Dicen los neurólogos y demás sabelotodos del cerebro humano que, gracias a la dependencia patológica de móviles, ordenadores y cualquier cacharro que lleve inserto un microchip, desde la cafetera que anuncia George Clooney hasta el mejor amigo del hombre, los procesos mentales humanos se han visto alterados. Se ha modificado nuestra capacidad de atención. Y dentro de poco, no seremos capaces de leer ni tan siquiera juntando las letras al modo preescolar, la m con la a ma.

La humanidad entera hermanada bajo el paraguas de la estulticia.

Como lectora por encima de mis posibilidades que soy, claro que me he dado cuenta de que en ocasiones mientras leo, me salto grupos de palabras, y hasta frases enteras. Lo que ocurre, es que mi fase IPhonecólica ha coincidido en el tiempo con la del inapelable diagnóstico médico de una presbicia galopante, la inexorable vista cansada, el consabido “Señora, qué parte de se hace usted vieja no ha entendido”, por lo que identificaba bien el síntoma, pero confundía la causa.

El infierno siempre son los otros, que dice Jean Paul Sartre. Y si el escritor que tuvo los santos puntos suspensivos de rechazar el premio Nobel de Literatura, anteponiendo el peso de su conciencia al de la gloria monetaria, lo dice, quién ha de osar llevarle la contraria.

La actualidad produce titulares que me obligan no sólo a devorar la noticia entera sino a buscar más documentación sobre el tema. Maldito el momento en el que los medios de comunicación prefirieron la inmediatez a la investigación de calidad.

Así que la culpa de que ahora use gafas hasta para leer la etiqueta de la garrafa de lejía, es del tío de la compañía de la manzana. El argumento de autoridad es lo que tiene, que no se puede ir en contra, y como dice la Biblia, el que tenga entendimiento para entender, que entienda.

A pesar de lo anterior, la actualidad informativa sigue produciendo titulares que me obligan no sólo a devorar la noticia entera, sin obviar una sola coma, sino a buscar más documentación sobre el tema por otras vías. Maldiciendo una y otra vez el momento en el que los medios de comunicación prefirieron la inmediatez a la investigación de calidad.

Leí que Ana Iris Simón, periodista y escritora, daría mi brazo derecho, que es el sano porque es el que no uso para manejar ovejas, por escribir tan bien como ella, fue llamada de urgencia a La Moncloa. El motivo no era otro que el de participar en un exorcismo contra el demonio de la despoblación. Y por lo que parece, el modo en el que la autora de Feria invocó al Diablo de la emigración rural a la city para así poder combatirlo, no ha sentado muy bien a alguna, algune, alguni, alguno y mucho menos al algunu de turno.

Como fanática de la literatura y el cine de terror que soy, a los nueve años me leí El Resplandor de Stephen King y tuve algún problemilla para quedarme dormida dos días, al tercero vi una de esas asquerosas cucarachas que vuelan y el miedo a Jack Torrance cambió de barrio. Así que a mí El Exorcista, y los profetas de lo políticamente correcto me la traen más al pairo que las gemelas del Hotel Overlook y el padre Karras juntos.

El pecado capital de Ana Iris Simón, según los guardianes de la superioridad intelectual matria, no es el de la ira, si así fuera la escritora se parecería demasiado al Yahvé del Antiguo Testamento y a mí misma, y ya dije que ella escribe bastante mejor, sino el de haber confesado que anhela tener la misma vida que disfrutaron sus padres.

Verbigracia: un trabajo para toda la vida, un marido con mono azul de trabajo y unos chiquillos sin diagnosticar de ningún síndrome que hereden la ropa del hermano mayor, un Seat Supermirafiori, el pueblo de los abuelos para veranear, más otra semana en un apartamento alquilado en Benidorm, una batidora pastelera y una tele con sólo dos canales, pero en la que al menos se podía ver La Clave de José Luís Balbín en un horario razonable.

Mientras no sea ilegal, lo que la gente haga o deje de hacer de cintura para abajo, forma parte de los asuntos propios de cada uno. Con diecisiete años algunas de mis compañeras de instituto ya tenían su segundo hijo, por lo que no me supone ningún trauma freudiano acatar la decisión de algunas mujeres de reproducirse ad infinitum como una judía ultraortodoxa.

Una opción de vida, por otra parte, tan respetable como la de ser guitarrista de un grupo punk, pertenecer al Centro Nacional de Inteligencia o ser una mujer de tierra en el alma, viento en el pelo y ganado en el corazón. Lo que vendría a ser una Ganadera en Red en toda regla.

También a mí me gusta más la vida de mis padres que la mía. Una vida en la que se consideraba vergonzoso pagar a otro para hacer algo que podía hacer uno mismo. Ahora, que todos somos burguesitos con aspiraciones a ser ricos y un miedo cerval ante un pobre futuro, nadie sabe arreglar un enchufe, hacer croquetas con sobras o coser una simple mascarilla.

Somos unos redomados inútiles. Por eso hace unos años tuvo tanto éxito El Libro de la Madera del noruego Lars Mytting, en el que se aboga por devolvernos a una vida anterior, a una existencia en contacto con la Naturaleza, y en la que ser capaces de elaborar cosas con nuestras manos.

Y por eso tampoco se tolera a los que viven como Fran Sinatra, a su manera.