Nuestra vida cotidiana suele discurrir con prisas. La jubilación lo que te da es tiempo, aunque viene siendo frecuente escuchar de algunos tan ocupados que ahora también les falta.

Pero hay gente que ha logrado poner freno al frenesí (valga el juego de palabras) y también le gusta simplemente “pasar el rato”; esta frase tan castellana indica que el tiempo lo tenemos controlado y no al revés. Nuestra gente del campo, cuando yo era niño, estaba en paz con el tiempo por la sencilla razón de que no tenía medio ni maquinaria para acelerarlo. Con la mano en el arado o las riendas en la trilla poco se podría hacer para acortar la faena bien hecha. No hay mejor ejemplo del reloj de entonces que el trillo dando vueltas en la era al paso lento del ganado. No valía acelerar con el roce incesante y repetido sobre la espiga desgranada hasta que la paja lograra el calibre adecuado a base de girar una y mil veces con aquella herramienta casi prehistórica con dientes de pedernal que hoy paradójicamente a veces la veo convertida en mesa. Tanta era la faena cotidiana que luego la gente mayor, cuando ya la edad le impedía aquel ritmo intenso de tarea de sol a sol, solía decir que su vida era pasar el rato”; expresión que indica mero entretenimiento, ocupación sin más, dejar pasar el tiempo sin que el tiempo nos atropelle.

Ahora también quien escribe es de ese grupo que cobra la pensión y puede “pasar el rato”, a veces en el campo. Miro los pájaros, las nubes fugaces, las flores de otoño, la luz menguante de la tarde que el retrasado veranillo de San Miguel nos regala como despedida del tiempo cálido.

Quiero creer que mi madre carnal, ya muerta, me mira desde el cielo, con el rostro de esas nubes viajeras

Observo a los tordos en bandada, avecillas que no saben ir solas sino es en el tiempo de nidada y de crianza; el resto del tiempo viajan por el cielo como un banco de peces por el mar. Los tordos pueden ser plaga pero si les damos espacio de arbolado saben repartirse el espacio de dormida y de canto, o mejor de silbos que al atardecer son tan querenciosos como el requiebro o la cita de enamorados. Ya marcharon las golondrinas y vencejos, quedan las urracas y gorriones así como las lavanderas que saltan en la pradera cerca del hocico de las vacas que al pacer levantan insectos y gusanos. Y hablando de pradera es el tiempo de esas flores que se crían ellas solas entre la hierba y motean el campo verde donde la humedad persiste; son las llamadas colquios, crocus y azafrán silvestre o quitameriendas.

El tiempo de mirar, de andar sin sobresaltos de noticias es un lujo que la madre naturaleza nos depara cuando nos dejamos querer por ella, cuando sintonizamos su dial o abrimos la pantalla de su entorno. También ella es devastadora y cruel como lo estamos viendo en La Palma. Todo tiene su momento y su ciclo en el que a veces si vienen mal dadas nos pilla por medio. Ahora, decía, voy “de mirándola” pues lejos de la ciudad el ritmo natural de las cosas se percibe sin contaminaciones horarias ni de otra índole excepto el olor del purín que erróneamente fertiliza la pradera de por sí fecunda.

Los chopos y demás familia de arboleda caducifolia como las hayas o alcornoques pintan las riberas de colores sucesivos que se extienden por vaguadas y laderas de la montaña. El otoño tiene esa música visual en paralelo a la del pentagrama que tantos compositores han sabido pintar con notas que como las hojas se agrupan y dispersan con el aire de los instrumentos de viento o la vibración de la familia de las cuerdas, y todo ello conformando una suave cantata, un poema visual para abonados al concierto de la contemplación lenta.

La madre naturaleza se hace querer, nos da y nos quita pero más de lo primero. Somos nosotros quienes juntamos más motivos de queja para ella.

Paseo al atardecer y ahora el cielo es quien se pinta con nubes espectaculares que el sol maquilla y colorea para el desfile vespertino mientras el suelo se envuelve en sombra. Quiero creer que mi madre carnal, ya muerta, me mira desde el cielo, con el rostro de esas nubes viajeras.