Los conflictos están cambiando. Las nuevas confrontaciones mezclan métodos antiguos con otros hasta ahora no convencionales, así como vías de ataque y defensa propias del entorno digital. También las declaraciones son más sutiles e indirectas. Pero, mientras tanto, la realidad geopolítica mantiene su parte tangible. Son vidas humanas, es el frío o la falta de lluvia, es la energía que calienta nuestras casas, son barreras y montañas. Kaplan nos recordaba la influencia de la geografía en la conformación de nuestro ecosistema político internacional. Conviene tenerlo en cuenta cuando se analiza la realidad internacional, y cuando se actúa sobre la misma, como va a hacer la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de España.

Piensen en Libia, Turquía, Ceuta o Bielorrusia. No se trata únicamente de movimientos migratorios, sino del uso de las necesidades humanas como herramienta de presión en conflictos geopolíticos, provocando tensiones en el rompecabezas de la gestión de las fronteras y la seguridad interior. El posible rechazo de la población, los debates políticos y los populismos de uno y otro bando, la integración o los guetos. La recepción de refugiados provoca fuertes crisis en la política interna de los países receptores, y en el mismo núcleo socio-cultural de la UE. El Brexit, por ejemplo, se vio muy influido por esta recepción de refugiados, así como por toda la inmigración sin más adjetivos. Díganle a Angela Merkel si fue, o no, uno de sus periodos más complicados en una legislatura potente. ¿Cómo no iba a ser utilizado por el bloque abiertamente competidor de este sistema democrático liberal occidental? Obviemos, por cierto, que a Rusia le puede haber salido parte del tiro por la culata, logrando que en la UE se deje de lado el reciente choque con Polonia al respecto de su idea de Estado de Derecho.

Como señala Jacek Hugo-Bader, «demócrata» es un insulto entre la dura población de la Rusia más profunda, que arrastra a su títere bielorruso, país donde nadie con cierto poder guarda el espíritu proto-demócrata, constitucional y federado de la antigua República de las Dos Naciones. Respecto a Marruecos, Turquía o Libia, bien es sabida su noción sobre los Derechos Humanos.

Tenemos un obvio choque de civilizaciones del marco de Huntington. Por bien o por mal, su análisis tras la caída de los dos bloques lleva años desmintiendo el «Fin de la Historia» de Fukuyama, tanto en las fronteras duras entre dichos bloques sociopolíticos y culturales (las barreras que separan Ceuta y Melilla de Marruecos conforman una de las brechas de desigualdad más acentuadas del mundo), como en las líneas de fractura tras las escisiones (Ucrania y el Alto Karabaj, pero también en los países bálticos, Georgia o Moldavia, entre otros).

Es, sin duda, un conflicto no declarado, jugando entre los términos de no-paz, guerra híbrida, competencia o amenazas irregulares. La forma de llamarlo no deja de ser un ejercicio teórico, entretenido, pero de eficacia limitada, sobre un estado de la cuestión indudable, que es la tensión creciente de las relaciones entre soberanías que ya dan por superado, quieran o no, el periodo de la multilateralidad post Guerra Fría. Una complicación que llega en el momento en el que más interconectadas se encuentran. Se sitúa a un lado un bloque que todavía guarda la esperanza en mantener el periodo anterior al 2001, frente a otros dos que se rebelan para situarse en mejor lugar; en medio, varios grises. Esos dos bloques conflictivos están, además, especializados en encontrar debilidades y exprimirlas hasta la extenuación para obtener ventajas a largo plazo. En ocasiones, esta estrategia es sutil, recordándonos ajedrecísticamente a Carlsen con su juego de superioridades microscópicas para vencer mas allá de la jugada 60. En otras, como este caso, es brusco y agresivo como una partida de ajedrez romántica del siglo XIX.

Las herramientas de este conflicto no son nuevas. En el caso tratado, se conoce bajo el nombre «weaponisation of migration» (véase a Kelly M. Greenhill y su «Weapons of Mass Migration: Forced Displacement, Coercion, and Foreign Policy»). Este uso inhumano de la esperanza y las necesidades de personas vulnerables es y ha sido práctico desde la antigüedad en sus diferentes variantes, tanto para la presión geopolítica, como es el caso, como para modificar étnica y lingüísticamente poblaciones. También como quintocolumnismo o infiltración. No, los avances de la historiografía matizan seriamente la idea de las «invasiones bárbaras» como gatillo que provocó la caída de Roma, pero hay muchos otros ejemplos actuales: el uso que hace China de la etnia Han para modificar la composición de las poblaciones y/o tendencias políticas de territorios ganados, desde el Tíbet a Manchuria, Sinkiang y ahora Hong Kong; la actividad de Rusia en zonas de influencia ex URSS a través de la población rusófona, ya que equipara la cuestión lingüística a la etnia para justificar su intervención exterior; o Marruecos en el Sahara Occidental y la potencial alteración de un ya improbable referendum.

Sin embargo, parece que la atención sobre las cuestiones de defensa y seguridad, más allá del uso de mercenarios en guerras proxy o el aumento armamentístico en frontera, ha estado centrada en los otros apartados más modernos y vistosos del conflicto híbrido, principalmente la ciberseguridad, la desinformación o las interferencias electorales. Será un efecto de no levantar la vista de las pantallas, que parezcan esos tiros muy lejanos si no son en un videojuego – los periódicos o los telediarios ya habrá quien los quiera enviar al Museo Arqueológico Nacional -.

Independientemente de cómo se quiera denominar, es indudable que acciones como la intimidación mediante la alteración del flujo de los recursos energéticos, la intromisión para alterar acuerdos comerciales, el apoyo abierto a dictaduras desestabilizadoras o la censura a la prensa extranjera, sumadas al mencionado uso de las migraciones, son herramientas de una parte inmersa en un conflicto. Un conflicto, aquí, no solo virtual.

Decía el autor de la idea original de Blade Runner («¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?») que la realidad es aquello en lo que, cuando dejas de creer en ello, no desaparece. Desgraciadamente, esa realidad está realmente cerca, y, parece, no hemos creído demasiado en ella últimamente.