Como cada año, al llegar este día voy de verso en verso, acompañando en su camino a don Miguel de Unamuno hasta Valverde de Lucerna. Sanabria de la imaginación y la leyenda pero, sobre todo, de la realidad misma.

Una luz especial es patrimonio exclusivo de Sanabria en el cielo de su lago. Cae la luz sobre la piel del agua. Al amanecer, en los labios del lago, de piedra, hierba, arena, juncos y robledales, la luz se ve blanca, desnuda, ascendida desde la última sombra que ya se iba pero no se iba del todo. Al mediodía, la luz es un volcán dorado llenando el cielo de su lava calenturienta y resplandeciente. Al atardecer se vuelve amoratada, al asomarse por entre las claraboyas de las nubes que tratan de cubrirla.

En ningún otro lugar se ve y se disfruta esa luz con la singular hermosura con que vive y se pasea por Sanabria cada día

Acaba de llegar el verano a tomar asiento en ese maravilloso paraíso que levantó la naturaleza y fabuló la tradición oral. Esta noche revive una de las leyendas más hermosas que se engendró en el seno de esas aguas. Las campanas hundidas, en sobrecogedor funeral nocturno, tocarán a muerto a la medianoche por un pueblo, Valverde de Lucerna, en el fondo del valle borrado por el agua. Entre leyendas de fuegos y hechizos, fascinaciones y juegos, esta noche de San Juan, en la orilla del lago zamorano es serena, casi ya de luna llena, extendida sobre la corteza del agua. La luz a esa hora, se mueve entre la fe y la imaginación. A la medianoche, suenan unas campanas. O lo parece. El pueblo, condenado por su falta de caridad, hoy diríamos solidaridad, aflora en el pensamiento y la oración. Silencio. Solo silencio. Hasta que sube a la luz acampada en el agua un tañido lejano de campanas, tupido por un eco ronco de bronces rajados.

Esta noche de nuevo, como siempre, unas campanas doblarán a muerto en la entraña del lago. Tan solo las oirán quienes, con devoción ingenua y alma sanabresa, creen que allí, en el fondo, hubo un día un pueblo, de casas pizarrosas, establos, huertos, cortinas, chimeneas, con un campanario y una fe hechos modesto templo. Allí vivían, en paz pobre y sencilla, niños y bueyes, lavanderas y hortelanos. Y bandadas de pájaros. En suma, la vida. La falta de caridad derrumbó aquel paraíso, hundido por un peregrino con su solo cayado clavado en la piedra. Los sanabreses recuerdan, aún con mucho dolor, que la leyenda de esta noche de San Juan, se hizo viva, real, otra noche de enero, de ayer mismo, cuando las aguas desatadas rompieron los cercos mal hechos de su embalsada prisión y, despeñadas, arrasaron el pueblo de Ribadelago. El lago volvía a ser cementerio fluvial. Allí en el fondo yacen, abrazados en el lodo, los huesos de ciento cuarenta y cuatro lugareños, familias enteras, por los que las campanas volverán a sonar más tristes que nunca. En esta noche, la luz de la imaginación y de la fe iluminará otra vez los dos pueblos, uno, levantado y destruido por la misma leyenda y el amor del poeta rector y otro, erigido por la realidad con argamasa de sudor y piedra durante siglos, devastado en una sola hora por la ambición disfrazada de progreso.

Mañana, en ese prodigioso paisaje, cuando dejen de sonar las campanas en el fondo del corazón y surja el nuevo día, la luz, rodeada de silencios puros, volverá a ser blanca y fresca al amanecer, dorada y afogarada al mediodía y purpúrea, entreverada de celajes, ya decadente, al atardecer. En ningún otro lugar se ve y se disfruta esa luz con la singular hermosura con que vive y se pasea por Sanabria cada día. En ningún otro lugar, la luz, pisando con la luna sobre las aguas, se envuelve con el melancólico son de unas campanas, tañidas por la recordación, como sucede esta noche de San Juan en el lago. Solamente en el lago de Sanabria, uno de los paraísos perdidos que, tomándole la palabra y la idea al gran Basilio Martín Patino, conserva esta provincia, gloria bendita.