Han caído en mis manos dos libros que dejan huella: “Cómo no hacer nada. Resistirse a la economía de la atención”, de Jenny Odell, y “El don de la siesta”, de Miguel Ángel Hernández. Mi librera habitual, cuando tuvo en sus manos el primero, me soltó: “Ya me dirás cómo no hacer nada, porque siempre tengo que estar haciendo cosas”. Le prometí que compartiría con ella las lecciones que obtuviera de la lectura. Me temo, sin embargo, que no le van a servir de mucho, porque el libro no es una retahíla de consejos prácticos para no hacer nada en un sentido tradicional sino más bien un antídoto contra la optimización de la vida; es decir, que en un mundo en el que nuestro valor está determinado por la productividad y el rendimiento, la acción de no hacer nada puede ser nuestra mayor forma de protesta. La autora norteamericana cuestiona de manera radical la capitalización de nuestro tiempo, la rentabilización de nuestra atención y el estado de impaciencia y ansiedad en el que vivimos. ¿No les parece interesante? Pues hay más.

Ahora sé también que la siesta puede convertirse en una práctica para la transformación social

Jenny Odell pone encima de la mesa otras cuestiones muy polémicas. Por ejemplo, marcados por la lógica invasiva de las redes sociales y el culto a la marca personal, hemos olvidado lo que significa la inactividad. Desde esta perspectiva, “no hacer nada” es ganar tiempo para nosotros mismos, ser contemplativos, recuperar el nexo con la realidad física y encontrar modos de relacionarnos de los que no se beneficien ni las empresas ni los algoritmos. ¿No les suena esta musiquilla? Seguro que sí. ¿Y nunca se han parado a pensar en el ritmo de la vida cotidiana y en las dificultades que tenemos para sentarnos en mitad del camino para disfrutar de un paisaje, de una puesta de sol o simplemente para tomar aire fresco? Supongo que también. Por tanto, el libro de la docente en la Universidad de Stanford les ayudará, porque es un manifiesto contra el discurso de la eficiencia y el tecnodeterminismo, un ensayo original en el que recuperar nuestro espacio alejados de un ritmo vertiginoso constituye un acto de resistencia política.

Y en una línea más o menos similar gira “El don de la siesta”. En apenas 119 páginas, Miguel Ángel Hernández, profesor de Historia del Arte en la Universidad de Murcia, construye un alegato a favor de tan sana costumbre. Su tesis enlaza con la del libro anterior, ya que, asociada con la pereza y la ociosidad, la siesta contraviene uno de los principios fundamentales del mundo moderno: la pulsión productiva. En los últimos años, sin embargo, este hábito se ha transformado en una herramienta central de la productividad, una rutina saludable, un imperativo del bienestar e incluso una práctica vendible y consumible. Pues bien, frente a esta capitalización del sueño, este libro defiende la siesta como un arte de la interrupción. Como dice el autor, “un evento excesivo capaz de frenar y transformar el ritmo desbocado del presente”. No sé si ustedes son de siesta. Yo, sí. La siesta forma parte del paisaje de mi vida cotidiana. Y ahora sé también que la siesta puede convertirse en una práctica para la transformación social.