A mí, que de conocimientos de deportes ando más que justito, siempre me ha llamado la atención esta expresión del baloncesto, pedir un tiempo muerto. Cuando el equipo no está haciendo las cosas correctamente, los resultados no acompañan, lo diseñado en la pizarra antes del partido se ha diluido en la realidad del juego, o sencillamente los jugadores no están concentrados, entonados, o acertados en las resoluciones de las jugadas, entonces el entrenador salta del banquillo, levanta el brazo izquierdo, pone la palma de la mano hacia abajo en horizontal y coloca la mano derecha en vertical apuntando a la palma izquierda formando una T. Y se para el partido, sin más. Los equipos se reúnen con sus entrenadores durante un minuto, revisan la situación, trazan estrategias nuevas y, concluido el tiempo, el partido vuelve al mismo punto en el que estaba. Y así se ha cumplido la ficción de parar el tiempo.

Lástima que la vida no tenga las reglas de un partido de baloncesto y cuando las cosas vienen mal dadas pudiésemos saltar del sofá y poner nuestras manos en forma de T y obtener un tiempo muerto, aunque fuera un miserable minuto, para poder revisar los acontecimientos, nuestra postura ante los mismos y pensar, un mísero minuto siquiera, lo que vamos a hacer a partir de ese momento. Y claro, fundamental, que durante, aunque fuera ese minuto de mierda, los acontecimientos que nos rodean, todos y en todos los ámbitos, se detuviesen. Estamos pensando, joder, pensando, que es la actividad más distintiva del ser humano.

Sin embargo, la vida no tiene tiempo muerto. “Sed fugi interea, fugit irreparabile tempus” escribe en la Geórgicas el poeta Virgilio. Pero huye entre tanto, huye irreparablemente el tiempo, dice el poeta. Esa es la putada de la vida, porque en ella no hay ni siquiera la ficción de parar el tiempo y que una vez que hayamos ordenado nuestra cabeza, nuestros sentimientos, nuestras necesidades, podamos, solución y decisión bajo el brazo ya, retornar al punto en el que quedó el problema, porque lo que tendremos es una solución en un tiempo distinto al del problema, de manera que cuando reaparecemos con nuestra nueva postura, nuestras fuerzas renovadas e ilusiones para hacer frente a lo que nos llevó literalmente a la angustia, nos encontramos con que han surgido nuevos problemas, nuevos retos, nuevas necesidades, porque estamos dando solución hoy al problema de ayer. En el partido de la vida, distintamente al baloncesto, no volvemos al minuto exacto en el que lo dejamos para ordenarnos.

Lástima que la vida no tenga las reglas de un partido de baloncesto y cuando las cosas vienen mal dadas pudiésemos saltar del sofá y poner nuestras manos en forma de T y obtener un tiempo muerto, aunque fuera un miserable minuto

Esto lo entendió perfectamente Antonio Machado y en absoluto Juan Ramón. Mientras que este dedicó buena parte de su vida a volver una y otra vez sobre sus textos buscando eso que clamaba en su poema cuando escribía “¡Intelijencia!, dame /el nombre exacto de las cosas!”, Antonio Machado jamás volvió sobre lo escrito, porque entendía que lo sentido cuando se escribió y el tiempo en el que se escribió eran muy distintos al momento en el que se hacía la revisión. Y que el lector haga la prueba, si tuvo ocasión de coquetear en la adolescencia con la poesía y escribir desgarrados versos de amor. Vuelva a leerlos diez, veinte, o treinta años después a ver si es capaz de sostener la mandíbula inferior en su sitio. Pero eso no quiere decir que lo escrito, y sobre todo lo sentido, en aquellos versos no fuera cierto, importante e incluso vital en ese momento; es que años después aquel tiempo irreparablemente ha huido.

Así que debemos afrontar nuestra vida sin contar con un tiempo muerto, pero, además, tampoco tenemos un entrenador. En el baloncesto, el entrenador contempla el desempeño de sus jugadores y considera que hay que parar, aconsejar, rectificar y volver. Pero en nuestra vida no tenemos a alguien que contemple nuestras acciones, decisiones y sentimientos y que tenga la autoridad de detener nuestro devenir y decirnos así no, vas mal, tira por aquí. Tenemos amigos, padres, hermanos, hijos, parejas, pero nuestra ligazón sentimental con ellos les inhabilita para tener autoridad sobre nosotros. Es más, basta que cualquiera de ellos ponga en entredicho lo que hacemos para que saltemos sobre él con un, en el mejor de los casos, tú no lo entiendes, si tú estuvieras en mi lugar, o, ya más incisivo, con a mí me gustaría verte viviendo lo que yo. Y se puede empeorar la respuesta.

Vivimos sin tiempo muerto y sin entrenador. Claro, porque eso es vivir. Como bien escribe Daniel Múgica, no solo morimos solos, es que vivimos solos. Porque nadie puede vivir, sentir y entender cada una de nuestras circunstancias como nosotros mismos, de ahí la tontada de decirle a alguien que le acompañamos en el sentimiento. ¿Pero cómo vamos a sentir lo mismo que alguien siente, con su intensidad, su impotencia, sus armas, sus miedos, y en su tiempo? ¿Cómo? Nadie, seamos sensatos, se alegrará tanto en nuestras alegrías ni será capaz de dolerse tanto como nosotros en nuestras desgracias.

Cada uno lidia con los trastos que tiene y los miedos e inseguridades son respetables, quizás de lo más respetable y que pocas veces tenemos en consideración, y comparto con Saramago eso de que “El trabajo de convencer es una falta de respeto”, pero también me parece respetable mi atrevimiento de invitar al lector, invitar que no aconsejar, a que juegue cada minuto del partido de su vida en la cancha y con la pelota que le han tocado hasta que la Parca nos cite a su cena, para que al menos, cuando nos sentemos a su mesa frente a frente, podamos mirarla cara a cara, ponerle una mueca burlona de hasta aquí te he ganado y decirle ahora sí que empieza mi tiempo muerto.