Hace unos días, mi querido amigo el politólogo sanabrés Manuel Mostaza Barrios, en este mismo diario, al hilo de analizar las próximas elecciones en Castilla y León, ponía, con su siempre fina pluma, el punto en la llaga al señalar que se estaba dando de la España vacía “una imagen algo distorsionada de la realidad regional hoy en día”. Y como bien apuntaba, sin negar que casi el 90% de los municipios regionales cuenta con menos de mil habitantes, no es menos cierto la existencia de importantes núcleos industriales, tecnológicos, ni que dos tercios de la población residen en urbes, ni que esta Comunidad cuenta con un más que envidiable sistema educativo. Y aquí quería yo llegar.

El silencio de los políticos en el tema educativo responde a que todos tienen mucho por qué callar

El ínclito ministro de Consumo, Alberto Garzón, tiene la in (oportunidad) de hablar poco, pero cuando lo hace acaba marcando el paso de las formaciones políticas y la prensa. Mientras que ha callado como un mudo ante el recibo de la luz, o el crecimiento del consumo en los hogares durante el confinamiento general y los sucesivos cierres perimetrales posteriores, no ha dudado en ningunear el peso de la hostelería en el PIB y ahora se ha plantado con las macro granjas y el consumo de carne. Y sus palabras, si bien es verdad que casi todos los partidos llevan la reducción del consumo de carne en sus programas, han sido la batuta de las presentes elecciones en Castilla y León, y ya veremos si no en más sitios. Y ahí andan los representantes políticos disfrazados de agricultores y ganaderos, algunos con la etiqueta de El Corte Inglés aún pendiente del vuelo de la chaqueta, y hasta las ha habido que no han dudado en aparecer en una manifestación con un ave de cetrería. Vamos, como un desfile de pasarela con unos espectadores, nosotros, a los que deben considerar medio gilipollas.

Así que todos al unísono a hablar de las vacas, su bienestar y su calidad alimentaria. Lástima que al Ministro no se le hubiese ocurrido, por ejemplo, decir lo intolerable que le parece el consumo, que para eso es el jefe, que supone para las familias el tener que desplazar a un estudiante fuera de su CA por un sistema educativo y de acceso a la Universidad injusto, desigual, clasista y obsoleto. Y digo lástima, porque si hubiese dicho algo así, por una vez en tantas décadas de democracia la enseñanza habría estado al menos en campaña. Pero no.

En 2015 publiqué en este diario que Castilla y León era un referente educativo y los informes PISA son contumaces en mostrar los resultados admirables de sus estudiantes, como lo son también los datos que muestran que el sistema EBAU perjudica muy significativamente a esta Comunidad, obligando a sus estudiantes a emigrar a otras CCAA, con el coste que supone y no solo económico. Y desde esa fecha hasta el día de hoy lo que se ha abierto es aún más la brecha y, por supuesto, también entre las distintas CCAA. Pero aquí, en lugar de mirar hacia Castilla y León, seguimos instalados en el imaginario paranoide del sistema educativo finlandés, como si un sistema educativo se pudiese implantar sin tener en cuenta factores culturales, ambientales, sociales, laborales y familiares. Pero seguimos ahí, que parece que mirar a Castilla y León es más paleto que tener ensoñaciones con Helsinki.

Pero pese a estos datos, los políticos hablan de vacas, que me parece muy bien, pero ignoran que hoy ser ganadero o agricultor no pasa por ser analfabeto, así que volvemos al asunto que me ocupa. Y el silencio de los políticos en el tema educativo responde a que todos tienen mucho por qué callar. Si bien es verdad, y lo sé de primera mano, que algunos muestran su preocupación por las desigualdades educativas en el país y por la problemática específica de Castilla y León pese a la calidad de sus centros y maestros, esta preocupación la formulan tan bajito que no da ni para un mísero titular, ni siquiera en campaña. Y esto es así porque, si de PP y PSOE hablamos, ni siquiera durante sus legislaturas con mayoría absoluta decidieron abordar el asunto en profundidad y se limitaron a sacar adelante una tras otra su nueva Ley que no corrigió ninguno de los problemas, convirtiendo la educación, como dice el protagonista de la última novela de Aramburu, en un balón de rugby: “Quien lo agarra corre a llevárselo a su área de intereses perseguido por sus adversarios”. Y si nos referimos a partidos como Ciudadanos y Podemos, bastante tienen con intentar salvar sus muebles en medio del oleaje que les circunda como para poner encima de la mesa que la educación en España segrega a la población en función de la CA de residencia. Y Vox anda en la recolección, ahora que tan rurales estamos, de los desencantados de uno y otro signo para subirse a la noticia que más ruido haga. Y ahora tocan vacas como podían tocar robles y encinas, pero a la educación no le ha tocado.

La verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero, dice el Juan de Mairena machadiano. Y lo que tenemos es que maestras y maestros de infantil y primaria ocupan el último peldaño en el salario y prestigio de la educación, como si los que nos dedicamos a impartir clases en niveles superiores tuviésemos algo que hacer sin el trabajo que ellas y ellos hacen día a día, y no digamos si hablamos de escuelas rurales, y como si, al menos los más sensatos, no soñásemos con que nuestros alumnos nos llamasen maestros en vez de profesores. Y la verdad es que tenemos diecisiete sistemas educativos escasamente coordinados, no ya controlados, por el cada vez más inútil Ministerio de Educación y Formación profesional; como es verdad que cuando llega la EBAU esos sistemas dispares convergen en un distrito único universitario que da situaciones tan esperpénticas como que aquellas CCAA que obtienen mejores resultados en PISA no los obtienen en la EBAU, y ahí están los datos año tras año. Y aquí Castilla y León es una de las más perjudicadas.

Lástima que la educación no tenga cuatro patas para que al menos nos preocupásemos y preguntásemos por su estado de bienestar, ocupase los titulares de prensa, debates y declaraciones políticas y fuese tan rentable en votos como para entrar en campaña electoral. Pero la educación no está en campaña.