Estas vacaciones he vuelto a toparme con una de esas imágenes tan habituales de nuestra vida cotidiana que de tanto verlas apenas prestamos atención. Imaginen que circulan por una carretera y descubren a unos trabajadores disfrazados de fosforito que están recogiendo basura en las cunetas y, cada equis metros, observan una bolsa repleta con los residuos acumulados. ¿Les suena, verdad? Sospecho que algunas personas habrán advertido la escena cientos de veces sin prestarle atención. Al fin y al cabo, ¿qué se puede deducir de un acto aparentemente tan insignificante? Imagino también que un buen puñado de individuos irán un poco más allá y pensarán: “Caray, cuántas bolsas de basura han recogido estos currantes del mantenimiento y la limpieza de carreteras”. La frase, sin embargo, apenas aporta algo relevante. Simplemente se limita a describir algo que acaban de ver, sin ir más allá. Pero, por fin, aparecen personas que dan un pasito más allá y descubren a los guarros y las guarras que se esconden en las bolsas de basura.

Y ahora viene lo mejor: ¿quiénes son los guarros y las guarras? Pues usted o yo. O mejor dicho: quienes se dedican a sembrar las cunetas de las carreteras con los residuos (latas, botellas, plásticos, bolsas, brik, colillas, papeles, toallitas, pañuelos, etc.) procedentes del interior de los coches, camiones, motos o caravanas. ¿Cómo voy a llevar conmigo, en el interior de mi habitáculo rodante, los embalajes de la comida y la bebida o, como en muchos casos, los pañales del bebé? Ni hablar: para eso está el exterior. Ya vendrán otros a recoger la mierda que he arrojado por la ventana. Y si no la recogen, ¿a mí qué me importa? Total, como yo no la veo. Y claro, ese es el problema, que no se ve. ¿Qué pasaría si se viera y nos la llevaran a la plaza mayor de las ciudades, villas y pueblos para ser disfrutada? ¿Se imaginan cuántas toneladas de porquería podríamos ver, oler y tocar? Pues allá va: 8.272 toneladas métricas, es decir, más de 8 millones de kilos de basuraleza. O si lo prefieren: 267 camiones de gran tonelaje.

¿Cómo he llegado a tan “extravagante” conclusión? He multiplicado los 166.000 kilómetros de la red de carreteras de España (estatales, autonómicas, provinciales y locales) por 50 kilos de basura recogidos en cada kilómetro, tomando como referencia un informe de Ecoembes publicado en 2019. Sería maravilloso (entiendan la ironía, claro) disfrutar en Zamora de los cinco camiones que nos tocarían. Frente a la montaña de mierda, deberíamos formular la pregunta del millón: ¿por qué tiramos residuos en las carreteras? Me quedo con una explicación de la psicología social: la noción de “sentido de lugar”, que hace referencia al sentimiento de pertenencia que despiertan los espacios, en función del grado de apego que tengamos. De esta manera, una carretera no despierta las mismas sensaciones de pertenencia que nuestra casa. Por esta razón, un entorno con un bajo sentido de lugar, como es una carretera, es más probable que sea objeto de actitudes negativas. La lección es evidente: ahora solo toca practicar. Por tanto, ya saben.