Así se saldan los actos de violencia que un día sí y otro también se perpetran contra los agentes del orden. Pequeñas multas que dan alas a los violentos, a los infractores. Pequeñas multas que constituyen un precio muy bajo, para el daño físico y moral que causan. En España, agredir a un policía, sale demasiado barato. Incluso lo hacen y se jactan de ello, los nuevos padres de la patria, es un decir, como el podemita, Alberto Rodríguez y otra vez Rodríguez. Pateó a un policía, ha sido condenado por ello ¡y no lo admite el tío! Según ‘el rastas’, los jueces están atentando contra sus derechos. ¿Y los derechos del policía nacional?

Ah, claro, perdón, ¡que tonta soy!, no caía en la cuenta de que los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado no tienen derechos, sólo deberes y que les pagan para eso, para dejarse patear. Cuando en un país como España, la quiebra del principio de autoridad es consentida de la forma que viene haciéndose, protegiendo al agresor y culpabilizando al agente, es que algo está podrido.

Hay que exigir medidas más duras. Hay que intentar que el agresor se lo piense antes de proceder. Y la sociedad civil tiene que ser más consciente y actuar con valentía ante ciertos comportamientos que en las series norteamericanas nos escandalizaban y ahora parece que o los asumimos o el miedo nos paraliza. Y España nunca ha sido tierra de cobardes. Con esto no estoy llamando a un levantamiento, muy por el contrario, estoy llamando a la coherencia y al valor. Sobre todo de los que dan las órdenes, para que no se pongan de perfil cuando uno o varios agentes de la Policía son atacados salvajemente.

Estoy esperando unas palabras del ministro Marlasca que me reconcilien con su Ministerio. No hay forma. El castigo penal actual es insuficiente para contener los ataques crecientes a los policías. Es necesario responder a las agresiones con contundencia y dejar de cuestionar el trabajo de la Policía que ni derecho a la defensa propia tiene. No me extraña que tal desprotección dificulte su trabajo y llegue incluso a desmotivarlos. Y España no se puede permitir tener una policía desmotivada, desautorizada, relegada frente al violento, frente al criminal, frente al delincuente.

Luego se nos llena la boca de paz social, sin caer en la cuenta de que quienes la garantizan son, precisamente ellos, los agentes del orden. Restablecer el respeto a los agentes pasa por el aumento de penas en el Código Penal y políticas más contundentes que dejen de amparar a los malos y comiencen a proteger a los buenos.