Cómo se puede catalogar a una periodista que pregunta “¿cómo se encuentra la madre?” al portavoz de una familia presa de dolor, que ha sido informada de que han sido vilmente asesinadas sus dos hijas, dos niñas de corta edad, presuntamente por un mal nacido que, a la sazón, tristemente resulta ser el padre.

El otro día pudimos verlo y escucharlo en una televisión de alcance nacional. Sin despeinarse, tratando de fomentar el morbo, le espetó esa pregunta: “¿cómo se encuentra la madre?”. ¿Torpeza, falta de sensibilidad, o aquí vale todo? En cualquier caso, una falta de respeto. Un hurgar en la herida. Porque un ser humano, con dos dedos de frente, sabe cómo puede encontrarse cualquier persona en tan cruel situación. No hace falta preguntarlo, como tampoco hace falta ser Einstein para saber la situación de quien se encuentra hundida en el peor de los trances por el que puede pasar un ser humano. Pero el caso era rellenar minutos de emisión.

Tal manera de actuar no puede achacarse a un error o a un descuido, ya que en televisión es muy poco lo que se improvisa, más bien nada. Todo se ha escrito antes de la grabación. Y, en cualquier caso, de no llegar a ser así, siempre podría modificarse antes de la emisión.

Una acción contra natura tan espantosa es algo que cualquiera puede llegar a entender y ninguno a digerir. A la mencionada entrevistadora solo le faltó pedirle una foto de la madre tomando un ansiolítico, con un rostro abatido por la angustia. Si la chica autora de la entrevista lo que pretendía era huir de la empatía, lo logró plenamente.

Tampoco han faltado, en esta ocasión, los listillos de siempre, que han hecho lo indecible por salir unos minutos o unos segundos en la televisión, porque lo mismo les da que se trate de un roto o de un descosido. Psicólogos, analistas, investigadores, sin apenas información, se lanzaron a decir que el criminal protagonista de los hechos había cometido los crímenes sin premeditación. Días más tarde otros listillos, o los mismos (vaya usted a saber) decían todo lo contrario, que los crímenes habían sido diseñados con tiempo, cuidando mucho los detalles. El caso era llenar los espacios como fuera, sin respetar el dolor, sin el menor asomo de sensibilidad ante una situación tan dramática.

El caso era llenar los espacios como fuera, sin respetar el dolor, sin el menor asomo de sensibilidad ante una situación tan dramática

Estos abominables crímenes han servido para que, desafortunadamente, conozcamos un nuevo término, el de “violencia vicaria”, con el que los hombres de leyes denominan los casos en los que las víctimas son niños utilizados por el asesino, como medio, para hacer el mayor daño posible a su pareja.

Para completar tan amplio abanico de gente con pocos escrúpulos, saltó a la palestra un cura párroco de Tenerife, quien culpó a la madre de las niñas de tan execrables crímenes, afirmando que su manera de actuar en la vida había hecho que “recogiera lo que había sembrado”. Vaya pájaro el cura este. ¿Habrá sido capaz de decir misa después de decir eso? ¿Habrá alguien que haya ido a confesarse con tal energúmeno?

Hechos así hacen que nos planteemos, una vez más, en qué tipo de sociedad vivimos. Quién o quiénes están haciendo lo posible para que nos comportemos de manera tan lamentable. Cuarenta y cuatro niños fueron asesinados durante el periodo de tiempo que media entre los años 2009 a 2019. Y aún quedan partidos políticos que se posicionan en contra de la PPR (pena de prisión permanente revisable)

¿Puede existir alguien que piense en que uno de estos especímenes puede ser reinsertable en la sociedad? Pero como lo han propuesto “los otros”, pues hay que posicionarse en contra, y asunto concluido. Siempre la misma cantinela. En este caso de las izquierdas. En otras ocasiones lo ha sido por parte de las derechas. Como cuando se oponían a toda costa a las leyes del divorcio y de la unión entre homosexuales. Fueron muy duros los ataques a ambas leyes, lo que no fue óbice para que poco tiempo después altos cargos de las derechas se aprovecharan de ellas, bien divorciándose, o bien casándose con algún homosexual, incluso teniendo como padrino al mismísimo presidente de su partido.

¡Qué país! Es que “hay gente pa tó”, como parece ser que dijo aquel torero llamado Rafael el Gallo, en conversación mantenida con el filósofo José Ortega y Gasset. Aunque también haya quien diga que fueron El Guerra o Lagartijo, largando aquel otro dicho de parecido tinte de “Tié que habé gente pa tó”, incluso “pa ná”.