En el mercado, en la cola de la frutería, volví a verlo claro en la mañana de Nochevieja. Hacía tiempo que no era consciente, tan claramente, de eso a lo que verdaderamente aspiro.

Podría echarle la culpa a la situación coyuntural que a todos nos invade para afirmar que lo que vamos haciendo cada día nos va enfadando un poco más y, desde luego, dejándonos con las ganas, sin prisa, pero sin pausa. Sin embargo, no reniego de la autocorrección para recordarme en qué paisaje me gustaría estar, aún más en esos días de supuesta celebración en los que revisamos lo ocurrido para ocultar lo que seguimos decidiendo a cada instante.

Estas navidades han vuelto a situarse en ese limbo extraño en el que la realidad no se parece a lo habitual, y mucho menos a lo deseado. La vida de cada uno nos va dando noticias y deberes que nos quitan la libertad que creíamos haber ganado con los años, pero más allá de desear viajes a parajes exóticos y compañías imposibles, todos tenemos ese plan irrealizado que nos viene a la cabeza en esos momentos. Al menos para recordarnos quienes somos de veras.

No ha sido el año pasado cuando, al menos yo, he conseguido realizar los planes anhelados. Deberes familiares y pandémicos nos cambian de rol cada minuto y acabamos en mesas anómalas, con horarios más impuestos de lo habitual, con el único fin de no ahondar en la herida abierta. Aceptamos pulpo como animal de compañía una vez más. Una vez más. Es lo que hay en estas fechas de voluntades volubles y susceptibilidades sensibles. Y sí, eso va a existir siempre, pero va cayendo en terreno abonado de escape y sinceridad.

La vida es tomar decisiones. A cada momento. Si no las tomas, te unes a las tomadas por otros

En la cola de la frutería, una pareja de mediana edad compraba esa mañana un kilo de fresas, de muy buen aspecto, por cierto, como postre a los huevos fritos con ajo y patatas que iban a cenar. Ellos dos solos, porque su hijo post adolescente prefería otros planes. Su cuenta y la mía ni se acercaron. Su alegría y la mía, tampoco. Inversamente proporcionales al dinero gastado. La víspera, recibía la llamada de un amigo de los de siempre cuyo menú se asemejaba bastante. ¿Qué tendrán los huevos fritos con patatas que se nos aparecen como símbolo de disfrute barato y sincero? Casi de libertad.

Siento decir que no tiene nada que ver con el momento que vivimos. La situación obliga, pero a veces no necesitamos realidades, solo pretextos, para seguir estancados.

Sin pretenderlo, ni mucho menos desearlo, acabas buscando vajillas y manteles guardados para preparar la mesa, gastando lo que no esperabas en mantener las formas con esas condiciones impuestas. Cenar menús de tres platos cuando no sueles cenar, comprando marisco y productos gourmet para que se note que la noche es especial, aunque no lo sea. Todo ello sabe más rico cualquier otro día, sin imposición ni empacho. Está demostrado.

La pandemia y las decisiones que se han convertido en fundamentales, aunque vestidas de habituales en nuestro día a día, nos preocupan y, sobre todo, nos descolocan. Quien más quien menos asume esas decisiones como parte de su definición como persona. Si sales o no sales, si te vacunas o no, la forma en la que trabajas y convives con los demás. Algo que era simplemente accesorio ha pasado a ser definitorio. En esas aguas complejas, hemos seguido profundizando y hemos acabado por pensar si estamos en la costa deseada. Y lo que es peor, en mirar a los que nos acompañan y conocerles un poco mejor, lo que a veces no resulta enriquecedor, dicho sea de paso.

La vida es tomar decisiones. A cada momento. Si no las tomas, te unes a las tomadas por otros. La situación en la que nos encontramos nos ha dado la llave de pequeñas decisiones que están a nuestro alcance y que nos han hecho ver que también podemos conseguir la de otras mucho más fundamentales. Evidentemente, nuestro poder de actuación es limitado, pero, por qué no aprovechar y arreglar el jardín trasero, ese que sí es nuestro y solo nuestro. Decidir que no es tan malo admitir que no nos gusta el cordero de la suegra o que el día de Navidad es un día para quedarte en pijama en casa. Decidir que es absurdo emplear el día de vacaciones en viajar a ese pueblo donde hace un frío de narices y pasar unas horas con una familia que lo exige pero que no lo disfruta. Decidir cuál es tu familia de veras. Decidir quién eres tú, en el fondo.

Decidir que lo que de verdad quiero es una celebración con los míos de verdad, los que disfrutan con las mismas cosas, en un lugar tranquilo, a poder ser con mar. Sin dejar de querer igual a quienes no lo comparten. Sin horarios ni deberes. De cena, unos huevos fritos con patatas y un buen vino. No estaría nada mal.