones un poco más paganas.

Entre todas estas personas que me miran mientras escribo solo hay dos que no participan de ninguna ocasión especial: dos hermanas duermen juntas un día imposible de distinguir. Otra imagen parece también ordinaria pero la que menos: una bisabuela está sentada a la sombra de un árbol, con su cacha, su bata y su gorra, posando para la que sería su última fotografía registrada.

Mi madre dice que ahora tomamos muchas fotos pero no tenemos ninguna. Quién mirará los miles de imágenes que acumulamos en el móvil si no lo hacemos ni nosotros. El teléfono, menos mal, a veces juega por su cuenta y nos sorprende con descartadas que bien merecerían su marquito.

El siguiente de nuestra saga será, creo yo, el del niño en su primer día de colegio. Mi madre me hizo en esa ocasión de 1990 mi fotografía favorita. Los retratos con los que convivimos sirven para recordarnos un martes cualquiera que un día estuvimos allí, que también fuimos esos, que no hace tanto esa escuela no era un tanatorio.

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