A Daniel Pérez, posibilitador de sueños y ensueños, sabiendo que muchos más de los seis de Pirandello, te esperan como autor. Mil caras tiene el alma del teatro, que es la vida.
De entre todas las razas de héroes existe una especial, la de los héroes silenciosos. Aquellos que hablan por boca de otros, que solo se manifiestan con la devoción por su trabajo; posibilitadores del lucimiento de unos y del disfrute de otros. Entre ellos, ni delante ni detrás, sino en ambos lados de la frontera de candilejas que une al actor con el espectador, el director durante treinta y cinco años, de un teatro tan pequeño, íntimo y personal como el Principal de esta ciudad rebautizada en verso -por más que muchas veces parezca haberla perdido- “del alma” por Claudio.
Desconozco si es dichosa coincidencia o feliz acierto irse con una representación de Rafael Álvarez “El Brujo”, tan alma de nuestro corral de comedias en interpretación como en canto lo es Amancio Prada. Hacerlo mientras El Brujo nos sumergía en el alma del hombre, el artista y la máscara de Valle Inclán, sugiere un simbolismo no menos espectacular que discreto. Un símbolo especular en realidad -“realidad”, qué palabra tan especial hablando de teatro-. “Son las palabras espejos mágicos donde se evocan todas las imágenes del mundo” escuchamos sobre la escena rememorando “La lámpara maravillosa” del autor al que, en el primero de estos “Espejos” míos cité, allá por 2007: “los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento”.
Leo a Francisco Nieva en un prólogo: “Porque el caso de Pirandello es el de la superteatralidad de la vida, hasta qué punto la vida es puro teatro. Basta con ponerle un marco para que cualquier realidad se teatralice y cobre una dimensión nueva. En Seis personajes en busca de autor la vida es mentira y la verdad es teatro. La realidad es una ficción de la realidad”. Daniel con su equipo han puesto el marco para cinco mil quinientas representaciones de la risa y el llanto, del duelo y del canto, del drama y la comedia. La vida misma. Y la muerte, que sin la una no se entiende la otra. Y me emocioné, sí, al abrazarlo antes de irme porque el teatro, como la vida, nos lleva en volandas por el espacio y el tiempo y porque, citando a Almudena Grandes que nos dejó hace unos días, sin admiración no hay amor.
Querido director, doce años coincidimos en el ayuntamiento, yo en la prosa y tú en el verso. Te admiro por tu profesionalidad y por todo lo que esta ciudad te debe. Algunos sí conocemos como temporada tras temporada la calidad de la programación ha superado con creces el presupuesto con que contabas. Porque las gentes del teatro no siempre se desplazan al sonido del metal y lo que en moneda no alcanzaba a pagar el precio lo suplía el aprecio y el respeto por un teatro ejemplar que, cuatrocientos años después mantiene, como nos dijiste y a ti te dijo Lindsay Kemp, buenos espíritus. El tuyo, buscando la belleza y honrando al público es uno de ellos y si las acotaciones son el alma del teatro y el alma es inmortal, así es la huella que dejas en nuestra pequeña pero entrañable caja de sueños y ensueños.
www.elespejodetinta.com