Me proporciona una alegría tremenda que, además de por sus tradiciones y alguna que otra costumbre que ha trascendido nuestras fronteras, Zamora, la capital y sobre todo la provincia, que es una maravilla, sean conocidas por su gastronomía, por los restaurantes y casas de comidas que se levantan por doquier, donde todavía se pueden degustar menús de cuchara como aquellos que hacían nuestras abuelas y nuestras madres, siempre suculentos, siempre generosos, siempre reconfortantes y exquisitos.

Y todavía más alegría me proporciona saber que muchos de esas casas de comidas, que muchos de esos restaurante icónicos estén regentados por mujeres que han dedicado su vida a los pucheros, a ganar por el estómago a clientes exigentes que caen rendidos a las delicias gastronómicas, aparentemente simples, aparentemente sencillas pero que tienen un punto que sólo ellas saben dar a sus guisos.

Una de esas mujeres es Josefa Pascual Fínez, Pepa. No la de la Constitución de Cádiz de 19 de marzo de 1812. Hablar en esta tierra de Pepa es hacerlo de Pepa la de Ferreruela de Tábara, cuya casa recibe a diario visitas llegadas de los cuatro puntos cardinales de España y de la propia capital y provincia, atraídos por ese menú único en todos los órdenes y sentidos. Menú único porque no hay carta y único porque es irrepetible.

Honrar a los ancestros a través del paladar es sencillo y fácil gracias a los platos cumbre de Pepa, los habones y las patatas con pata. Nunca las humildes patatas se han enaltecido más, se han enriquecido mejor que con la compañía de un alimento que puede que no goce de la consideración de algunos pero que es un manjar. Ese sabor que retrotrae a la infancia, a la casa de los abuelos, en el barrio, en el pueblo, es un acontecimiento jubiloso, también para los recuerdos.

Pepa es una gran mujer. Trabajadora, dinámica, amable. Su casa se convierte en la casa de todos cuantos allí tienen algo que celebrar. Un cumpleaños, un acontecimiento familiar o social o, simplemente, la vida. Parece mentira que en esta época de ‘tiquismicadas’ culinarias, sobrevivan establecimientos como Casa Pepa. Un goce, una delicia. Y, sabe lo que más me alegra, que se trata de una mujer que ha sobrevivido en un ámbito donde el hombre era el rey. Las mujeres todavía no han dicho su última palabra en esta materia. La palabra de Pepa es de ley.

Con una particularidad, empedernida lectora, voraz lectora de La Opinión-El Correo que nunca falta en el mostrador de su establecimiento. Ni la pandemia ha podido con el hábito saludable de leer nuestro periódico todos los días.