Desde la más tierna infancia a los varones los moldean para convertirlos en los duros y agresivos conquistadores del mundo. Se les enseña que la sociedad es una selva repleta de depredadores y se les plantea la crucial opción de “comer o ser comidos”. En esta lucha por la vida, en esta competición vital, en la que lo único importante es ganar o batir el récord, hay que estar dotado de las mejores habilidades como la dureza, la valentía, el liderazgo, la iniciativa, la agresividad, la autoridad y la disciplina. Así nos dibujan y nos enseñan cómo tiene que ser un hombre masculino al cien por cien.

En las épocas premodernas, esta competitividad se expresaba a través de la fuerza física otorgada por la autoridad. Alejandro Magno, Julio César, Carlomagno, El Cid Campeador, y tantos otros, eran héroes de referencia, porque habían sabido conquistar reinos y crear imperios, aniquilando enemigos y consiguiendo el dominio con la contundencia de las armas. Eran los ídolos de los hombres de género porque realizaron la más sublime de las funciones masculinas: obtener el poder. Cuando la fuerza bruta no bastaba —como en el caso de Aquiles en el asedio a Troya— se podía echar mano de la astucia para vencer —Ulises y su caballo de madera—. Pero el hombre no solo debía de ser vigoroso y poseer un punto temerario, sino que también tenía que disponer de picardía y de habilidades suficientes para la conspiración, a fin de poder lograr la derrota de sus rivales. Mientras tanto, a las mujeres se les otorgaban otras funciones muy destacadas, como eran las tareas de reproducción y los cuidados a terceros. Valores muy desvalorizados, ya que el perfil femenino se consideraba el reverso del masculino. Las habilidades femeninas no eran aptas para optar a la gloria, pero sí eran apreciadas para el reposo del guerrero; la crianza de su linaje y el mantenimiento del hogar.

A partir de la era moderna, la figura del héroe bélico, como icono de socialización masculina, luchando como no lo había hecho hasta entonces al frente de sus tropas, comenzó a evolucionar apremiado por la influencia de nuevas realidades. Las guerras se convirtieron en pura estrategia militar. Los generales dirigían desde la retaguardia a todos sus ejércitos, como si fueran piezas de un tablero de ajedrez.

Fue el movimiento feminista, con las mujeres al frente, el que, desde sus inicios, desenmascaró este orden patriarcal, planteando la posibilidad de otro mundo mejor

Fue el movimiento feminista, con las mujeres al frente, el que, desde sus inicios, desenmascaró este orden patriarcal, planteando la posibilidad de otro mundo mejor. Esta contingencia se abordó desde la lucha social que —pese a asombros de cualquier tipo— lleva más de tres siglos de historia, llegando a descubrir, en la actualidad, que la lucha feminista cuenta con un gran aliado: el hombre. Pues ellos también piden paso para luchar juntos por la misma causa. Todos estos años de perseverancia hacia los derechos de la mujer han servido para que algunos hombres hayan alzado la voz y estén diciendo: “Con nosotros también es posible”. La conciencia ante la igualdad solo llega a través de una vía: la educación. Y el primer paso para que una persona lleve a cabo activamente el ser feminista es realizar el cambio interno necesario para llevar este hasta su vida diaria y, seguidamente, hacia su entorno.

Actualmente, los héroes son de ficción y se hallan en los cómics o son llevados a la gran pantalla. Pero si examinamos los poderes que los convierten en superhombres observamos cómo siguen alimentando en los niños la necesidad de adquirir las mismas habilidades del hombre de género que ansía dominar y competir por todo lo que le rodea.

En un mundo ideal, los hombres compartirán las responsabilidades y las preocupaciones con las mujeres. Puede que esta sea una imagen idílica, pero en otros tiempos, grandes soñadores lucharon por el voto femenino y finalmente lo consiguieron.

Sin embargo, no nos hallamos en una época para lírica y, por lo tanto, seguimos encontrándonos a personas que suelen hablar de la “cultura erotofóbica” que es, en el ámbito de la “Naturaleza” y de la “cultura erotofílica”, la que se encuadra en el ámbito de la “humanidad”. Con la primera idea predomina la depredación, la violencia, el miedo, la ira, la competencia y la lucha por la vida. En cambio, en la segunda, el ser humano, con su inteligencia creadora, ha ido formando e inventando la cooperación, las relaciones pacíficas, la confianza, el amor, la solidaridad y el apoyo mutuo. Pues bien, si nos centramos en las noticias que diariamente lanzan los medios de comunicación, podemos observar que se incrementa el ámbito de la naturaleza y su cultura erotofóbica. Solo es noticia el conflicto, la confrontación, la pelea, la guerra, el terrorismo. Y lo más curioso de la violencia es cuando a esta se le inserta un apellido: bélica, de género, escolar, laboral… como si fuera posible erradicarla por parcelas. Solamente hay una forma de acabar con ella; convertirla en un tabú cultural y social a través de la educación, creando, de esta manera, un código ético universal en el que la violencia sea un antivalor, algo vergonzoso y vergonzante.

No obstante, pese a todos los avances conseguidos, donde la mujer ha ido posicionándose y haciéndose oír, siguen estando muy presentes las relaciones de género, los desamores, las pasiones atormentadas, los celos, los seres humanos percibidos como objetos de apropiación o de explotación y manipulados como unidades de consumo.

Necesitamos que los dirigentes políticos tomen la violencia en serio y, para ello, hay que ser capaces de educar en igualdad, en un modelo libre de machismo y de sexismo, superando los estereotipos, las desigualdades impuestas socialmente, ofreciendo las mismas herramientas, para que niños y niñas puedan desarrollar sus capacidades y aptitudes sin diferencias entre unos y otras.

El sistema educativo de nuestro país tiene un amplio margen de mejora y urgencia para que todos los que hoy están escolarizados sean personas igualitarias del mañana. Y para que esto se convierta en una realidad, es necesario un plan estructural y vertebrador con el compromiso por parte de todas las instituciones educativas y del personal que trabaja en ellas.

El ser humano lleva doscientos mil años saliendo de la selva de la naturaleza y reinventándose a sí mismo. Somos nuestros propios maestros de obra y lo que más deseamos es gozar de la vida, disfrutar de las relaciones con los demás, ser libres para decidir, pero eso significa aprender, conocer, formarse, para dirigir nuestra existencia. En definitiva, ser democráticos para poseer el derecho a no ser engañados.

Y mientras tanto la vida continua…