Desde niños atraen nuestra mirada los rostros que habitan en las nubes mecidas por el viento o en la luna que, coqueta y divertida, nos provoca. Los vemos en las hojas caídas de los árboles a nuestros pies, en las verdes laderas de los montes que como giocondas siguen nuestro paso o en las inamovibles rocas, duras y duraderas. Son caras que nos buscan desde tapas de alcantarilla, el “morro” de los coches o las fachadas de las casas.

La cara es el espejo del alma y los ojos confiesan en silencio los secretos del corazón dejó dicho San Jerónimo. Tal vez, aún sin ser conscientes de ello, nuestro deambular por la vida solo persiga un fin último, encontrar los espejos en los que reflejar nuestro propio rostro; mirar a la cara, frente a frente, el alma que llevamos dentro o la que nos envuelve y nos acoge.

Un reciente estudio científico de la Universidad de Sydney ha puesto de manifiesto que nuestro cerebro está especialmente predispuesto para identificar y analizar los rostros humanos y las emociones y gestos que en ellos se representan. Por eso recordamos las caras más que ninguna otra imagen que hayamos tenido ante nuestros ojos. Los neurocientíficos que lo han llevado a cabo han concluido significativamente que nuestro cerebro realiza ese proceso cognitivo del mismo modo y en milisegundos cuando no se trata de rostros reales, sino rostros ilusorios. “Sabemos que estos objetos no son realmente rostros, y sin embargo la percepción de una cara persiste. Acabamos teniendo algo extraño: una experiencia paralela de que es a la vez una cara convincente y un objeto.

Pareidolia facial es el nombre de este proceso de detección en el que según ya sabíamos, no solo detectamos rostros en objetos inanimados sino que les adjudicamos “atributos emocionales”. Jugamos a detectar qué hay detrás emocionalmente. “Para el cerebro, las caras, falsas o reales, se procesan de la misma manera […] Necesitamos leer la identidad de la cara y discernir su expresión”, dicen los autores. Qué es esto sino tratar de descubrir qué alma se esconde tras ese semblante, ese gesto o movimiento. Es seguro que efectuar ese proceso sobre objetos inanimados tiene menos riesgo de error. La equivocación menores consecuencias, que cuando lo llevamos a cabo ante una cara humana. También que la recompensa es infinitamente menor.

Necesitamos el racionalismo científico que nos permite ir cruzando las fronteras del conocimiento y la evolución aunque habitualmente, cuando el científico asienta un paradigma, descubre que el filósofo o el poeta llegaron antes a esa cima. Será por eso que hace cien años Chesterton escribió que hay un camino entre los ojos y el corazón que no pasa por el intelecto. Será por eso que Bécquer anticipó a mediados del XIX que “el alma que hablar puede por los ojos, también puede besar con la mirada”. Será por eso que mientras el universo se expande y mundo gira, creando el tiempo que trae nuevos rostros y almas, algunos, evanescentes, siguen mostrándose para siempre alegres y vivos en cualquier momento o lugar; o acarician, en la clara oscuridad del parpadeo.

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