En ocasiones…veo comerciales. Como si se tratara de una versión de El Sexto Sentido de la mano de Muchachada Nui, me siento rodeada de seres que venden y venden. Por teléfono, tras las esquinas, en las reuniones de trabajo, en las citas románticas … y muchos ni siquiera lo saben. Peor aún, tampoco nosotros nos damos cuenta. En ocasiones.

Pones la televisión y ves a Évole entrevistar a un ex consejero presidencial, con aspecto y maneras comerciales, sacando a pasear su muestrario de palabras huecas, blindadas para no explicar y contar poco. La supuesta imagen del éxito, el modelo a seguir por muchos que entienden el parecer como la máxima de las aspiraciones. La esencia se aparece como algo corpóreo al lado de tanto requiebro, tanto baile en la nebulosa.

Cambio de canal y gente que no conozco discute de tubos de pasta de dientes y robos sin sentido en un supuesto salón, maquillados como si fueran a una fiesta de Nochevieja. Algunos dicen que son periodistas. El entretenimiento malentendido como una especie de delirio de borrachera. Más tarde, otros personajes similares comentan y debaten lo ocurrido. No entiendo nada. No tengo claro lo que venden, pero está claro que lo logran porque, de lo contrario, no se escurrirían incansablemente en cualquier horario.

Y lo compramos. Compramos el modelo de situaciones inexistentes que deben parecer evidentes, donde todos acabamos asumiendo un rol que, al menos yo, no acabo de entender. Es como si viviéramos en un bucle de continuo fallo de raccord. Como si, de repente, el papel que tenemos aprendido por nuestra condición, nuestra posición en el tablero de la vida quedara inconexa y sin réplica coherente por parte de quien nos rodea. Me viene inmediatamente a la cabeza la frase que decía mi madre cuando respondíamos algún sinsentido a sus preguntas: “Sí, claro, como sé que te gusta el arroz con leche, por debajo de la puerta te paso el ABC”. No sé en qué momento el ladrillo del dicho popular se convirtió en diario de la mañana en el refranero materno.

La vida sigue, ocurren dramas, surgen problemas… y parece que la solución es girar en torno a palabras huecas, circunloquios absurdos que no llevan a nada y que, con cada sílaba, se van alejando sin remedio de la solución práctica.

A veces, miramos a diestra y siniestra intentando encontrar una mirada de refugio comprensivo que nos haga sentir que no estamos solos en la sensación de absurdo reiterado. La vida sigue, ocurren dramas, surgen problemas… y parece que la solución es girar en torno a palabras huecas, circunloquios absurdos que no llevan a nada y que, con cada sílaba, se van alejando sin remedio de la solución práctica. De la realidad. De los problemas.

Hace pocas fechas tuve que informarme en un centro de Asuntos Sociales sobre empresas que proporcionan ayuda a domicilio para personas mayores. Se me hace difícil pensar en un caso más práctico y real, uno de esos cuyos detalles resulta innecesario explicar a los que son de mi edad. Son esos momentos en los que se asumen como obstáculos insalvables las tareas más simples y necesarias en la vida de un ser querido. No creo que haya nada más físico, más práctico. Más real. Es entonces cuando, atendiendo a la lógica, recurres a expertos que, lejos de hablar de la situación, me inundan la oreja con ideas de remontar obstáculos, ser optimista y marcarse un objetivo en el horizonte. ¿De verdad? Afortunadamente, la información (supuesta) fue telefónica porque ya me veía víctima de un gráfico de barras inserto en el consabido Power Point. Ayer recibí una llamada para que evaluara la atención recibida y fui yo la que debió ser muy gráfica en mis explicaciones atendiendo a las carcajadas de mi interlocutora.

La pandemia continúa. O no, depende de cómo se mire. Es preocupante, decimos, y sin embargo recuperamos la vida como la dejamos en marzo del 2019. Tal y como la dejamos, como si hubiéramos quitado el Pause, sin pensar que, de camino y sin pretenderlo, hemos envejecido e incluso crecido y aprendido que hay actividades que pueden llevarse a cabo con menos esfuerzo y mayor productividad. Es evidente que el trabajo online no es asumible en todos los campos, pero en algunos es un avance y una mejora de las condiciones laborales para todas las partes del contrato laboral. Vemos una cosa y actuamos como si fuera otra. Planteamos un discurso para luego trabajar en su defensa incondicional en lugar de ver la realidad e intentar mejorarla.

En mi gremio, la educación, esta sensación de enajenación me acompaña fielmente, en todas sus acepciones, debo decir. Dejando la locura aparte, es esa sensación de sentirse ajeno a las corrientes que nos llevan. Ya no pretendemos siquiera identificar honestamente los problemas para poder aspirar a solucionarlos, o al menos a intentarlo. Ahora vendemos vellocinos de oro a precio de ganga para que se nos ponga cara de docente finlandés dentro de estructuras añejas y con supuestos expertos alejados de la arena. Ajenos al cuerpo a cuerpo, a las miradas que desvelan y se sinceran, siempre incómodas. Es mejor, mucho mejor, crear realidades paralelas con problemas solucionables justo con la invención que nos venden. Esa que es tan buena, tan perfecta, que no se puede discutir. Esa que se puede explicar con gráficos, tarjetas de colores plastificadas y requiebros sin fin para eludir que eso que hay en medio de la habitación es un elefante enorme. Un elefante que me mira con la misma cara de incredulidad y asombro que yo al resto de los que comparten viaje conmigo. Pero no quieren verle. Ni a mí tampoco.

Era pequeña cuando aprendí a abstraerme de lo que vivía cuando no me parecía agradable. Durante años he trabajado para recorrer el trayecto contrario y ser plenamente consciente de lo que me toca vivir. Quizás me haya vuelto a equivocar.

Hace ya unos años en una fiesta de personas que siempre habían estado en una edad muy superior a la mía (a la cual sospechosamente me voy acercando) pusieron pasada la media noche música para bailar. Empezó a sonar Baby, Now That I’ve Found You, de The Foundations, una cancioncilla alegra y rítmica de finales de los sesenta que animaba al baile sin vergüenza y a canturreos que pasan del susurro a la proclamación. Una canción de hechura clásica de las que uno cree que cantan a la felicidad del amor descubierto y luego resulta ser una llamada de socorro ante la inminente pérdida del ser querido. Es más, al traducir la letra, puede llegar a parecer la declaración de quien no asume una pérdida y pierde los papeles, pero qué más da.

Y es que uno se pasa la vida oyendo canciones que dicen cosas bien distintas a las que se creen, conociendo gente que no es como parece ser, emocionándose con dramas falsos, aprendiendo a convencerse de lo que nunca creerás, a intentar sofocar los fuegos enfocando la manguera en dirección equivocada. Ante tal descoque, bailamos alegremente dramas de desamor, identificamos las crisis con oportunidades y tiramos los papeles que nos serán necesarios en el futuro. Vamos cumpliendo años que nos equiparan a los que antes nos llevaban muchos, pasando a formar parte de un limbo donde todas las edades se igualan. Equivocándonos y cantando desaforados canciones tristes de abandono y celebrando la desesperación. Aplaudiendo el error. Corrigiendo el acierto. Comprando el humo que nos venden. El problema ya no es el elefante que sigue creciendo en la habitación, sino que algunos lo seguimos viendo.