En los artículos de viaje ya no te dicen qué visitar sino en qué punto exacto hacer la foto para Instagram. Luego salen en el informativo imágenes distópicas de personas, dizque “de vacaciones”, madrugando para hacer fila y lograr acceder todos a la misma cala en un país con 8.000 kilómetros de costa.

Como para ese sacrificio hay que valer, observo que algunos turistas empiezan a ir donde todavía nadie ha hecho un mapa exhaustivo de escenarios “instagrameables”. Viajeros, me imagino, con la ilusión de que todavía pueda haber sorpresas.

Así, había este verano gente visitando Zamora en pleno agosto y contándolo en Twitter con cierta emoción. Me fascina ver qué es lo que ven cuando vienen, qué retratan, qué recuerdan. Qué dirán a partir de ahora cuando digan “Zamora”.

Yo he podido enseñarle Zamora a mucha gente en los últimos 17 años porque la mayoría no solo no habían venido nunca, sino que no tenían la menor noción sobre qué es esta ciudad, qué la identifica, dónde está la postal. Franceses, latinoamericanos, pero también amigas de Burgos, Girona, Talavera de la Reina.

Cosas que se repiten: la gente piensa que será muy difícil llegar aquí, que tendrán que tomar varios transportes, que no puede ser que estemos a una hora y algo en tren de Madrid.

Y también: se sorprenden de lo cerca que está Portugal, de que se pueda alcanzar el mar en dos o tres horas de carretera, de que no haga mucho frío todo el año.

Pero sobre todo: no imaginan que habrá tantas postales. Piensan en un casco histórico chiquito y poco más. Recuerdo siempre el momento en el que se dan cuenta de que no será así, que estaría bien quedarse un par de días más, que aquí sí todavía es posible la sorpresa.

Piensen en un lunes cualquiera. Un discurrir tranquilo, unas tapas a media mañana, no darte cuenta de que ese rosetón está ahí desde hace nueve siglos

Cuando se topan con la Ermita del Carmen en una calle comercial donde no esperaban nada, flanqueada por dos edificios de viviendas corrientes, junto a una perfumería. O cuando frenan en seco frente a la iglesia de Santiago el Burgo, puro siglo XII integrado, un poco como si nada, en la peatonal más transitada de la ciudad.

Todos recuerdan con cariño los pinchos morunos, “uno que sí, dos que no”, sobre todo porque sienten que les has hecho parte de una tradición que no conocían ni de oídas. Que eso, descubrir algo, aún es posible en algunos sitios. Por ejemplo, aquí.

El otro día volví a enseñar Zamora a una amiga por primera vez desde que empezó la pandemia. Estaba desentrenada y no teníamos mucho tiempo en la ciudad, así que, sin más ceremonia, salimos de mi casa en las Tres Cruces y empezamos a caminar hasta la Catedral, la Puerta del Obispo, el Duero.

Mi amiga, una de las personas más libres de la atadura al móvil que conozco, no paró de hacer fotos. Le encantaron los edificios modernistas que nadie imagina aquí, los callejones con mirador, hasta el color rojizo de algunas piedras.

Me hizo muy feliz, claro, que le gustara tanto Zamora. Y eso que en mi ruta tienen el mismo espacio Viriato y los churros con chocolate como el campus donde hice la selectividad y el café para llevar de un sitio nuevo que me recuerda al comenzar de las mañanas en Estados Unidos.

Porque eso, todo eso, es Zamora hoy. La ciudad románica y medieval, la ciudad que se reinventa, la ciudad despoblada. Las iglesias que salpican todo su plano, los emprendimientos en tonos pastel, los carteles de “liquidación por cierre”.

El escritor y periodista Martín Caparrós dice que cuando viajamos nos obsesiona encontrar las esencias. Como si lo que se detuvo en el tiempo fuera más auténtico que lo que tienes delante de ti todos los días. Lo auténtico es lo que pasa, lo verdadero es lo que está pasando.

¿Qué decimos cuando decimos Zamora, septiembre de 2021? Piensen en un lunes cualquiera. Un discurrir tranquilo, unas tapas a media mañana, no darte cuenta de que ese rosetón está ahí desde hace nueve siglos.