Con motivo de la intervención de las Fuerzas Armadas en la pandemia, el Museo Histórico Militar de La Coruña ha organizado una exposición fotográfica que recoge instantáneas de socorro y asistencia del personal militar del Estado. El conjunto de acciones llevadas a cabo recibe el nombre de “ Operación Balmis” en honor del médico que iba al frente de otra operación humanitaria como fue el llevar la vacuna de la viruela a los territorios españoles en América, a comienzos del siglo XIX. Los portadores de la vacuna, en la Real Expedición Filantrópica, fueron niños de orfanatos de Galicia a cuyo cuidado iba una enfermera -la primera del mundo en misión humanitaria- llamada Isabel Cendal, con su propio hijo pequeño.

En la sala donde se expone el facsímil del fuero de La Coruña -copia del de la Villa de Benavente, por expresa decisión real- se muestran dichas instantáneas fotográficas que destacan y resumen la labor de las Fuerzas Armadas en los meses largos del estado de alarma que tanta “guerra y sufrimiento” nos ha dado a todos. Me gusta ver plasmada esa paradoja protagonizada por gente de armas guerreando contra el virus, el desamparo, la desolación. Mujeres y hombres de uniforme que, como otros colectivos meritorios, se pusieron al servicio de la ciudadanía y en el caso de los militares, a pesar de que les va “la marcha” en formación y ataque, sin pompa y con mucha circunstancia se pusieron donde el deber les colocaba y el servicio lo requería.

Me gusta asociar mi tierra zamorana a los paisajes donde vivo que, aunque visualmente son distintos, sentimentalmente los valoro como posesión querida en distinta mano, pues me recuerda que un espacio de armas como el antiguo cuartel Viriato

Estábamos acostumbrados a ver al ejército en misiones humanitarias en el extranjero, pero llegó nuestra hora y no faltaron a la cita con diligencia y puntualidad. Me alegra ver unas Fuerzas Armadas así, más ágiles y dispuestas que cuando un servidor hizo la mili, demasiado lentas y quizá abultadas de personal y poco engrasadas administrativamente. “No te quejes” me dirá, desde el cielo, el capitán Martínez, mi valido y protector en la oficina del comandante del batallón DOT en Valencia. El capitán Martínez era un santo con pistola. Raro será, pero así fue, y lo pueden corroborar quienes estuvieron a sus órdenes y comieron más que dignamente en el cuartel cuando a dicho oficial honrado le tocaba el turno de capitán de cocina.

Recién terminada la carrera fui destinado al batallón junto con un grupo de maestros para la tarea de alfabetización que por aquellos años (mediados de los setenta) todavía era asignatura pendiente en la España de la transición. Pero la cosa iba mejorando y yo sobraba, por lo que el capitán Martínez me tomó de secretario con sólo preguntarme si sabía escribir a máquina. Cuando me presenté a las oposiciones, todavía dentro del cuartel, mi capitán hizo todo lo posible para que no faltase a los exámenes, liberándome de maniobras y otros servicios. Si algo de bien he hecho en la enseñanza pública durante cerca de cuarenta años, las niñas y niños beneficiados se lo deben en parte a mi capitán venerado.

De docente traje a mis alumnos al Museo Militar. Es una institución muy dinámica y preocupada por la educación, con certámenes de teatro o exposiciones tan relevantes como “Cervantes soldado” o la que venimos nombrando. Dicho museo también es depositario de cuadros de un pintor, Román Navarro, que fue profesor de Pablo Ruiz Picasso en su infancia coruñesa..

En La Coruña el ejército tiene largo historial glorioso desde que María Pita, y antes, se puso al frente de vecinos que se enfrentaron al pirata inglés. La ciudad hubo de ser reforzada y amurallada y fue sede de la capitanía general durante muchas décadas. Aquí se produjo la batalla de Elviña contra los franceses donde falleció el general inglés Moore cuyo panteón es el centro del jardín de San Carlos, frente al Museo. Hoy el campus universitario de la ciudad ocupa parte de los terrenos donde se produjo la famosa batalla. Me gusta asociar frecuentemente mi tierra zamorana a los paisajes donde vivo que, aunque visualmente son distintos, sentimentalmente los valoro como posesión querida en distinta mano, pues me recuerda que un espacio de armas como el antiguo cuartel Viriato hoy es plaza fuerte de la Universidad donde los libros tienen su asiento.

La Operación Balmis tiene el nombre de un médico militar y una enfermera coruñesa, Isabel Cendal, cuya estatua de homenaje mira al mar de aguas a veces bravas, como ocurrió hace ocho años cuando tres agentes de la Policía Nacional murieron en el rescate de un joven estudiante eslovaco. Una ola metálica, mezcla de bucle y abrazo, en el paseo marítimo, recuerda su heroico y fatídico esfuerzo.

En el día de las Fuerzas Armadas, mi aplauso para héroes con nombre y anónimos.