Hay palabras que nos permiten viajar con la memoria, y otras con el corazón, y muchas otras también con la belleza. Últimamente, tengo que reconocerlo, son estas últimas las que más resuenan en mi cabeza, dispuestas a salir por mi boca a la primera de cambio, como si la belleza, es decir, aquello que nos proporciona placer al escucharlo -la belleza es invisible pero sí podemos sentirla- fuera lo único que de verdad ya me importa.

Una de mis palabras favoritas es persona. Persona. ¡Qué palabra tan bonita! Porque personas son todas las personas, independientemente de su lugar de nacimiento, su tendencia sexual, su edad, su estado de salud, su renta, su idioma, su cultura, su capacidad de empatía y su etnia, tanto en singular como en plural pues una persona puede ser, a su vez, muchas personas.

A mi hija, cuando tenía 6 años, algunos niños la insultaban en el cole diciéndole “niño” porque tenía el pelo corto y no llevaba pendientes. No me sorprendió que una palabra tan común se la tomara como un insulto porque no era el significado lo que hería, sino el gesto, el tono, la burla, todo eso que en la infancia crece por imitación en cualquier terreno por árido que sea. Así que para no tener que ceder a uno de los sexismos más extendidos, y no caer tampoco en el proteccionismo, estuve durante varios dándole vueltas al asunto hasta encontrar la respuesta precisa: “Hija, cuando te llamen niño, diles que no, que tú eres una persona”.

La estrategia funcionó, pero esto no lo supe hasta hasta hace bien poco, cuando en el parque ella jugaba con un amigo al que le gusta pintarse las uñas y otro niño al pasar se burló de él llamándole “niña”. Mi hija, ahora ya con 9 años, se abrazó a su amigo, el cual estaba empezando a pasarlo mal, y le dijo: “Si te lo vuelve llamar, dile que no, que tú eres una persona”.

Que las palabras sean capaces de construir un mundo de belleza no es algo nuevo, la función expresiva del lenguaje colaboró en su existencia desde los inicios: si no fuéramos capaces de afirmarla, la belleza no existiría, pero quizá tampoco existiría el lenguaje si no necesitáramos comunicar belleza. Las personas que amamos, la naturaleza que nos da la vida, la felicidad de los pequeños actos, todo es belleza si somos capaces de atraerla, de llamarla, de recibirla, de ofrecerla.

Mientras la belleza languidece, una nueva terminología se impone: es el poder de atracción de lo simple, lo primario, lo elemental. Como si estuviéramos en un campo de batalla y lo único importante fuera ya la capacidad de supervivencia

Necesitamos la belleza, sin ella moriríamos. ¿Cómo es entonces que la belleza, en vez de extenderse, se está viendo arrinconada? ¿Por qué nos empeñamos en prescindir de ella? ¿De dónde nace la necesidad de guardar en un cajón bajo llave las palabras más bonitas?

Mientras la belleza languidece, una nueva terminología se impone: es el poder de atracción de lo simple, lo primario, lo elemental. Como si estuviéramos en un campo de batalla y lo único importante fuera ya la capacidad de supervivencia.

La belleza es un artificio de la inteligencia porque es la inteligencia la que mueve los hilos del lenguaje que fabrica belleza. La belleza existe solo en la cabeza de quien la siente, pero este sentimiento no nace de manera espontánea, es preciso cultivarlo día a día. La belleza se aprende, y este aprendizaje es elaborado y costoso, como lo es aprender a comunicarnos, como lo es aprender a intercambiar emociones.

La palabra persona es bella porque escapa a cualquier prejuicio, es certera, es desnuda, y al escucharla nos sentimos personas. Somos personas porque nos tratan como personas. Somos personas porque alguien nos acoge después de huir de aquel lugar que dejó de tratarnos como personas. Y para entender esto, y sobre todo llevarlo a la práctica, hace falta mucha inteligencia. Lo más fácil es creer que la persona que tenemos a nuestro lado es una mujer, y no una persona, y que en consecuencia como hombres tenemos algún derecho sobre ella; lo más fácil es creer que la persona que abandonamos en su soledad es un anciano, y no una persona, y que en consecuencia como ciudadanos tenemos la facultad de olvidarnos de su existencia; lo más fácil es creer que la persona de la que abusamos es un ser sin capacidad de respuesta, y no una persona, y que en consecuencia como individuos tenemos el poder de aprovecharnos de lo que sea, etcétera, etcétera.

Para recuperar la belleza en el mundo es preciso mucha, muchísima inteligencia. Y por eso la inteligencia merece un elogio y una vehemente defensa: sin la inteligencia, palabras como persona caerían en desuso para más tarde ser olvidadas. Sin la inteligencia, la palabra persona perdería su significado, y en consecuencia las personas dejarían de ser personas.