Hay palabras que son vándalos. Vas por la calle y de repente te asedian, te sacuden. Al levantarte del suelo con la vista nublada, los contornos del mundo son otros. Raptos involuntarios que ponen en tus manos jirones de la infancia.

No sé si la leí, la pronunció mi abuela al otro lado del móvil o la mentó alguien en el autobús. Sé que la palabra anidó en mi cabeza, desentumeció algo que antes estaba encogido y bajó hasta la boca del estómago. Desde ahí, me pidió que escribiera algo.

Al final, casi siempre los niños que fui —no tenía por qué ser solo uno— son los que me inducen a teclear y dejar que el tiempo pase de ser tictac infalible a hoja con muchos pliegues. Una hoja laberíntica.

Cuando yo tenía seis o siete años, la casa de adobe dejó de calentarse con el fuego del hogar y se convirtió en trastero-almacén. Y en esa casa, no había más libros que unas cuantas enciclopedias llenas de polvo. También había un escaño: desde ahí, la ficción invadía las vidas de los que se sentaban en la camilla. Escuchaban, remendaban la historia, quitaban aquí y ponían allá.

Desparramaban por el hule unos seres recién salidos de la fragua. La hacedora de historias era como Vulcano y yo memorizaba esas palabras para atisbar el mundo: hurmiento, cañizas, atufarse, aviarse. Era la abuela la mejor contadora.

Y junto a ella, el alguacil. Tocaba la corneta para anunciar la vacunación de las ovejas o la visita del chatarrero. Había una cadencia en lo que decía: los bandos eran papeles que amarilleaban en la puerta del ayuntamiento; él proclamaba las buenas nuevas con un garbo que hacía que los niños imitáramos esa voz grave y resultona.

Echa pallá, decía uno, y pasaban de 4 a 5 en el escaño. Siempre cabía alguien más, que pasaba por la calle y entraba sin tocar. Decía que venía a por un trago vino, pero en realidad estaba sediento de historias.

Era mi imaginación la que colmaba esas lagunas e inventaba finales alternativos dependiendo de mi estado de ánimo o las orientaciones de mi abuela

Yo miraba el hule, con la mejilla picosa después de los dos besos a los señores de caras ásperas, y movía el dedo por los contornos de Andalucía o rodeaba alguna ciudad de El Algarve. Cerraba los ojos y me iba a la otra punta; el azar me decía dónde viviría cuando dejara de ser niño.

Ficción de terciopelo para aligerar el peso de la realidad; ficción hiperbólica para reírse de los temas que antes les habían atravesado el pecho; ficción como disfraz para contar la verdad; historias que sí ocurrieron y detalles ficcionales como pinceladas que honraban la memoria.

Al calor del brasero y las faldillas, escuché hablar de un señor que trabajó para Iberdrola y acumuló el dinero suficiente como para irse rico al más allá; las dos viejas que clavaron los pies en el terruño cuando les dijeron que el embalse haría de su pueblo una tierra baldía; el primo que mataron en la guerra y la anciana que le llevó flores al cementerio viejo hasta que la enfermedad le hurtó el pasado; la vecina que no salía de casa, hacía tratos con el demonio y no fue enterrada en sagrado; el joven listo y pobre, y los curas que lo animaron a entrar en un seminario. Estuvo a puntico de cantar misa, pero algo pasó.

Qué pasaría.

Ahí ya estaba leyendo sin saberlo. Era mi imaginación la que colmaba esas lagunas e inventaba finales alternativos dependiendo de mi estado de ánimo o las orientaciones de mi abuela.

La casa vieja ya no es trastero-almacén. Ahora es una casa nueva y ya no hay un escaño. Hay un sofá en forma de L. La última vez que estuve allí me pareció ver gente con menos garbo, huérfanos en el decir. Veraneantes que buscaban el aroma del sitio donde fueron criados. En la ciudad, alguien los convenció para que no usaran las palabras de una lengua que dice tanto.

Quizá ellos algún día vuelvan a la artesa, a amasar historias con la maña de los antiguos hacedores. Quizá sí. Hay palabras que son vándalos. Nunca está uno a salvo.