Martes, 4 de mayo. La libertad, al estilo Ayuso, ha triunfado en Madrid. El pueblo ha hablado y la sentencia está más clara que el agua. Quien no quiera aprender, allá él. Son palabras de un colega que vive en la capital y que, siempre que se celebran elecciones, me manda sus impresiones, con comentarios muy bien armados. En esta ocasión había anticipado el resultado que ya conocemos. Y es que tiene un olfato político tan desarrollado que huele lo que se cuece, aunque el potaje se esté preparando a varios kilómetros de distancia. Le tengo dicho que cómo lo hace, que me dé algunas lecciones o clases, aunque sean virtuales, que le pagaré lo que me pida. Ni hablar, me responde. A los amigos, dice él, no se les sangra con la pasta. Se conforma con compartir unos pinchos, una cerveza o lo que sea en una terraza, al aire libre, viendo pasar al personal, imaginando cómo serán sus vidas. Se lo tengo dicho: ojalá aprendiéramos de él un pequeño porcentaje de sus dotes de observación. Pero ni vemos ni escuchamos. Y así nos va.

La verdad es que disfruto tanto con lo que veo, escucho, huelo, saboreo y toco que cuando regreso de nuevo a casa suelo decirme: qué afortunado eres

Jueves, 6 de mayo. Una tarde muy especial. Tengo la última cita con un grupo de estudiantes de la Universidad de la Experiencia de Salamanca, Béjar y Ciudad Rodrigo. Aunque las clases son virtuales, no hay ningún impedimento para seguir disfrutando del viaje que habíamos iniciado dos días antes, con el objetivo de conocer algunos lugares, escenarios, hechos, circunstancias, etc., relacionados con la vida cotidiana. Por ejemplo, comprar, comer, pasear, bailar, discutir, trabajar, etc. Cuando el viaje llegó a su punto final, sentí una emoción tan grande que no era capaz de describirla. Los acompañantes, es decir, las personas mayores de la Universidad de la Experiencia, confesaron que habían disfrutado del viaje como enanos, que nunca sospecharon que se pudiera aprender tanto de lo que sucede a nuestro alrededor haciendo un viaje ficticio, sentados plácidamente frente a la pantalla del ordenador. Y claro que se puede. Al fin y al cabo, la imaginación y la motivación por conocer son armas muy poderosas y de bajo coste.

Viernes, 7 de mayo. La mañana se presenta como una caja de sorpresas y de posibilidades. Es lo que más me cautiva: iniciar un nuevo día pudiendo elegir entre hacer esto o lo otro, caminar en esta dirección o en la otra, coger el coche y perderte por ahí o permanecer en casa, disfrutando de la vida que se cuece entre cuatro paredes, escribiendo, leyendo, cociendo unas judías verdes o simplemente tirado a la bartola, que casi nunca es el caso. Como el día estaba claro y la atmósfera prometía, me decidí por salir de casa, coger el coche y proseguir con el desarrollo de un proyecto que he iniciado no hace mucho tiempo: perderme por esos pueblos de dios, capturando imágenes, palabras, emociones, sabores, olores, etc. En estos recorridos que hago con cierta frecuencia, siempre me encuentro con sorpresas y algunos sobresaltos. Y me reconforta que así sea. La verdad es que disfruto tanto con lo que veo, escucho, huelo, saboreo y toco que cuando regreso de nuevo a casa suelo decirme: qué afortunado eres, chaval. Y sí, lo soy.