Era una talla de madera dentro de un cristal. Unas figuritas policromadas que las abuelas llevaban de casa a casa. El pretexto para tomar un café y charlar de los nuevos muertos y las bodas de oro que sí se celebraron. Como vestales que guardaban el fuego, las manos arrugadas daban y recibían el tótem con una ilusión en que se mezclaban los rezos heredados y el olor a casa vieja.

La madre, el padre y el hijo conocían los secretos antes de que manchasen las plazas y tertulias. Tres figuritas condenadas a vivir en tránsito: cada día en un salón distinto. Sin tiempo para conocer del todo la voz temblorosa de la anciana que les ponía las velas, los ojos escrutadores de los niños que las miraban y se preguntaban: ¿qué hace un trocito de iglesia al lado de las fotos familiares? ¿Por qué la abuela pone velas a un altar portátil? ¿Está a punto de pasar algo malo?

A los lados del cristal, había dos puertas de madera, casi siempre abiertas. Pero había cosas que era mejor que la sagrada familia no viera. El niño pedía disculpas a las figuras y les decía que pronto volverían a ver la luz, que aprovechasen para dormir mientras tanto. Puertas abiertas: solemnidad, olor a incienso, alguien que vigila. Puertas cerradas: así mejor, solo un rato.

Para el niño, la religión era peinarse a raya los domingos, zapatos negros y betún, un coro de ancianos que cantaba góspel en su imaginación atiborrada de pelis americanas, las aceitunas del vermut.

Sagradas familias

Qué aburridas tenían que estar las figuritas ahí dentro. Eran del mismo tamaño que un Action Man, pero el cristal las hacía intocables, aburridas. Por ser sagradas, no podían moverse. Hieráticas, congeladas, vivían al abrigo de las peticiones y la palabra oculta. Cambiad de posición, haced algún ruido, lo que sea. Si lo hacéis, os saco de ahí. Eso les decía el niño, creyendo que así invocaría la energía de los tres seres. Romperían el cristal como hacían los muñequitos de su peli favorita. Al abrir la puerta, todo estaba igual.

Veinticuatro horas al principio, que fueron después cuarenta y ocho, más tarde setenta y dos. Las casas vacías dejaron de ser morada

El hospedaje duraba veinticuatro horas. El niño se despedía de ellas hasta el próximo mes. La abuela, después del desayuno, echaba el último rezo y hala. Le gustaba estar cerca del tótem, pero ya tenía bastante ella. “Estoy yo como para tenerla más días. Otra preocupación más pal’ morral”. La sagrada familia volvía a la calle: titiritaba y, ya con las puertas cerradas, la abuela la protegía del frío; la escarcha de las plantas reflejaba los rayos del sol, bañaba la cara de la vestal y al otro lado de la madera, los tres intuían algo de esa luz.

Veinticuatro horas al principio, que fueron después cuarenta y ocho, más tarde setenta y dos. Las casas vacías dejaron de ser morada. Las vestales iban al cementerio y les decían a sus compañeras que mantendrían viva la llama de los días que antes fueron suyos. Al abrir las puertas, el ganchillo de una, la picardía y el aguijón de la otra, la sonrisa siempreviva de la que fue maestra —con vestidos de flores y pelo teñido—, la corneta que la abuela compró a su nieto el alguacil… todas esas imágenes se desparramaban por los salones. Le levantaban las faldas a la solemnidad. El olor a incienso se diluía en aromas paganos hechos de uva.