El pasado 19 de julio de 2020, en un intento por recuperar lo aparcado respecto a las actividades culturales, nuestro destino puso rumbo a Toledo. El viaje a la ciudad imperial se basaba en el empeño de seguir poniendo en valor retazos de la intrahistoria con un horizonte próximo.

Arribando a la otra hora bulliciosa estación de Atocha el cortísimo trayecto a través de las megapoblaciones del cinturón sur a primera hora de la mañana se mecía agasajado por un extraño (para lo que se estila en nuestras tierras de montaña) aire acondicionado. La preciosa estación neomudéjar terminó de despertar la llegada y, al abrir con más ahínco los ojos, comprobaba admirada que empezaba con arte la cosa.

Cogí un taxi para acceder a mi destino y aún seguí disfrutando desde la ventanilla de la maravillosa panorámica de la capital castellano manchega, con el imponente Alcázar al fondo. Unas letras gigantes de photocall no desviaron mi atención de aquella estructura tan novedosa de acceso al empinado conjunto histórico; una hilera interior de escaleras mecánicas y salas multidisciplinares con el Centro de Arte Moderno. ¡Siempre supo Toledo moverse entre mixturas!

Cerca de la puerta Nueva de la Bisagra continuamos extramuros hacia el objetivo de mi viaje, el Hospital Tavera.

Mi pequeña contribución a la economía local en aquellos malos tiempos, que aún son regulares, proseguía con un avituallamiento en el Parque de la Vega frente a la simétrica portada renacentista del antiguo hospicio. Tentador el chocolate con churros, reminiscencias de aires cálidos y entrañables recuerdos de aquellos viajes familiares entre Madrid y Sanabria. Parada obligatoria en el quiosco cercano al rio de Medina del Campo. ¡La leche cómo quemaba! Al igual que el sol ya lo hacía en Toledo….. En ese ensoñamiento desperté para darme cuenta que ya estaban abiertas las puertas del archivo.

La historia depende de quien la escriba y de las voluntades de hacerla viajar para ensoñar el trayecto

Había concertado cita en la Sección Nobleza del Archivo Histórico Nacional con Miguel Gómez, jefe de Referencias y Difusión, para visitar ¡por fin! la exposición “Mujer, nobleza y poder”. Después de meses de espera ya había llegado el momento.

Una vez pasado el control de seguridad avisaron a mi anfitrión y al poco a mi lado pasaron dos personas con un andar ajetreado. Una de ellas, la mujer, daba instrucciones precisas sobre el arreglo de un material expositivo, y en su aptitud también pareciese que en sus adentros estaba maquinando mil y una más gestiones pendientes.

En la sala cuadrada se disponían en vitrinas los originales que formaban el groso de esta magna muestra. El papel de la aristocracia sacada a la luz a través de la historia discreta de estas grandes damas, con episodios sorprendentes y desconocidos: correspondencia con reyes sobre consejos de Estado, mecenazgos de artistas de primer rango y magníficas leyendas negras aumentadas en el imaginario colectivo como la amante de Felipe II, la princesa de Éboli. Ana Mendoza de la Cerda, con su sugerente parche, era la imagen de la cartela.

Seguíamos en el itinerario desgranando aquel maravilloso tempo incidiendo en la reivindicación del poder de las mujeres en un convulso mundo de hombres cuando, en un panel retroiluminado apareció ella, la duquesa de Pimentel.

Me acordé de la ilusión que me produjo encontrarla en aquel documento del archivo de protocolos notariales vinculada aún a la Puebla de Sanabria en época contemporánea y, ahora, aquella elegante dama volvía a aparecer como una de las grandes protagonistas.

Me paré…Quizás en exceso ante su documentación y me llamó la atención un documento con una ilustración de su catafalco ideado por Antonio López Aguado (arquitecto del Teatro Real) y las letras que la despedían: Dios solo es grande: la grandeza humana de Josefa Girón ya es sombra vana, desde esa tumba con dolor profundo la ofrece a Dios quien la produjo al mundo, cuéntela el cielo en méritos de gloria las prendas que hacen grata su memoria. Misa del célebre maestro W.A. Mozart.

Ensimismada me di cuenta que ya había abusado del tiempo de Miguel y, al despedirme de él, le pregunté si podía ver más en detalle aquellos preciosos trajes de época alquilados a la sastrería Cornejo ¡de película!

Tocaba ya ir saliendo de aquel momento mágico y, al retroceder del hall donde se encontraba el vestido negro de terciopelo con gorguera, me topé de nuevo con las tres personas con las que había coincidido previamente: Miguel, el operario y la diligente mujer. Con una amplia sonrisa transmitida desde el marrón Coca Cola de mis ojos (las circunstancias obligan) iba a proceder a despedirme del grupo. Mi emoción e instinto no pudieron contenerse y aproveché el momento. Expliqué la idea, ya barruntada durante la pandemia y consolidada en aquel intenso aprendizaje de la mañana, de que la exposición “Mujer, Nobleza y poder” pudiera llevarse al castillo de Josefa, al castillo de la Puebla de Sanabria. Arantxa se detuvo en su trajín y me escuchó con atención.

Así conocí a la directora y alma mater de todo aquello, Aranzazu Lafuente Urien.

La historia depende de quien la escriba y de las voluntades de hacerla viajar para ensoñar el trayecto.

(Mujer, Nobleza y Poder. Sala de Exposiciones del Castillo de Puebla de Sanabria del 01 de agosto al 05 de septiembre).

Sed bienvenidos.